Anoche se presentó en la Feria del Libro “Francisco Urondo: la palabra en acción, biografía de un poeta y militante”, de Pablo Montanaro. La editorial rosarina “Homo Sapiens” me invitó a compartir la mesa con Chiry Rodríguez y con el autor. Dije que mi derecho a estar allí descansaba en un acto de sinceridad: compartiendo ideales básicos de justicia e igualdad, yo disentí desde el principio con el planteo de la lucha armada. Pero respeté la decisión de quienes optaron por ella. Lo que dije es lo que se leerá aquí.
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En 1948 yo comenzaba a estudiar en el Colegio Nacional “Simón de Iriondo”, en el mismo momento en el que Paco Urondo egresaba. Nos cruzamos sin saber uno del otro. Del tiempo anterior recuerdo una función del “Retablo de Maese Pedro” en la Sociedad Vecinal Zona Sur, en la que seguramente debe haber estado Urondo. Tampoco nos conocimos, yo era un chico y él tenía cinco años más que yo, a esa edad un abismo generacional.
También recuerdo un viejo bar en calle 3 de Febrero, con un patio lleno de jazmines al que se llegaba a través de un ancho zaguán antiguo, donde en verano se tomaba una cerveza santafesina rubia y densa, una más de las tantas cosas que hemos perdido: soy un adolescente con la cabeza hirviendo de lecturas de Jean Paul Sartre, de Albert Camus y de Leautremont. Estoy con Saer, que me lee los borradores de una obra de teatro que estaba escribiendo llamada “Guillermo Tell” y Saer se interrumpe y me dice: “mirá, ahí está Paco Urondo”.
Acompañado por personas que no conozco veo a un tipo despatarrado en su silla, la corbata ladeada sobre la camisa, con un mechón lacio sobre la frente, que escucha la conversación mientras hace girar con aire negligente un vaso de cerveza entre sus dedos. Hubiera sido el momento para conocerlo, pero la adolescencia de un aspirante a poeta, proclive a admirar, asumía en mí las formas de la timidez. Sin embargo hubiera querido saludarlo. Esa fue la última vez que lo vi.
Me fui a Rosario a estudiar, los fines de semana viajaba a Santa Fe, me encontraba con Saer, Hugo Gola, Juan L. Ortiz y otros amigos en Colastiné y de Paco me llegaban sus poemas en revistas, en antologías y en sus libros. Empecé a recibir los números y ediciones del grupo “Poesía Buenos Aires”, poetas a quienes quise muchísimo a través de la lectura, entre ellos, Paco. Alguna vez había soñado con ser un narrador, pero ahora la poesía se había hecho presente y ya no me dejó en paz.
Se ve, entonces, que los primeros capítulos del libro de Pablo no podían sino agitar las aguas de mi pasado personal. Pero quizá no otra cosa hace todo buen libro. Quizá no leemos a un escritor o a un poeta sino para descubrir qué nos dice de nosotros mismos. Quizá uno lee para no sentirse solo.
Pero es desde esta entrañable materia que Pablo Montanaro nos interroga sobre cuestiones que no parecen estar tan saldadas como creemos o que, si lo están en el lugar de la subjetividad, no han sido suficientemente confrontadas. Por eso, cuando la lectura de este libro nos lleva a los años decisivos, a los días en que Paco Urondo empieza a transitar un camino sin retorno, se reflotan viejas preguntas, una y otra vez respondidas, una y otra vez vueltas a formular.
Más allá del coraje, de la honestidad intelectual y de los ideales que la fundaron y sostuvieron ¿fue un acierto o un error histórico la lucha armada?. El peronismo ¿era un monstruo de dos cabezas, que podía parir revolucionarios a la vez que a un Osinde y a un José López Rega?. Esa dualidad ¿está en el espíritu colectivo de la nación y por eso el peronismo la refleja tan fielmente?. ¿Qué fue Cámpora para los peronistas y para Perón?. ¿Usó Perón a los Montoneros, para después traicionarlos?. Los intelectuales, poetas y artistas que siguieron haciendo su obra e interviniendo desde el pensamiento crítico, pero que no empuñaron las armas ¿han ganado realmente la suficiente paz interior para pensar aquellos años terribles sin intermediaciones oscuras de conciencia?. ¿Cuál es el rol de la ideología y el de los contenidos emocionales en la respuesta a estas preguntas?.
A través de la carne viviente de Paco Urondo, estas preguntas son puestas de nuevo en emergencia por el libro de Pablo Montanaro, porque creyendo interrogarlo a Paco sobre las razones y los motivos, estamos en realidad interrogándonos de nuevo a nosotros mismos. La respuesta de Paco Urondo es una respuesta ya definitivamente dada, que le atañe solo a él: “empuñé un arma porque busco la palabra justa”.
Nosotros tenemos que encontrar, si es que aún no las hemos encontrado, nuestras propias respuestas. En todo caso, jugando aquella añagaza de Simone de Beauvoir cuando, en “La ceremonia del adiós”, habla con Sartre muerto, podemos imaginar que Paco nos diría : “cada uno hace lo que puede”. Pero no nos lo dice a nosotros, lo dijo cuando estaba vivo y lo dijo a otros en un tiempo que ya no es el nuestro. El dilema sigue estando en nuestras manos.
Hay un momento en el libro de Pablo que a mi juicio condensa el problema de las relaciones entre poesía y acción política. En 1968 el escritor Heberto Padilla es acusado en Cuba por actividades contrarrevolucionarias, provocando una polémica ideológica entre los intelectuales y artistas de izquierda solo comparable a las que libraban los franceses en torno a Mao y la revolución cultural. Se conoce una confesión de Heberto Padilla en la que se arrepiente de sus obras y los intelectuales del mundo, entre los que estaban nada menos que Sartre, Moravia, Passolini y Cortázar, afirman indignados que se trata de una confesión bajo tortura.
Pablo rescata declaraciones de Noé Jitrik que permiten advertir las corrientes que separaban y unían a los intelectuales de izquierda: estalinistas de la vieja ortodoxia, neocomunistas, maoístas, trozkistas, antiperonistas, peronistas de izquierda, cada una de estas trincheras ideológicas tenía alianzas o irreconciliables diferencias con algunas de las otras. En esa maraña político ideológica encrespada por la revolución cubana, el peronismo era un reactivo que provocaba los más erizados rechazos o las adhesiones más apasionadas, las sospechas más oscuras y las esperanzas más imprudentes.
La figura de Paco, de cuyo entusiasmo por Cuba no se puede dudar, aparece sin embargo como la de alguien capaz de una adhesión crítica y de objetivar la naturaleza de los hechos. ¿Fue lo mismo con respecto a la figura de Perón?. ¿Se desengañó Paco de Perón?. Montanaro rescata un momento en el que Paco hace una tozuda defensa del líder después de la masacre de Ezeiza y otro en el que hace una reflexión después del asesinato de Rucci destinada a Perón: “ahora Perón sabe que no puede llamarnos juventud maravillosa un día y al siguiente pegarnos una patada en el culo”.
En Paco Urondo la pasión revolucionaria, la acción guerrillera y la experiencia poética partían de una misma pulsión: la circunstancia dictaba la posición a asumir, el momento de actuar o la palabra a elegir. Pero llegado el momento, cuando se trataba de expresar lo que es a la vez intuición y convicción, poesía y política eran igualmente transgresoras, como para invertir un apotegma sacralizado por los mandos y decir: “la verdad es la única realidad”. Demasiado atrevimiento para quienes se habían convertido en mandos militares. Paco creyó en Perón con la misma honestidad intelectual con la que descreyó de él, así como escribir un poema celebrando la alegría no contradecía escribir otro en el que “la tristeza ruge y afila”. Porque, al fin y al cabo, como escribe en “Adolecer”, “no te jactes del día / de mañana, porque no sabes / qué dará de sí el día”. Paco Urondo el poeta, el seductor de mujeres, el bebedor de vino ¿qué relación podía tener con esa construcción que llamamos “realidad”, sino ésa?.
“Historia Antigua” es el primer libro de Paco editado por “Poesía Buenos Aires” en1956: es una búsqueda a través de los procedimientos surrealistas, pero ceñida al entorno inmediato y concreto de la experiencia. Hay allí un poema que anticipa el emperramiento con que vivirá: Es cuando la tarde arremete / Cuando el sol se complica con los recuerdos, la sangre y los sueños / Es cuando no sabemos de qué lado estar / Pero no hay que alarmarse, nos quedaremos hasta que las velas no ardan.
En “Breves”, “Poesía Buenos Aires”,1959 se lo ve profundamente marcado por la influencia de Juanele, y lecturas de Li Po, los poetas chinos y el haiku, pero sigue presente el cuidado de no traicionarse con gratificaciones evasivas: una mujer / una rama / y en el otoño algo más / asomado al flexible / horizonte / algo insignificante /sustantivo como la vida / en acción como los hombres / o el río
En “Antología Interna”, Ediciones Zona,1965 se agrupan poemas según un criterio temático. Urondo se manifiesta: Algún día, y digo por decirlo, tendremos / ese tapado de armiño / será un tiempo más justo, forrado en lamé / como el tapado del tango. Un tiempo sin olvido. O también: Llorar hijo mío y pelear / para siempre, / alegremente doloridos / modernos y revolucionarios y sometidos y cristianos. Pero en esta antología está el poema más subversivo de Paco, el más inquietante porque en sus espesas nomenclaturas está la denuncia de la realidad, un poema que siempre relacioné con el “Aullido” de Guinsberg y que se llama “Los Gatos”. Está también en “Del otro lado”. Léanlo. Es más fuerte que cualquier preceptiva programática.
“Del otro lado”, Editorial Biblioteca C. Vigil,1967, consolida lo que en adelante será la forma buscada: el poema-relato, pudiera decir que a la manera del Pavese de “Lavorare stanca”, la memoria familiar a la manera del Vallejo de “Poemas Humanos”, el amor a la manera del Eluard de “El amor, la poesía”, pero única en lo que tiene -no tengo otra forma de decirlo- de argentina: Estoy / a punto de morirme -años más, años menos- y aunque no creo / que sea bueno decirlo, aunque sea yeta, lo repito / para no apelar a un sortilegio que exorcise ese demonio mayor, la reina / de los mandingas
“Adolecer”, Sudamericana,1968, es quizá el libro donde más se note la presión que sobre la experiencia poética ejerce el compromiso político: Paco ha elegido hacer de la historia la materia capaz de disolver uno en la otra y la adolescencia personal se identifica con la adolescencia del país. “Ah los que han abrazado / la insurgencia y han caído / de rodillas entre conversaciones y balas / perdidas
Los verticalismos, las ortodoxias, las rígidas moralinas del código montonero -que tanto recuerdan la disciplina mojigata del partido comunista- eran para él motivo de conductas circunstanciales de sorda obediencia o de alegre transgresión. Las cúpulas, en su funesta imposición del ethos militar a la política, no podían comprenderlo.
Cuando ya en plena dictadura la conducción resuelve trasladarlo a Mendoza para reorganizar una diezmada militancia, Paco Urondo sabe que lo mandan a un destino en el que estaría más vulnerable y expuesto que nunca y sin embargo acata la orden. En la transgresión o en la obediencia, lo que había era la misma afirmación de la vida, la misma generosidad humanista que los mandos solo podían interpretar como indisciplina u obediencia.
Urondo sabe que va a encontrarse con su muerte.
Tengo una vieja edición de la “Antología Universal de la Poesía” de Miguel Brascó, editada por la Editorial Castelví en 1957, un año antes del primer libro de Urondo, “historia antigua”, editado por “Poesía Buenos Aires”. Hay allí un poema que, en razón de las fechas, debe ser de los primeros de Urondo. No lo encontré en ninguna de las antologías o libros, pero no puedo afirmar que no se encuentre en alguna que yo no conozca. Siempre amé profundamente este poema y recuerdo haberlo leído repetidamente con Saer y Juanele, en aquellos eternos asados en Colastiné. Dice así:
“El hombre para morir debe dejar su mañana alto que tanto le seduce, alguna bufanda que le acompañó toda su vida, algunas picardías que le bailaron en los ojos / El hombre para morir debe abandonar -con tristeza, sí- los temblores y los sufrimientos de su carne, debe olvidar su caricia, su supuesto abandono / El hombre para morir debe dejar sus papeles en orden y algún dolor, el aire y los abismos de su vida / El hombre para morir tiene que entrar en la humildad: tiene que vivir mucho”.
Aquella tarde del 17 de junio de 1976 en Guyamallén, en la esquina de Tucumán y Remedios de Ecalada, como los héroes de la novela-viaje de los románticos, después de la infancia, de los años de aprendizaje y del tiempo de la acción, Paco Urondo cerró el círculo y se reencontró con aquel viejo poema de adolescencia. “El hombre para morir tiene que entrar en la humildad: tiene que vivir mucho”.