|
I. Alegría Cero
La ciudad amanece con movilizaciones de grupos
de piqueteros que van a supermercados a pedir comida.
Otros son recibidos por el ministro de gobierno,
Lorenzo Domínguez.
-Mañana van a cobrar los precarios planes
de empleo que se les adeuda -les dice el funcionario-.
Entonces se van al banco Nación y esperan.
Hace mucho calor este miércoles 19 de diciembre
de 2001, a días de la navidad.
En Emaus el padre Edgardo Stoffel, de la pastoral
social de la Iglesia, anuncia lo que muchos allí
esperan.
-Mañana los supermercadistas van a comenzar
a dar comida a los pobres de Santa Fe -se queja
porque ni la Provincia ni la Municipalidad se quisieron
hacer cargo de la distribución-.
Los pobres que están en el lugar lo escuchan
y esperan. Se pasan la noche esperando en el hall
de la pequeña casita. Todas las respuestas
llegan mañana, mientras tanto el clima social
se recalienta.
Mediodía. Los noticieros muestran la ola
de saqueos que ya comenzó en todo el país.
Emiten la entrevista con el padre Stoffel.
-La comida se repartirá mañana -repite
la voz ahora en la pantalla-.
Reina la confusión informativa. La gente
del norte de la ciudad sale a las calles y se va
a la puerta de los supermercados a esperar. No son
de ningún grupo de piqueteros. Hace dos días
que les prometieron los bolsones de ayuda. Un grupo
de vecinos de La Chaqueñada llega al "Súper
2000", en General Paz y Javier de la Rosa.
-Dicen que acá van a dar comida.
-Yo lo escuché en la radio -asiente otro
entre la multitud-.
-Queremos comida, queremos comida -canta un grupito
cerca de la esquina.
-¡Una ambulancia! -grita desesperada una señora
desde la otra punta. Todos miran hacia allá.
Una mujer está en el piso desvanecida. Se
descompuso entre los apretujones de la gente que
pugna por alcanzar el mejor lugar en la alocada
cola que formaron espontáneamente.
Un periodista llama al servicio de emergencia médica
desde su celular, mientras los familiares piden
que todos se corran para darle aire y la apantallan
con un pedazo de cartón que un pibe cuida
autos alcanzó.
-Van a dar bolsones de comida a las cinco de la
tarde en la basílica de Guadalupe -se pasan
la bola-.
Corre la versión de que habrían sido
instigados para ir a pedir por una FM trucha que
funciona en el barrio, desde donde habrían
partido arengas convocando a la gente a que vaya
al súper donde les iban a dar alimentos.
Allí están y esperan.
Otro grupo se descuelga de la movilización
unas cuadras. Comienza el primer saqueo en la ciudad.
Es el supermercado Manasseri, en Javier de la Rosa,
a tres cuadras de la basílica. Se llevan
comida, la plata y las computadoras. Rompen todo.
Alberto Manasseri es su dueño. Estaba reunido
con los supermercadistas de la ciudad para ver cuánto
le iba a donar a la gente cuando lo saquearon.
- Se van a la puta madre que los parió -dice
llorando ante las cámaras, con sus ojos perdidos
y las venas del cuello marcadas en la piel. Llora
y repite que todos se van a la puta madre que los
parió-.
Al norte de la ciudad la cosa está mucho
más pesada. La gente intenta robar en otros
supermercados. Los rodean y aguantan; aguantan,
hasta que no da para más.
Blas Parera al 5800. Allí saquean otro supermercado.
Es el Bienestar. Pedro Bré, su dueño,
maldice a todos. La gente sigue agolpada en distintos
supermercados y comienza la represión policial.
En otra sucursal de la cadena Bienestar que está
más al norte cae muerto un pibe de quince
años. Marcelo Alejandro Pacini queda tendido
en el piso, no de hambre todavía. Recibe
una perdigonada de un escopetazo disparado por un
comerciante desbordado que trabaja frente al super,
en Blas Parera al 8900. Había ido con sus
hermanos en busca del bolsón. Más
tarde su madre, desenfocada, está en la municipalidad
pidiendo ayuda para poder comprar el cajoncito.
El resto de la gente en ese lugar sigue queriendo
saquear el supermercado. La policía sigue
reprimiendo. Hay heridos y detenidos. Otra persona,
María Chapú, de 17 años, recibe
un balazo que casi le desprende un brazo.
Ya nadie habla del campeonato que Racing podía
ganar el domingo, después de 35 años.
La última fecha del Apertura. En Santa Fe
tampoco se habla del clásico, Colón
- Unión, que también se jugaría
el domingo. Se apaga el folklore y las gastadas.
Cae el sol. El secretario de Seguridad Pública
provincial, Enrique Alvarez, describe el panorama
como un estado de tensa calma. Los números
en nuestra provincia son fatales, las cifras oficiales
arrojan: seis muertos, cincuenta heridos y 165 detenidos.
Pero no son cifras, no son números; son gente
desesperada que salió en masa entre los pocos
activistas. Las imágenes televisivas muestran
lo mismo en cada provincia. En todas partes la respuesta
fue la represión. El país es un caos.
Se habla de dieciséis muertos. Todos esperan
las novedades nacionales.
De la Rúa se toma su tiempo. A las once de
la noche se emite un mensaje grabado en cadena nacional
en el que se destaca la necesidad de mano dura con
la gente, tildándola de delincuentes que
se aprovechan ante la necesidad de unos pocos.
-Rige el Estado de Sitio en todo el país
por treinta días y se recortan las libertades
individuales -anuncia el presidente-.
De la Rúa no habla de medidas políticas
ni económicas para combatir la crisis. Tampoco
habla de renuncias. Las medidas dispuestas por el
ministro de economía, Domingo Cavallo, que
tienen que ver con recortes de sueldos, "el
corralito" bancario -por el cual nadie puede
extraer más de 250 pesos de los cajeros-,
y el achicamiento de los compromisos del Estado
para alcanzar el déficit cero y cumplir con
el pago de los intereses de la deuda externa parecen
jaquear al gobierno. A esto hay que sumarle un nuevo
medidor económico de moda (aprovechado políticamente
por intereses de sectores opositores), que nos coloca
al tope del ranking mundial, el riesgo país.
Argentina arde.
La clase media en Buenos Aires sale a las calles
con cacerolas y le pone ruido al calor. Esta nueva
forma de hacerse escuchar será bautizada
más tarde como el cacerolazo. Otros van en
su auto a tocar bocina a la Casa Rosada. Quieren
despertar al presidente, que ya se fue entre penumbras
a su casa. Sin embargo, Cavallo presenta su renuncia
y corren las versiones de que huye del país
en avión hacia Miami. Pide seguridad para
su familia.
Romina, Marcelo y Claudio. Bala perdida, furia
y locura de comerciantes, ¿represión
sistemática? A Marcelo Pacini ya se le se
suman otros tres muertos confirmados en Rosario
y un total de nueve en todo el país.
Romina Iturrain tiene quince años, igual
que Marcelo. Se había llevado una materia
a diciembre y esta tarde la aprobó. Salió
corriendo a la casa de su tía -en Paraná-
para contarle. De pronto hay corridas y tiros allí
afuera; a metros hay una de las sucursales de la
cadena de megamercados Wal Mart. Ella toma mate
en el frente de la casa cuando una bala perdida
entra a la vivienda y se duerme con ella para siempre.
Marcelo y Romina estaban en la ebullición
de la vida. Las radios hablan de un país
incendiado.
Claudio Leprati es profesor de Filosofía.
Alterna su saber intelectual con su militancia social.
Es afiliado a Ate y trabaja cocinando el único
plato de comida que muchos chicos de la villa comen
en el día, en el barrio Las Flores de Rosario.
El Pocho -como le dicen- no sólo se ocupa
de lo indispensable. Coordina trabajos en una barrita
de pibes del barrio Ludueña y les enseña
que la alegría a veces puede salir de un
tambor, un zurdo, y un cuerpo "quebrado"
que murguea descolocado. Entre los disturbios se
asoma desde el techo de la escuela N° 756 para
putear a los policías que allí abajo
disparaban contra un grupo de personas.
-No tiren, cagones. La escuela está llena
de chicos -les grita desde la altura-. ¡No
tiren!
El Pocho es confundido con un francotirador por
la policía. Un francotirador. Cae muerto
de un disparo de itaka en el cuello. Otra víctima
de la feroz represión.
Ya entrada la noche, el intendente Marcelo Alvarez
se reúne de urgencia con todo su gabinete
y anuncia un cronograma de ayuda social. Pasa la
recolectora de basura: algo sigue funcionando.
A las cinco de la mañana se conoce la noticia,
renuncia todo el gabinete del presidente Fernando
De la Rúa. Convocan a un gobierno de coalición.
Otra reunión de gabinete. En este caso es
el gobernador Carlos Reutemann. Llama a su gente
a primera hora de la mañana y anuncia la
creación de un comité de crisis en
la provincia. Ya no hay gente en la puerta de los
supermercados durante el amanecer. Pasa la barredora
municipal, señal de que algo allí
afuera sigue funcionando. Toda la información
es relativa, hay un gran vacío, nadie puede
confirmar nada. Hay un gran vacío.
La pregunta nace entre la gente y se repite, ¿hizo
falta todo esto? Aparecen las primeras tapas de
los matutinos: La Nación dice "Rige
el Estado de Sitio después de los saqueos
y se fue Cavallo". La Capital, de Rosario,
titula "Argentinazo". El mismo título
pondrá la revista Noticias. Página/12
dice: "Estalló la gente y renunció
Cavallo".
Una mujer de 33 años habla por LT 10 llorando.
Tiene tres hijos chiquitos y dice que nunca vio
algo así. Pide que la gente no pierda su
dignidad.
En Capital Federal el clima se recalienta. La gente
gana la histórica plaza de Mayo y pide la
renuncia del presidente Fernando De la Rúa.
Primero son unos pocos. Cada vez son más.
Comienza otra jornada caliente.
Cerca del mediodía vuelve la represión.
En Buenos Aires la noche estuvo signada por la violencia
urbana, los saqueos y el clima de anarquía.
Un comerciante coreano que ayer lloraba ante las
cámaras de televisión mientras miraba
cómo lo saqueaban sus propios vecinos se
suicida. Algunas personas se paran frente a los
comercios vecinos armados de palos y enfrentan a
los saqueadores. Pobres contra pobres. Mientras
tanto De la Rúa no dice nada. Desde la plaza
lo chiflan, le gritan, y nada. Desmienten que Cavallo
se haya fugado a Miami; la justicia ordena que no
salga del país por las investigaciones que
se tramitan en la causa por la venta ilegal de armas,
en la que está involucrado.
Las fuerzas de seguridad reprimen a mansalva en
la plaza poblada de todo tipo de gente. Entre ellos
está el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez
Esquivel, están las Madres, hay banderas
argentinas. Hay al menos cinco muertos: Carlos Petete
Almirón, Marcelo Riva, Diego Lamagna, Alberto
Márquez y Gustavo Benedetto.
El presidente vuelve a convocar al justicialismo
para formar un gobierno de coalición, pero
esta vez no hay respuesta. Más tarde los
peronistas -que están reunidos en San Luis-
informan que no participarán de ningún
gobierno de coalición. De la Rúa está
solo en la rosada. Solo.
Llega la tarde-noche del jueves 20 de diciembre
de 2001. Ese día De la Rúa ordena
a su fotógrafo personal que lo acompañe
a su despacho, redacta su renuncia de puño
y letra, junta sus cosas del escritorio; el momento
queda inmortalizado con un flash. No ha salido en
ningún momento a hablar de los muertos ni
de nada. Prefirió el silencio asesino, mientras
la gente allí en la calle. La noticia se
conoce por la radio y la televisión, y el
clima social se descomprime sólo un poco.
A las 19.48 un helicóptero sobrevuela la
Casa Rosada. Hay miradas de desconcierto, otras
esperanzadas. Desciende en el techo. Una cámara
de TV capta el momento en el que De la Rúa
camina hacia el helicóptero. Sube una escalera,
asciende, y se va. Huye. La misma cámara
toma los silbidos intensos que retumban agudos.
Al otro día De la Rúa volverá
a la rosada con la excusa de levantar el Estado
de Sitio antes de entregar su cargo. No quiere que
quede grabada en la retina de los argentinos su
huida por los techos, mañana querrá
decir que salió caminando, no como Isabelita.
Pero ya es tarde. Todos se quedan con la primera
imagen.
Muere un herido más. Son treinta personas
en todo el país. Treinta inmolados por una
causa social; haya sido organizado en algunos casos
por activistas, o no. En estos tiempos, en este
nuevo milenio desde donde se sentencia la muerte
de las ideologías, ya nadie cree que algo
así pueda suceder en el país del fondo
del mundo. Así lo vive la gente, que se hace
protagonista.
II. La vergüenza
política
Lo que viene ya es sabido. Asume el presidente
de la cámara de senadores como presidente
provisional, el misionero justicialista Ramón
Puerta. Convoca a elegir al nuevo presidente. Es
el actual gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez
Saá, más conocido como El Adolfo.
Más tarde la página web de Telenoche
Investiga (Grupo Clarín) elimina de su sitio
la investigación realizada sobre el gran
crecimiento de su patrimonio y las denuncias sobre
evasión impositiva en su contra. Sin embargo,
algunos periodistas, asesorados por hackers, logran
obtener el documento y lo masifican vía mail.
El sábado asume Rodríguez Saá
y anuncia una serie de medidas que buscan modificar
todo.
-Voy a crear un millón de puestos de trabajo
en un mes, por ahora no vamos a seguir pagando la
deuda externa, reduciré los sueldos de los
funcionarios nacionales y todo el parque automotor
y aeronáutico oficial está en venta.
Los congresales lo aplauden eufóricos al
ritmo de la marcha peronista. Atrás quedaron
los conceptos ahora vacíos de déficit
cero y riesgo país. La sonrisa no condice
con la gente. Menos con los santafesinos, cuando
se enteran que los ex gobernadores provinciales
José María Vernet y Víctor
Félix Reviglio serán el ministro de
Relaciones Exteriores y el secretario de Política
Sanitaria, acompañados de otra comprovinciana,
Liliana Isabel Gurdulich de Correa, quien asume
como secretaria de Tecnología y Ciencia.
En la calle hay expectativas, pero con el correr
de las horas todo se diluye. Los precios en supermercados
y comercios son remarcados con un aumento de hasta
el treinta por ciento, las farmacias comienzan con
el desabastecimiento de medicamentos extranjeros
y nacionales, estos últimos debido a la especulación
económica, las industrias paran su producción
ante la incertidumbre. En navidad nadie gasta un
fósforo.
Las cacerolas se mantienen detrás de la
puerta. Nada parece haber cambiado. Los hinchas
de Racing se movilizan hasta la Asociación
de Fútbol Argentino para protestar. Quieren
que su equipo juegue el partido que falta para poder
salir campeón. Un hincha desaforado grita
ante las cámaras de TV que él garantiza
la seguridad. Parece increíble. Una vergüenza.
El presidente de la AFA, Julio Grondona, visita
a Rodríguez Saá y negocia para que
el jueves se jueguen dos partidos y así poder
definir el campeonato: Vélez - Racing y River
- Rosario Central. El resto de la última
fecha, que había sido suspendida, se completará
en febrero; entre ellos el clásico santafesino.
El miércoles 26 de diciembre 150 vecinos
de Reviglio en nuestra ciudad le hacen un escrache
público -cacerolas en mano- en la puerta
de su casa. El jueves 27 Carlos Menem visita a Rodriquez
Saá en la Casa Rosada y cuando sale anuncia
él alguna de las nuevas medidas para la industria.
Las anuncia él, no el presidente. Esa es
la primer aparición pública del titiritero,
después de tanta historia junta. Las muertes,
los cacerolazos, los saqueos, fueron mensajes sordos
a una clase dirigente que sigue sin escuchar. Es
sólo el comienzo de más de lo mismo.
Ese mismo día Racing sale campeón
después de 35 años de espera. Empata
uno a uno con Vélez con un cuestionadísimo
arbitraje. River golea a Central seis a uno, pero
no le alcanza. Podía forzar a un partido
desempate sólo si Racing perdía. El
campeonato de la academia es un granito más
de arena a tanto absurdo. El obelisco se vuelve
a llenar de banderas celeste y blancas. Unas horas
antes el que portaba las banderas era el pueblo.
Ahora le toca al opio de los pueblos.
Que se vayan todos. Durante la noche del viernes
28 la gente vuelve a salir a la calle para hacerle
un cacerolazo al gobierno. Piden que renuncien todos
los funcionarios desprestigiados. Los infiltrados
vuelven a realizar algunos saqueos aislados y la
policía reprime. Automáticamente el
funcionario más cuestionado, Carlos Grosso,
renuncia a su cargo de asesor de la jefatura de
gabinete. La gente sale contra radicales, contra
peronistas, el cacerolazo ya es una nueva modalidad
de protesta con marca registrada. León Gieco
grita dulcemente desde su nuevo disco: Canción
para cantar unidos y haciendo frente a la intolerancia
ciega de unos pocos dementes que arrastran en su
discurso la sangre de un pueblo débil. Canción
para aclarar las cosas que están pendientes,
justicia que queda chica donde la vida no vale.
Por tantos gobiernos sordos, más fotos y
más escraches... Cuando León escribía,
nadie sabía lo que vendría.
La carátula, triple homicidio. Al otro día
Adrián, Cristian y el Gallego -tres pibes
de barrio-, toman cerveza en una estación
de servicio de Floresta, en Buenos Aires. Un televisor
muestra las golpizas que recibieron algunos policías
durante la protesta de la noche anterior.
-Está bien, eso es en respuesta por lo que
hicieron la semana pasada -comenta sonriente Maxi
mientras mira a los manifestantes golpear a un policía-.
-Se lo merecen -dice el Gallego-.
-Cobren, ratis -agrega Adrián mirando el
televisor-.
Un suboficial retirado de la Federal que trabaja
como custodia del lugar los escucha. Se acerca y
sin mediar explicaciones le dispara un tiro en la
cabeza a Maxi, que cae al piso, golpea al Gallego
y lo asesina de dos tiros, para terminar matando
a Adrián, gatillando una vez más su
arma. No conforme con todo, saca los cuerpos del
local tomados de los pelos y los deja ahí
afuera, uno arriba del otro.
La furia vuelve a ganar las calles de Floresta.
Los vecinos y familiares se van hasta la puerta
de la comisaría 43, en Gaona y Bahía
Blanca. La atacan a piedrazos, rompen todo y se
pelean con la policía. La represión
dura horas. Más tarde será relevada
toda la cúpula de la comisaría por
los enfrentamientos. El saldo de la feroz masacre
tiene nombres y apellidos: Daniel Enrique Matassa,
de 23 años; Cristian "El Gallego"
Gómez, de 25; y Maximiliano Tasca, también
de 25 años.
El justicialismo muestra su hilacha. Las disputas
de poder recalientan la interna peronista. El presidente
Rodríguez Saá convoca para mañana
domingo a todos los gobernadores a la quinta de
Chapadmalal, cerca de Mar del Plata. Al otro día
sólo llegan algunos. Las ausencias de De
la Sota (Córdoba), Reutemann (Santa Fe) y
otros desencaja al presidente. Los ausentes dicen
que no fueron por el mal tiempo; la ruta estaba
cortada por gente que había iniciado otro
cacerolazo. Ni bien empezado el encuentro, Rodríguez
Saá comenta que está cansado de luchar
sin el apoyo de sus copartidarios, a siete días
de haber asumido. Se levanta del sillón y,
como un niño, anuncia:
-Me voy a San Luis a renunciar.
Las internas justicialistas son cada vez más
fuertes. Los políticos siguen priorizando
sus intereses, antes que la gente. Nada parece haber
cambiado respecto de una semana atrás, cuando
la gente echaba a los gritos a De la Rúa;
de hace diez años atrás, cuando la
gente votaba a Menem; de hace veinte años,
cuando se quiso construir una democracia sin justicia,
de la mano de Alfonsín. Obediencia Debida
y Punto Final.
Los medios anuncian que a las nueve habla el presidente.
Si bien hay trascendidos, nadie se anima a asegurar
su renuncia. Recién a las once de la noche
Adolfo Rodríguez Saá comienza su discurso
en cadena nacional desde su casa.
-No quiero ser el presidente de la represión
y las promesas incumplidas, no tengo el apoyo de
los propios gobernadores justicialistas. He decidido
renunciar a mi cargo de manera indeclinable -dice,
y como en un film le entrega el mensaje al edecán,
que se lo llevará al presidente de la cámara
de senadores y ex presidente interino, Ramón
Puerta. A esto le adosa un parte médico,
para no seguir en el cargo hasta que la asamblea
legislativa se reúna y le acepte la renuncia.
No quiere saber nada, se lava las manos-.
Otra vez debe asumir el misionero Puerta, pero
ahora dice no. Al igual que Rodríguez Saá,
alega estar enfermo y se saca el problema de encima,
nos saca de encima. Entonces debe quedar a cargo
de la presidencia de la nación el titular
de la cámara de diputados, el justicialista
Eduardo Camaño. Termina la semana en la que
tuvimos como presidente a Rodríguez Saá.
Muchas sonrisas se fueron apagando con el año.
Mañana es 31, el último día
de este 2001.
Amanece con las noticias de la noche anterior en
las tapas de los diarios. El presidente Camaño
convoca para el primer día de 2002 a la asamblea
legislativa. Ya se habla del sucesor: Eduardo Duhalde
(PJ). Una persona cuestionada que le quiso hacer
sombra a Carlos Menem presentándose como
candidato a presidente en las últimas elecciones
(1999), luego de un quiebre en la relación
entre ambos; el mismo que fue su vicepresidente
(1989 - 91); el hombre señalado en la muerte
del fotógrafo José Luis Cabezas durante
su largo mandato como gobernador de Buenos Aires
(1991 - 99) -caso en el que luego devino el suicidio
del empresario Alfredo Yabrán-; el político
de turno cuando la policía Bonaerense se
adosó el mote de narco-policía y,
llamativamente, el autor de libros como Los políticos
y las drogas (1988), Hacia un mundo sin drogas (1994)
o Política, familia, sociedad y drogas (1997).
Efectivamente, el lunes primero de año el
senador Duhalde es elegido como nuevo presidente,
esta vez hasta el nueve de diciembre de 2003, para
terminar el ciclo iniciado por De la Rúa.
Afuera del congreso los cacos del ahora primer mandatario,
que fueron a aguantarlo con banderas, echan a piedrazos
a los manifestantes de izquierda que habían
ido a protestar por su elección. En diez
días pasaron seis presidentes en Argentina:
De la Rúa, Puerta, Rodríguez Saá,
nuevamente Puerta, Camaño y Duhalde. A los
muertos durante las protestas se le suman tres más.
Uno de ellos era un militante de izquierda de la
ciudad de Paraná que estaba desaparecido
y fue encontrado en un baldío después
de varios días.
El flamante presidente no tiene la sonrisa de Rodríguez
Saá en su rostro. En el acto de asunción
ya no se canta la marcha peronista. Los anuncios
son mesurados e impregnados de cautela.
-Hay que sentar las bases para realizar profundas
reformas en el Estado. Hay que refundar la patria,
barajar y dar de nuevo.
Quiere convocar a varios radicales para componer
el nuevo gabinete. Estos políticos nada nuevos
saben que no pueden dar otro paso en falso porque
la gente está expectante con las cacerolas
en la mano. Parece mentira, pero siguen sin escuchar
al pueblo. No toman conciencia de la dramática
situación social que se vive. Siguen negociando.
Los reutemanistas Oscar Lamberto y Miguel Angel
Paulón asumen como secretario de Hacienda
y secretario de la Producción de Duhalde.
Pero a los pocos meses se irán del gobierno
nacional.
En la esfera provincial, Reutemann cambia sus fichas.
Lorenzo Domínguez deja el ministerio de gobierno
y José Storani hace lo propio en el cargo
de jefe de la policía provincial. Asumen
Esteban Borgonovo y el comisario Rubén Milicich,
que hasta entonces era el subjefe. Los organismos
de Derechos Humanos no pueden creer que no sea relevado
el cuestionado subsecretario de seguridad pública,
Enrique Alvarez. Un ex integrante de la SIDE y el
responsable de contener los desbordes sociales en
busca de evitar enfrentamientos, mientras que los
muertos por presuntas balas policiales en la provincia
se apilan -al momento- en siete.
1. Claudio Lepratti
2. Graciela Acosta
3. Juan Alberto Delgado
4. Walter Campos
5. Yanina García
6. Rubén Pereyra
7. Ricardo Villalba
III. Muertos de plomo
Durante los primeros días de 2002 la economía
sigue paralizada. Esto significa que el productor
no produce, el proveedor no entrega mercadería
y el comerciante no vende. Todos especulan con los
precios y esperan que se aclare el panorama. El
fin de la convertibilidad ya es una realidad pero
sigue el corralito. El dólar se cotiza cada
vez más. Sigue la remarcación y el
aumento de precios. Otra vez la inflación.
Cada vez hay más desabastecimiento. Por momentos
las farmacias no tienen ni insulina para vender.
Si no se soluciona el problema esto produce la muerte
segura de mucha gente.
Quizá algo se haya sembrado. La gente que
salió a protestar con la cacerola en la mano
se reunió luego en Asambleas barriales. Nadie
le cree al sistema financiero
-No se debe jugar con fuego, dicen en la cuadra.
Algunos se aferraron a sus valores espirituales,
a la familia, los amigos, el barrio, la gente. Y
la gente parece mirarse de otra manera. La contracara.
Los problemas están, y enfadan. El stress
aumenta, la caída del trabajo y el alevoso
aumento de la desocupación golpean cada vez
más puertas, y para qué seguir enumerando.
Hacia dónde camina Argentina. Esa es la pregunta,
la incógnita.
Desde aquel 19 de diciembre pasaron seis presidentes,
varios gabinetes, cacerolazos, marchas, escarches,
asambleas barriales; pocos hablan de los argentinos
muertos en todo el país en estos duros días.
Muerto en la ciudad de Santa Fe:
1. Marcelo Alejandro Pacini (15). Muerto por
un comerciante.
Muertos en la ciudad de Rosario (Sta. Fe):
2. Claudio Lepratti (40). Muerto por la policía.
3. Graciela Acosta (35). Muerta presuntamente por
la policía.
4. Juan Alberto Delgado (24). Muerto presuntamente
por la policía.
5. Rubén Pereyra (20). Muerto presuntamente
por la policía.
6. Walter Campos (17). Muerto presuntamente por
la policía.
7. Yanina García (18). Muerta presuntamente
por la policía.
8. Ricardo Villalba (16). Muerto presuntamente por
la policía.
Muertos en el Gran Buenos Aires:
9. Damián Vicente Ramírez (14).
Muerto por un comerciante.
10. Ariel Maximiliano Salas (30). Muerto por un
comerciante.
11. Pablo Marcelo Guías (23). Se desconoce
(recibió un puntazo).
12. Roberto Agustín Gramajo (19). Balazo,
se desconoce.
13. Víctor Ariel Enrique (21). Se desconoce.
14. Eduardo Legembere (20). Se desconoce.
15. Diego Avila (24). Se desconoce.
16. María Rosales (28). Se desconoce.
17. Julio Hernán Flores (15) Balazo de un
saqueador.
18. Daniel Enrique Mataza (23). Lo mató un
ex policía, custodio.
19. Cristian Gómez (25). Lo mató un
ex policía, custodio.
20. Maximiliano Tasca (25). Lo mató un ex
policía, custodio.
Muertos en la Plaza de Mayo (Capital Federal):
21. Carlos Petete Almirón (23). Presunta
bala policial.
22. Marcelo Riva (31). Presunta bala policial.
23. Diego Lamagna (17). Presunta bala policial.
24. Alberto Márquez (57). Presunta bala policial.
25. Gustavo Benedetto (23). Presunta bala policial.
26. Rubén Aredes (30). Presunta bala policial.
Muertos en Paraná (Entre Ríos):
27. Romina Iturrain (15). Presunta bala policial.
28. Eloisa Rosa Paniagua (13). Presunta bala policial.
29. José Daniel Rodríguez (25). Secuestrado,
asesinado, arrojado a un baldío.
Muerto en la ciudad de Cipoletti (Río Negro):
30. Elvira Abaca (42). Presunta bala policial.
Muerto en la ciudad de Corrientes:
31. Ramón Alberto Arapi (23). Presunta
bala policial.
Muerto en la ciudad de Córdoba:
32. David Ernesto Moreno (13). Presunta bala
policial (perdida ¿?).
Muerto en la ciudad de San Miguel de Tucumán:
33. Luis Fernández (27). Presunta bala
policial.
En algunas listas aparecieron los nombres de Juan
A. Torres (¿Corrientes?) y Sandra Ríos
(¿Rosario?). Según fuentes consultadas,
no se logró determinar si fueron asesinados
durante los hechos políticos de diciembre.
Se contabiliza además un matrimonio coreano
que se habría suicidado en Buenos Aires,
del cual no se obtuvieron datos.
De los 33 muertos ocho son menores de 18 años;
17 murieron en Buenos Aires y Capital Federal, nueve
en la provincia de Santa Fe, y tres en Entre Ríos;
cuatro son mujeres y el resto varones. Al menos
veinte murieron presuntamente por balas policiales.
IV.¿Quién
se hace cargo?
Las muertes de diciembre en todo el país
fueron producidas en circunstancias diversas. Represión
policial, lucha de pobres contra pobres, comerciantes
que veían la impunidad de los saqueos mientras
la policía no actuaba, abusos en la actuación
policial. Hubo al menos 33 causas, 33 muertos. Pero
también hubo miles de heridos, gente con
secuelas irreparables y violación de derechos.
Hubo represión desmedida y detenciones ilegales.
Los responsables pueden dividirse en dos: políticos
y materiales o directos. Queda en manos de la Justicia
-tan cuestionada- echar luz sobre cada caso y responder
si hubo o no un plan represivo sistemático
tanto en Plaza de Mayo como en la ciudad de Rosario
y sus alrededores. Como así también
investigar cada asesinato producido en el país.
En el primer caso, son investigados el presidente,
Fernando De la Rúa, como máximo responsable
de gobierno; el ex ministro del interior, Ramón
Mestre; el ex secretario de seguridad interior,
Enrique Mathov; y el ex jefe de la policía
de Buenos Aires, Rubén Santos. Estos dos
últimos fueron citados a declarar y detenidos
bajo el cargo de abuso de autoridad y privación
ilegal de la libertad por la jueza federal de primera
instancia María Servini de Cubría.
Sin embargo, ambos apelaron el fallo en la sala
I de la Cámara Federal, y podrían
quedar en libertad si se evalúa que -como
fueron encarados los delitos (si son o no responsables
de homicidio)- son excarcelables. El presidente
De la Rúa declaró ante la jueza Servini
de Cubría que se enteró de las muertes
por televisión. Ja, ja, ja. El interrogatorio
se circunscribió a cosas que el ex presidente
podía responder y defenderse tranquilo.
Respecto de las muertes de Rosario, la Justicia
debe investigar quienes dispararon las armas que
mataron a la gente, pero además existen responsables
políticos. El jefe de la Unidad Regional
II de policía, con asiento en Rosario, era
el comisario mayor Jorge Saul Pupulín; el
jefe de las Tropas de Operaciones Especiales de
la policía provincial era por entonces el
comisario inspector Víctor Sarnagia; el secretario
de Seguridad Pública de la provincia, el
Lic. Enrique Alvarez; el por entonces jefe de Policía
era el comisario mayor José Storani; el Ministro
de Gobierno, Lorenzo Domínguez; y el gobernador
de Santa Fe, Carlos Alberto Reutemann. En esa jerarquía
deben ser investigados los responsables políticos
de semejante masacre. Más allá de
las investigaciones que realiza la Justicia ordinaria,
otras vías son la División de Asuntos
Internos de la Policía provincial y el poder
Legislativo, desde su comisión de Derechos
Humanos o mediante la posibilidad de crear una comisión
especial que investigue las muertes de diciembre
en el ámbito provincial. Por otra parte,
la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
de Rosario presentó una denuncia ante Naciones
Unidas, en Ginebra (Suiza).
Nicolás Loyarte
2002
nloyarte@hotmail.com
|