De las curiosas variaciones de Mariano Grondona y Bernardo Neustadt estábamos más allá del asombro, si entendemos el asombro en el sentido aristotélico “como el comienzo de todos los saberes”, esa virtud que nos hace admirarnos de que las cosas sean como son. Mariano y Bernie nunca “eran” sino que cada gobierno “ les era”, como cada color “le es” al camaleón.
De esa manera, habían llegado a ser previsibles, como esas parejas del cine, el Gordo y el Flaco, Chaplin y Tripitas o Abbot y Costello, salvo que éstos solo querían alegrarnos un poco la vida. ¿Quién ignoraba que cuando Costello tenía un ataque de risa ante el monstruo, su risa se convertiría gradualmente en llanto incontenible?. Sin embargo, la gente siempre festejaba el mismo gag.
Durante años Mariano y Bernie se dedicaron a propalar una metáfora: el estatismo vendría a ser para el país lo que la droga al individuo. Con pedagogía sospechosamente insistente, repicaron en noches inacabables con esa analogía.
Deslizándose por las peligrosas laderas de la parábola, Mariano planeaba hasta tocar pista en el ejemplo de los países desarrollados, cuya economía supuestamente desestatizada permitía que platónicas mucamas vayan al trabajo en platónicos Cadillacs. Mi alma platónica quedó muchas veces paralizada, como el alma de Platón ante lo admirable (del latín, ad mirábile, de mirum o mirábile, lo completamente otro, es decir, el mysterium). Misterio era, por cierto, lo que provocaban las opiniones de Mariano, ante los párpados desmayados de Bernie.
Mariano supo escribir que la economía argentina debía clasificarse entre aquellas de “estatismo limitado” y que esa vía estaba agotada. La alternativa era, según nuestro pensador televisivo, el estatismo absoluto o el liberalismo ortodoxo. Y, en la apoteosis del pensamiento metafórico, agregaba: “el estatismo limitado es la marihuana, el estatismo absoluto es el LSD y el liberalismo ortodoxo la cura”.
Por supuesto, quien estaba ante esa alternativa y debía tomar la decisión, era el gobierno. De él dependía agravar la enfermedad del paciente hasta su muerte o encarar la cura aceptando pagar el grave costo político que acarrearía, ya que el pueblo, envenenado por ideas estatizantes se rebelaría contra esas medidas, como el drogadicto odia a su médico durante el síndrome de abstinencia.
Este asunto del estatismo limitado, el estatismo absoluto y el liberalismo ortodoxo, identificados con las drogas blandas, las drogas duras y la sanación, hacía que uno se preguntara “¿cuáles son los paradigmas de Mariano?”. Por supuesto, los países industrializados que encarnaban para él algo así como el paraíso de la sociedad capitalista, tal como, para los viejos bolcheviques, Rusia era el paraíso socialista.
“¿Así que eso es lo que quiere Mariano Grondona para la Argentina?. ¿Seguir el ejemplo de esos países?” continuaba uno preguntándose.
“Sin embargo, ¿qué vienen haciendo desde hace años los EEUU y los europeos del mercado común?. Protegen su producción, regulan el mercado mediante las tasas de interés, gravan las importaciones, controlan la demanda para evitar el crecimiento monetario, incluso algunos hasta mantienen colonias, controlan el mercado de trabajo, cuidan a los productores agrícolas. ¿No es eso directa y franca intervención del estado?”.
El dilema estaba en que para Mariano esa política era “realista” cuando la aplicaban EEUU y Europa, mientras que era “estatismo limitado” cuando la aplicaba la Argentina. Un club de acreedores, cuando se trataba del Club de París era aceptable y digno de encomio. Pero un club de deudores, cuando se trataba del Grupo de Cartagena, era repugnante y vituperable. Porque cuando se reúnen los ricos, es en nombre del bien. Y cuando se juntan los pobres, es para propósitos abominables.
“Pero, si lo que hacen esos países es defender sus intereses nacionales –lo que parece muy bien, (hacen lo que tienen que hacer)- ¿porqué no admitir que lo hagan la Argentina y el resto de los países de la región?”.
Con esas preguntas –Mariano hubiera dicho con esa dialéctica socrática- uno llegaba a un punto peligroso: si lo que llaman estatismo es, en realidad, una política de intereses nacionales, lo que Bernie y Mariano nos querían hacer creer es que una política nacional es una enfermedad como la drogadicción.
Pero, además, ¿cuándo hubo estatismo en la Argentina?. Hubo más bien una economía mixta, con mayor o menor intervención del estado según las crisis internacionales o según la situación de sectores claves, como los hidrocarburos. Hubo empresas del estado, cuando se trataba de productos o servicios estratégicos. Pero hubo capitales privados, empresas privadas e inversión extranjera. El mismo Alvaro Alsogaray, con su emblemático liberalismo de gobiernos militares, Domingo Cavallo con su liberalismo procesista ¿no aplicaron sus políticas desde el estado?.
Mariano Grondona dixit: “defender los intereses nacionales es estatismo en la Argentina y es libertad de mercado en los países industrializados”.
Pensándolo bien: ¿era liberal la dictadura de Juan Carlos Onganía?. ¿O era un raro corporativismo fascista condimentado con las medidas de Krieguer Vasena, al que le dio sustento ideológico cierto comunicado firmado por el “partenaire” filosófico de Bernie?.
El programa de Bernie y de Mariano era un imprescindible marco de referencia para no equivocarse. No sé qué hubiéramos hecho sin ellos. Hubiera sido como si nos faltaran Abbot y Costello.