Encontré a Romualdo en San Francisco. Yo iba a dictar un curso y a participar de una reunión del taller municipal de teatro. Recuerdo el día, 23 de agosto de 1976, porque la noche anterior había leído en el diario que encontraron treinta cadáveres a quince kilómetros de Campo de Mayo y diecisiete en Lomas de Zamora.
Por esos días era usual enterarse de ese tipo de acontecimientos, como el vecino que buceaba en el Lago San Roque y se había encontrado con el fondo cubierto de cadáveres: la policía se había negado a consignar su denuncia y los diarios no publicaron la carta que les envió.
A veces uno se enteraba por la prensa de un “enfrentamiento” entre bandas de derecha e izquierda o de operativos donde habían “combatido” policías y subversivos. Otras veces alguien se atrevía a comentar un rumor, siempre desmentido por los militares, sobre incursiones nocturnas en la casa de algún amigo o de algún pariente, del que después no se tenían más noticias. Pero al terminar ese año los muertos eran más de cuatro mil y resultaba cada vez más difícil creer en tantos “combates” “enfrentamientos”, y desmentidos.
Cada uno leía, observaba, sacaba conclusiones y callaba. Había empezado a usarse una frase y algunas variantes: “por algo será”, “algo habrá hecho”, “vaya a saber en qué andaba”. Y la vida de todos se parecía cada vez más a esos pantanos donde flota una niebla fétida y espesa.
Romualdo era viajante y se disponía a visitar a sus clientes al día siguiente. Yo estaba solo en el bar del hotel cuando llegó. Charlamos sobre su trabajo y el mío, pero lo noté distraído, más bien pensativo.
Riéndose, mientras se pellizcaba un granito cerca de la sien, me contó. Al llegar a San Francisco se había anotado en el hotel, se había bañado y finalmente bajó a tomar un café y a preparar sus ventas hasta la hora de la cena.
En una mesa cercana se encontraban tres mujeres jóvenes y una de ellas lo miraba con insistencia. Sin dejar de advertir el interés que despertaba, sin embargo no le prestó atención. “No iba a andar haciéndome el lindo”, dijo que pensó. Recordando que debía hacer una entrevista relacionada con un cliente importante que visitaría al día siguiente, resolvió ganar tiempo para después cenar tranquilo. Así que se levantó, cargó con su portafolios y salió.
Al regresar, media hora después, las tres mujeres salían del bar. Ella lo miró de nuevo. Romualdo detuvo el auto y sonrió. Entonces ella se acercó, subió al coche y se presentaron.
Era de un pueblo de las inmediaciones y había venido a pasar el fin de semana a la ciudad, en la casa de una amiga. ¿Podría llevarlas a las tres en su coche?. Dijo Romualdo que no tenía excusas creíbles a mano, así que un tanto extrañado accedió. Al llegar, como las otras dos bajaron primero con esa discreción apresurada que a fuerza de complicidad deja de serlo, él le planteó a la muchacha una salida para esa noche. Ella aceptó. Romualdo entonces le propuso que lo esperara mientras él cenaba y se cambiaba de ropa. Arreglaron una hora para el encuentro.
Un segundo antes de separarse, cuando él ya había encendido el motor del coche, ella se detuvo un instante en la vereda. “¿Sabés una cosa?”, me dijo Romualdo que ella le dijo. Tenía todas las estrellas del cielo nocturno alrededor de su cabeza y lo miraba como avergonzada, inclinada sobre la ventanilla. “Tengo la impresión de que vos no vas a venir”. “Asombrado”, me dijo Romualdo, “traté de averiguar por qué me decía eso y de convencerla de que yo tenía un sincero interés”.
“No”, dijo ella, “vos no vas a venir. Vas a ver. No vas a venir”.
Me dijo Romualdo que le aseguró fervientemente su deseo de volver a verla y que insistió en la hora en que pasaría a buscarla. Quedaron en que ella no esperaría más allá de las diez y cuarto de la noche y él se dirigió al hotel.
En ese momento, mientras me miraba con sus verdes ojitos de tano y se pellizcaba furiosamente el granito, Romualdo se puso metafísico. “Uno nunca sabe lo que va a ocurrir”, dijo tratando de atenuar su vozarrón. “Y como uno nunca sabe lo que va a ocurrir, debería aprender que hay que hablar menos. Lo que yo me pregunto es cómo lo supo ella”.
Por la ventana del bar se veía la calle, las hojas de los árboles iluminadas por la luz de los faroles de mercurio y algunas personas caminando en el frío. Saqué un cigarrillo negro de los que fumaba él, lo encendí y le dije “no entiendo”.
Romualdo empezó a sacudirse en una de sus habituales risotadas. Mientras comía, me contó, comprobó horrorizado que a causa de un mal movimiento de la masticación, se le acababa de quebrar la dentadura postiza. Dijo que había partido desesperado en busca de un odontólogo. Hay que saber lo que significa tratar de encontrar a un odontólogo un fin de semana, a las diez de la noche, en un pueblo de provincias. Buscó en vano un negocio abierto que le vendiera “Poxipol”. Terminó encontrando el producto en una estación de servicio. Volvió al hotel y se puso a pegar los dos pedazos de la prótesis, para después esperar a que se secaran. Cuando miró el reloj, eran las once de la noche.
“¡Adiós el programa!”, me decía riéndose a lágrima viva. Yo me figuré el episodio de un sainete o de un grotesco. Más bien de un grotesco.
“¡Por una vez que me meto a hacerme el lindo!”, me decía en medio de sus carcajadas estentóreas. Era cierto. Nos reímos, tomamos otro café y nos fuimos a dormir. El curso me había cansado y al día siguiente teníamos esa malhadada reunión de taller, en la que se decidiría qué diablos iba a pintar yo en el asunto. Pero tardé en dormirme. Conmovedor y ridículo, una chaplinada argentina con algo de Discépolo y algo de Buñuel, muy humano y muy humillante, el episodio me dejó pensando.
Herido por el absurdo y la pura y dolorosa gratuidad, Romualdo tenía al menos la libertad del humor. ¿Y ella?. ¿Habrá adivinado que no se trataba de una temida decepción?. ¿Pudo imaginar que no fue una desilusión sobrevenida después del primer cruce de palabras lo que se interpuso, sino una dentadura postiza?. ¿Qué habrá pensado toda esa noche y durante su viaje de regreso a su pueblo, al día siguiente?. ¿Hará olvidado enseguida el asunto?. ¿Lo recordaría con frustración, pena u odio?. ¿Y si ella era la posibilidad de un amor distinto y mortal, lleno de descubrimientos, precipicios y abismos?.
Me acordé del soneto X de Gracilaso. La pasión de un hombre grande, quiero decir, entrado en años, está más cerca del “amor loco” de Foucault que del “amor pasión” de Bretón. Pero, a la vez, está más contenida, consciente del peligro, sondeando la atmósfera enrarecida con sus antenas llenas de sabiduría. Este amor siempre es trágico porque es débil en sí mismo y fuerte por el amado. Sin embargo, bajo esas aguas que reposan, las imágenes de la vida interior estallan en audacias innombrables, en lanzamientos aéreos, acrobacias que son como una forma de la generosidad. La soledad se constituye en una fuerza. Ese hombre sujeto por la pasión conoce una especie de libertad fría y cortante, una soledad helada que le permite renunciar y poseer a la vez, en su centro mismo y en estado de incandescencia. La base de esa pasión es la desesperación, que nunca está ausente de la vida humana, pero solo se conoce cuando la locura se hace aparente y clara.
La inocencia es justamente lo contrario: es la naturalidad de lo pasional que no aparece como locura. La pasión de Romeo y Julieta puede ser conmovedora, tristísima, pero nunca trágica, porque ellos jamás dudaron de su último, final y definitivo derecho a ella. Inconscientes de la fatalidad que todo poseer supone, arribaron a la muerte en estado de naturaleza, inocentes.
Es necesario no haber muerto, es necesario haber amado mucho más y asistido a otras tantas cesaciones del amor, para conocer la desesperación de amar de nuevo. Y entonces ese amor es el “amor loco”, locura que imprime a la vida de ese hombre una salvaje tranquilidad, que se parece mucho a la desconfianza básica en toda posible felicidad sostenida y absoluta.
Amar de esa manera es quizá la única forma de amar sin egoísmo y despreocupado del destino personal, libre de las maneras en que la gente se lastima a sí misma, se miente y se destruye. ¿Será esto lo que Romualdo y la desconocida perdieron aquella noche por culpa de una humillación del azar?.
Lo más fácil y quizá lo más acertado, es pensar el episodio como un capricho por el cual un hombre y una muchacha se cruzan viniendo desde distintos mundos y vuelven a alejarse hacia distintos mundos. Y que para ella, que es la única desconocida en esta historia, ese encuentro frustrado no significó nada. Que no siendo sino una muchachita de pueblo, un poco tonta y un poco fresca, quiso sentir un sabor distinto y la búsqueda de ese sabor fue la que la llevó a San Francisco ese fin de semana, a tomar un café con sus amigas en el bar de un hotel frecuentado por viajantes y a mirar con insistencia a un desconocido.
En mi habitación del hotel, pensando en la anécdota de Romualdo mientras trataba de dormir, me di cuenta de que, de todas maneras, yo creía que era mejor no jugar con esas cosas. Porque no era solo ella la desconocida, sino que cada uno es en sí mismo un desconocido: Romualdo que me la contó y yo que la escuché y la anoto ahora en este cuaderno. Sólo para no pensar en otros juegos peligrosos que enseguida se transforman en pesadillas, que pueden estar ocurriendo en este mismo minuto tras la pared de mi vecino y que pueden estar ocurriendo tras las innumerables paredes de las innumerables casas en todas las ciudades a lo largo de todo el país.
Porque los lugares de la locura ya no pasan por la ficción, la novela o el teatro. “Merodea en las calles, dibuja una silueta bastante familiar en el paisaje social, cofradía de tontos, fiestas, reuniones y discursos, libelos, procesos y alegatos”. Como a principios del siglo XVII “este mundo es extrañamente hospitalario para la locura. Ella está allí, en medio de las cosas y de los hombres, signo irónico que confunde las señales de lo quimérico y lo verdadero, que guarda apenas el recuerdo de las grandes amenazas trágicas, vida más turbia que inquietante, agitación irrisoria en la sociedad, modalidad de la razón”.
En medio de la noche llena de asesinatos, secuestros y torturas, mientras las estrellas unánimes apagaban los gritos de desesperación, me fui durmiendo lentamente, pensando en el amor y en las bromas de la vida.