Días pasados, durante una conversación ocasional, alguien me preguntó sobre mis tres años de residencia en el sur. Posiblemente mi pobre interlocutor sólo deseaba un par de referencias, ignorando que el tema desata una verdadera catarata de recuerdos y anécdotas, de modo que la convertí en víctima de mi imparable torrente verbal. Cuando a duras penas logró interrumpir el aluvión nostálgico, el buen hombre se despidió y se fue, seguramente jurando que nunca más nombraría delante de mí Viedma y Carmen de Patagones.
Pero, a propósito de Carmen de Patagones, entre los recuerdos que exhumé ante mi sufrido oyente, apareció el día en que -apenas instalado en esa ciudad- los integrantes del teatro independiente que me habían contratado como director me llevaron a recorrer los alrededores y subimos al “Cerro de la Caballada”.
-En este lugar se libró la batalla contra los barcos brasileños...
Viendo mi cara de ignorante, me explicaron. Brasil, siendo aún colonia portuguesa, pretendió apoderarse de la Patagonia. Carmen de Patagones, ciudad presidio confinada entre el desierto, el mar y el río Negro, parecía un punto estratégico para establecer una playa de invasión y desde allí avanzar hacia el interior. Los pobladores –negros que cumplían condena, algunos indios pampas domesticados, traficantes de esclavos e inmigrantes de la maragatería española- resistieron y lograron rechazar a las tropas.
-Vení, volvamos a la ciudad y vamos a la catedral- me dijeron aquella tarde mis infatigables guías.
En la Catedral de Carmen de Patagones, se exhibían las dos banderas de los invasores, enormes enseñas de colores que cubren dos paredes. Entonces recordé que, leyendo años atrás a Guillermo Enrique Hudson, este escritor contaba que había sido testigo de la invasión de naves brasileñas. Y que los pobladores las habían abordado usando como armas sus herramientas de labranza.
-¿Cómo pude olvidarme de ese episodio?- me pregunté ese día.
Mientras preparaba la entrega que usted está leyendo, recordé que Guillermo Enrique Hudson nació un 4 de agosto de 1841 y que hoy se cumplirían ciento sesenta y dos años. Una conversación casi accidental me había evocado los días que viví en Carmen de Patagones y la evocación me trajo la figura de ese hijo de norteamericanos, justo en el momento de cumplirse un aniversario de su nacimiento. A veces suceden esas cosas.
Guillermo Enrique Hudson nació en el paraje de “Los 25 Ombúes”, una parte de los terrenos adquiridos por sus padres en 1837 a Tristán Nuñez Valdéz, pariente de Juan Manuel de Rosas. Carolina Kimble y Daniel Hudson se dedicaron a la cría de ganado lanar y a una pulpería. Hoy el lugar es visitado por turistas de los más diversos lugares del país y del extranjero y cuenta con una biblioteca, una sala de conferencias, exposiciones y computación, con información sobre el escritor, fotocopias de sus apuntes, manuscritos y fotografías. También funciona un Parque Ecológico y Museo.
Siendo un niño, iba en carro desde la casa paterna a la Capital Federal. Más de una vez, al llegar por la actual avenida Montes de Oca, le llamaron la atención dos cañones de pie, a la entrada de una vieja casona, que “parecían centinelas de bronce”. Junto a ellos siempre estaba un anciano sentado, mirando con firmeza hacia el horizonte. Era el almirante Guillermo Brown. Pero Hudson se enteró mucho tiempo después.
Hudson, no cursó estudios académicos, pero leía la biblioteca familiar, que contaba con un ejemplar de “La teoría de las especies” de Carlos Darwin y grababa en su memoria las observaciones de los inhóspitos lugares que recorría a caballo o a pie -la pampa virgen, gran parte de la patagonia, el litoral y el Uruguay- y anotaba luego en inglés “para asegurar su universalidad”.
Más conocido por sus libros en el extranjero que en la Argentina, nuestras autoridades y el mundo intelectual lo descubrieron cuando llegó al país el mundialmente conocido poeta indio Rabindranath Tagore y preguntó por él, deseando conocerlo porque sus obras eran leídas con respeto en importantes escuelas y colegios de Japón, Inglaterra y Estados Unidos.
En 1885, en Inglaterra, escribió su primer libro “Tierra Purpúrea” basado en sus incursiones por el Uruguay. Publicó veinticinco libros más, no todos traducidos aún al castellano. “Días de Ocio en la Patagonia”, “Allá lejos y hace tiempo”, “Un naturalista en el Plata”, “Un niño perdido”, “Aves del Plata”, “El Ombú y otros cuentos”, “Los 25 Ombúes”, son algunos de los más reconocidos.
Guillermo Enrique Hudson murió en Londres el 18 de agosto de 1922, tras haber concluido horas antes “Una cierva en Richmond Park” y de afirmar con un hálito de voz: “mi verdadera vida terminó cuando dejé la pampa”.