Una fábula provenzal que cuenta Alphonse Daudet en “Cartas desde mi molino”, viene a recordarnos que la libertad no se protege luchando solamente contra el absolutismo, la dictadura o el despotismo. También se la protege vigilando a quienes hemos elegido, porque el lobo tiene muchas caras.
La fábula de Daudet habla de una cabrita -la cabrita del señor Sèguin- y la he recordado en esta página a propósito de otras o semejantes cuestiones.
La cabrita del señor Sèguin vivía en un cerco rodeado de espinos, en medio de un hermoso prado, atada a un poste por medio de una larga cuerda para que pudiera pacer. El señor Sèguin hacía esto para que la cabra no escapara a la montaña y se la comiera el lobo.
(Yo no se porqué, siempre que se habla de libertad, aparece un lobo por alguna parte).
El caso es que la cabrita empezó a mirar la montaña y a desear estar allá arriba, brincando entre los matorrales y comiendo la fina hierba que crecía entre los pinos, los castaños y la retama. Así que un día, aprovechando un descuido del señor Sèguin, la cabrita escapó. Gozó de su libertad todo el día, brincó, pació a su antojo, se revolcó entre las flores, se deslizó de barriga por las pendientes y hasta se enamoró.
Pero -esto sucede tanto en las fábulas como en la realidad- cayó la tarde, se fue la luz, la montaña se tiñó de color violeta y finalmente se hizo la noche. Y con la noche -esto también ocurre siempre- se presentó el lobo. Sentado sobre sus patas traseras, con los ojos amarillos, esperando a todas las cabras del mundo que quieren ser libres.
Los campesinos de la Provenza, duros trabajadores de la Camargue, cuentan que la cabrita del señor Sèguin no tenía ideas políticas o, por lo menos, nadie las conocía. Pero, mientras para el señor Sèguin su cabra era una anarquista obstinada en escapar a sus dominios, para el lobo era una subversiva que pretendía ser libre en los suyos.
Porque los señores Sèguin y los señores lobos de este mundo necesitan justificar su poder y tienen en sus morrales y en sus colmillos argumentos convincentes.
Así que la cabrita -que lo único que quería era ser libre- resolvió resistir todo lo posible y pensó que ese día pasado en libertad tendría sentido si conseguía vivir hasta el amanecer. Dicho y hecho. Se puso en guardia, los cuernos por delante, y empezó el combate.
(No se qué estarán esperando ustedes, pero no se hagan ilusiones, las cabras no matan a los lobos aunque sean revolucionarias cabras francesas).
La cabrita del señor Sèguin peleó fieramente mientras vigilaba el cielo, deseando únicamente llegar viva al amanecer. Y cuando el cielo se pintó de color rosado, herida y cansada de luchar contra el lobo, consideró que había defendido su libertad hasta el día y entonces se echó a descansar y apoyó la cabeza en la hierba y el lobo se la comió.
Alphonse Daudet dice que si ustedes van alguna vez a la Provenza, los campesinos le van a hablar “de la cabró de mosu Sèguin, que se battéggue touto la noui emé lou loup e, piei lou matin, lou loup la mangé”.
La libertad nunca es para nada.
La libertad es un desafío al problema del sentido. Y el único sentido posible es una paradoja: conquistamos la libertad para comprometerla en aquello que sostenemos por convicción democrática.
Los señores Sèguin de este mundo quisieran que nos quedemos quietos, amarrados a un orden estático y protector, mientras ellos hacen las cosas por nosotros. Y los lobos de este mundo se limitan a esperar -sentados sobre sus patas traseras, los ojos amarillos- a que confundamos la libertad con la irresponsabilidad. Por eso los señores Séguin y los lobos de este mundo terminan entendiéndose: arreglan las cosas para que nos acostumbremos al corral o para ser comidos.
No solo se pelea por la libertad durante la larga noche de la dictadura, sino también durante el día de la democracia, para consolidarla. No sé si se me entiende.