EN UN BAR
Por Jorge Conti. |
| Desde el ventanal miro los automóviles que pasan con sus luces encendidas bajo la llovizna, reflejándose en los charcos sobre el pavimento mojado. Aquí está seco y cálido, hay olor a buen café “exprés” y conversaciones íntimas en las pocas mesas ocupadas. No hay mucha gente. Es un bar tranquilo, con mantelitos, plantas de interior y música suave. Todo es medio vergonzante y cursi, por supuesto, pero es un buen lugar para rematar la tarde y entrar en la noche con cierta paz. Ya estuve otras veces aquí. Por ejemplo, hay una mesa, en la hilera de al lado, la de los ventanales. He estado antes sentado allí y ahora me parece como rodeada de silencio, como esos lugares que han sido abandonados y guardan un aura o el aura se negara a disiparse. Como si desde una noche llena de frío y de neblina, nunca más hubiera sido ocupada y quedara fuera del tiempo o, mejor dicho, aprisionada en una condensación globular de mi propia vida, mientras el tiempo siguió su marcha. Me sonrío, porque uno se concede muchas veces estos juegos estúpidos. No sé. Si me detengo un momento a pensar, creo que ya no tengo nada que desear. Mucho menos aún, el retorno de algún instante feliz. Esos diamantitos que brillan, efímeros. Pero esa mesa y su soledad, en un rincón del tiempo, se llenan de una absurda nostalgia que no puedo degollar a tiempo. Una apenada nostalgia de café, tarde de lluvia y gente ajena. ¿Por qué nunca he podido sentirme en posesión?. Parece como si las cosas de la vida, para tenerlas y gustarlas, tuviera que recordarlas. Nunca es “ahora”. Siempre tiene que ser “ayer” para que empiece a creer que es cierto. Por ejemplo, ése señor que toma su café en la mesa de enfrente. Es calvo, salvo en las sienes cuidadosamente peinadas, y usa una corbata ancha y bien planchada, aunque discreta. Se ve bien que ése café es todo su presente, que el calor que siente tripas abajo es real, que es real el líquido negro que sorbe con la punta de los labios, retiene un segundo en la lengua y deja resbalar después por la garganta. Cada uno de esos movimientos postula la certeza del sabor y su sensación, y de que todo eso se lo ha ganado sin discusión. Le pertenece. Yo tengo una percepción de lo real bastante pobre. Por eso, la mesa al lado del ventanal se me reservaba congelada para este momento, para que fulgurara el recuerdo insoportable de la felicidad, el recuerdo de otra noche ya pasada. Y ahora que la recobro, quisiera olerla, escucharla, tocarla de nuevo, como quien entra en el filo de una llama alta y sostenida y sale cambiado en un sentido difícil. Pero solo hay soledad y silencio y esa nostalgia un poco dulzona, engañosa y complaciente. Mientras tanto, vivir es cada vez más difícil. |
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