RESENTIMIENTO
Por Jorge Conti. |
| Enrique Banchs, uno de los más personales y recónditos poetas argentinos, dejó de escribir por soledad y por pérdida de fe en la respuesta de los hombres el poder del lirismo y finalmente murió solo y olvidado. Roberto Arlt, el hombre que partió la narrativa argentina en dos con el tremendo e inquietante poder de su relato, hubiera sido feliz con el uno por ciento de las ganancias que obtuvieron después los editores de sus libros. Libros que él escribía en un bar sobre las servilletas de papel, de puro muerto de hambre. Jorge Luis Borges tuvo el raro privilegio de obtener un reconocimiento de un gobierno argentino: por su méritos como originalísimo narrador y poeta que recreó el idioma de los argentinos, fue nombrado inspector de aves y corrales en el Mercado de Abasto de Buenos Aires. Sntonio Di Benedetto, por haber escrito una de las más subjetivas, profundas y bellas novelísticas argentinas e iluminado los más oscuros rincones de la conciencia humana, mereció que un militar sensible al saber y a la creación le pateara la cabeza durante una de las sesiones de tortura, mientras se encontraba preso durante la dictadura. De esa patada murió años más tarde, al regresar del exilio, víctima de la lesión neurológica irreversible que le ocasionara y sin haber conseguido que la democracia le ofreciera un trabajo del cual vivir. Enrique Santos Discépolo, según los médicos se murió de ganas, que era el nombre que en aquellos tiempos se le daba a la depresión, en su caso debida a la inteligencia de sus connacionales, la mitad de los cuales lo negaba por ser peronista, mientras la otra mitad lo negaba por no serlo. Imposible nombrar a la cantidad de actores y actrices del teatro y del cine argentinos asilados en la Casa del Teatro, debido a que carecen de recursos para sostenerse en la vejez, castigo ejemplar por haber alegrado, emocionado y educado a generaciones enteras: baste un nombre emblemático, Tito Lusiardo. Tampoco es posible mencionar a investigadores, científicos, médicos y maestros que, como Leloir, no consiguieron nunca los recursos que hubieran merecido para poner su inteligencia al servicio del país. Pintores, músicos, titiriteros y cómicos ambulantes que recorrieron polvorientos caminos en el anonimato y alimentaron sueños anónimos en la intimidad de turbias piezas de pensión. Y si usted está pensando que esos fantasmas albergados en mi memoria son un síntoma de un acumulado resentimiento, tiene razón, soy un resentido. Pero, a diferencia de muchos congéneres, mi resentimiento no se debe a agravios personales, sino al agravio colectivo con el que se ha maltratado y se maltrata en este país la creatividad, la sensibilidad y la inteligencia. Pero a la vez usted se equivoca, porque no soy un resentido: no lo soy, porque hay algo que me consuela de todos aquellos agravios ajenos: el saber que, a cambio, nuestros meritorios barras bravas han viajado gratis por el mundo, han recibido buenos premios en efectivo y gozan de la protección de hombres respetables. |
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