El 10 de noviembre de 1993 Jorge Rafael Videla se reivindicó como “chivo expiatorio”. Eligió para su epifanía un momento muy particular en el que “los enemigos de la Nación lo agraviaban a él y a quienes compartieron con él la ‘gesta’ de 1976” y, en su exaltación de predestinado, dijo que desde los tiempos más remotos, según la Biblia, las sociedades necesitaron de chivos expiatorios para lavar “las culpas colectivas” y que los argentinos no éramos una excepción.
Dijo que no habíamos sabido asumir el compromiso del momento crucial de nuestra historia reciente, ni afrontar sus consecuencias y que encontramos en la figura del chivo expiatorio una forma de saldar cuentas.
En su éxtasis Jorge Rafael Videla no dejó a salvo del rayo justiciero a las Fuerzas Armadas, a las que acusó de haber pensado “que había que pagar un precio por lo que había ocurrido, cuando en realidad había que cobrar un servicio”.
Y finalmente, en un desdoblamiento místico producto de su estado de elevación mística, se separó de sí mismo, se miró y pasó en su homilía a la tercera persona del singular: “Jorge Rafael Videla”, dijo, contemplándose en el único espejo que lo reflejaba- “no concurre a las ceremonias del Ejército porque está segregado judicialmente, porque ha recibido instrucciones de no comprometer a las autoridades y porque, en definitiva, él quiere al Ejército”.
En las ceremonias órficas, en los ritos báquicos, entre los flagelantes de la Edad Media, entre los campesinos del Renacimiento, eran comunes los episodios de demencia mística, en los que los componentes mórbidos de la personalidad se combinaban con ciertas circunstancias sociales y daban por resultado soflamas semejantes a las de Jorge Rafael Videla.
Pero hay un último momento del discurso que estoy recordando que merece especial atención: Jorge Rafael Videla acometió la fenomenología del “chivo expiatorio”, tomando una descripción de la Biblia.
“Chivo expiatorio no es cualquiera, es un elegido. Debe ser un ejemplar macho, entero, no capón, de preferencia blanco, símbolo de la pureza, que no ofrezca a la vista defectos de conformación”.
La Bilblia, desde luego, habla de un animal. En los sacrificios del pueblo de Dios, debía poseer esas virtudes para que la entrega fuera realmente digna. Pero la transferencia de esas cualidades a una persona convierte a esas virtudes en una tipología. Una tipología racista, machista y selectiva, es decir, acorde al pensamiento de Adolfo Hitler. Jorge Rafael Videla no tenía inconvenientes en aceptarse como “chivo expiatorio” de la cobarde, débil e indigna sociedad argentina, siempre y cuando lo fuese bajo el supuesto del “elegido, ejemplar macho, entero, no capón, sin defectos de conformación y de preferencia blanco, símbolo de la pureza”. Ese ejemplar era él. El Zarathustra argentino marcando el camino hacia el superhombre o condenando al holocausto a una sociedad que no supo abrirle camino.
Por supuesto, el diagnóstico clínico pudo reducir todo a un simple caso de delirio exitoso. Pero el problema no es ese. El problema es que ese caso clínico fue dueño de la vida y de la muerte de todo un pueblo y lo gobernó para que, casi tres décadas después, aún tuviera que soportar las consecuencias.