El hombre, de avanzada calvicie y barba que empezaba a blanquear, rodeado de sus discípulos, discurría a su manera, con preguntas cuyas respuestas conducían a otra pregunta. Miraba atentamente, uno por uno, el rostro de sus oyentes, tomaba sus opiniones, las asociaba, las reunía en un nuevo enigma y finalmente resolvía todo en un concepto, un solitario concepto que brillaba en el atardecer como lo más cercano a la verdad.
-¿Acaso el legislador no debe establecer las leyes teniendo en cuenta el bien de todos...?
-Sin duda, así debe hacerlo...
-Pero el mayor bien no es la guerra ni el tumulto, sino la paz y la benevolencia, ¿no?...
-Por supuesto, hay que rogar que la guerra y el conflicto no sean necesarios...
-Así que no constituimos un Estado para que una clase sea más feliz que las otras, sino que lo sean todos los integrantes del Estado...
-Claro, maestro, si el Estado es floreciente y está bien gobernado, debe dejar participar a cada clase de la felicidad, en la medida en que la naturaleza se la concede...
-Entonces ¿por qué muchos dicen que en el Estado establece las leyes quien en ése momento está gobernando?. ¿Es posible creer que establezcan las leyes con otra intención que no sea la de beneficiarse y conservar el poder?...
-Es cierto, eso es lo que dicen...
-Entonces nosotros debemos concluir en que éstos no son Estados, ni son verdaderas leyes, ya que no se han establecido para el bien de todos. Más bien diremos que las leyes establecidas en interés de unos pocos son leyes facciosas y no civiles y que la justicia que se les atribuye es vana...
-No hay otra conclusión posible...
-Es preciso convenir, entonces, que cada gobierno en cuanto a tal no debe tener otra finalidad que la de lograr lo mejor para quienes están bajo su cuidado...
Con el sol, ocultándose ya detrás de los viñedos, se hizo el silencio. Los oyentes se dispersaron discutiendo sobre lo que acababan de oír y el hombre siguió allí, mirando el mar como quien mira el flujo y reflujo de sus palabras a través de los siglos.
Sabía que sus opiniones, en el decadente y corrupto poder político, lo acercaban cada vez más al instante en que debería beber la cicuta, el castigo que el poder establecido reservaba para los hombres libres.
“Unos pocos” -pensaba- “alaban a los hombres que los han saciado hartándolos de lo que apetecían y dicen que han engrandecido al Estado, y no perciben que se halla entumecido y tumefacto por culpa de ellos..”
Veinticinco siglos más tarde, en un país impensable, alguien dirá que había leído todos sus libros, él, que no había escrito ninguno. Y en una empobrecida provincia de ese remoto país, unos legisladores apañarán una ley electoral para conservar el poder. Y, sobre todo, los fueros.