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Claudio
Lepratti
La
información periodística sobre el
hecho de sangre del cual Claudio "Pocho"
Lepratti fue víctima, consta en el título
de la sección "Cronopios Cronistas"
del presente número, bajo el título
"Alegría Cero", del periodista
Nicolás Loyarte. También se incluye
la consigna de nombres y circunstancias de las 33
muertes de aquel día fatal para la memoria
de nuestro país, el cual debemos tener presente
siempre. Olvidarlo es repetirlo.
Ahora, el cuento:
LAMENTO
POR EL ANGEL
Seguro
que todos éramos más crueles antes
de los saqueos y de que lo mataran al Pocho.
A las putas las llamábamos putas y nos reíamos
de ellas, agrupadas siempre contra el paredón
de la maestranza, feas y tristes, muertas de frío.
En el barrio viejo se repetían los caserones
abandonados mil veces, y una más vueltos
a ocupar por linyeras anémicos, de facciones
de apóstoles y sombras remendadas en torno
a un fuego blanco; gatos en celo aullaban las azoteas
como brujas cínicas, y cartoneros ávidos
esperaban la luna para salir en hordas a cazar perros
por el empedrado.
Alicia era una más del barrio viejo que se
metió a puta y le fue mal. El conejo falaz
del país de las pesadillas ya había
tratado de seducirla con mentiras inglesas: ella
le cortó el pescuezo de un solo tajo, lo
desnudó de su espuma perfumada -cuerito que
tiró al piso junto a su camastro de harapos,
para apoyar los pies- y echó el cadáver
inerme y trémulo en la cacerola del guiso.
Aquella noche eructó tres veces mientras
estiraba en torno de sus muslos sucios unas medias
agujereadas. Alicia se fue hundiendo en la noche
con el sonido par de unos suecos ajenos.
Por
supuesto, ignoraba ella que el Pocho se había
mudado semanas antes al otro lado del paredón
de la maestranza, a la villa, y que pordioseros
y ladrones lo nombraban a él cuando decían
el ángel. Ella también era cruel y
los descalificaba muertos de hambre peores que yo,
y no pedía ayuda y no la daba.
El primer tipo que se le acercó era un pobre
tipo: el auto prestado, un billete chico, las palabras
entre la barba olían a alcohol barato. Alicia
aceptó enseguida, por hambre y porque ella
valía un billete chico. Después, cabalgó
sobre su temblor helado, sobre su piel de tabaco.
Él se aferraba al volante para no volver
a acariciar por error las costillas nítidas
de ella, el pelo graso, las nalgas ínfimas.
Ella le tajeó la camisa con las uñas,
también la carne del pecho. Por hambre le
lamió la sangre y le pegaba una y otra vez
cuando lo sentía desfallecer, para obligarlo
a seguir.
El pobre tipo se enamoró de la puta fea y
nosotros nos burlamos de ellos, pero esa no era
la historia importante. El tema era el Pocho, que
en la villa multiplicaba panes y pescados, y sabía
oraciones para arrancarte del cuerpo el diablo de
la angustia. Raro el Pocho: no siendo cura había
hecho voto de castidad, y de pobreza. De obediencia
jamás. De obediencia nunca.
El
pobre tipo había vuelto a buscar a Alicia,
impermeable a los rechazos. Se quedó sin
billetes cuando ya no le prestaron el auto. Ella
lo insultaba a gritos porque le obstaculizaba oportunidades
mejores, bueno, mentía, pero eso supo aducir
para ahuyentarlo. Una mañana húmeda,
el tipo llegó al umbral del viejo caserón
casi derrumbado donde ella vivía. Se desnudó
prolijamente, apilando la ropa en la vereda. Después
gritó: ¡Che, acá vine!
Se sentó tembloroso, tal su costumbre. Las
lágrimas entre las rodillas huesudas. Era
un pobre tipo alto.
Vio un mendigo juntar la ropa, convidarle un pucho
apagado que había despegado de su oreja.
El viento lo fue cubriendo de otoño y de
diarios amarillos contra la pesada puerta del caserón.
Después, el invierno lo develó esperándola.
Unos gatos en celo quisieron comerle los grises
testículos mustios. Esa madrugada su largo
grito se clavó en la piel del horizonte.
Primero la sangre, luego la luz.
Nadie volvió a ver a Alicia. En el barrio
viejo decían que había muerto. Una
nena descalza, maquillada de tierra, junto al que
estaba sentado en el umbral. Golpeó con la
punta de los dedos de su pie el tobillo casi azul.
Entonces ella vio como el rostro de un fantasma
alzarse de su máscara de rodillas; él,
como la imagen de un sueño en el lejano extremo
luminoso de un túnel. La mano extendida de
la nena ofrecía un resto de pan poco babeado.
La gente del barrio viejo miraba por las noches
la ventana desencajada del caserón, para
ver si el resplandor de los huesos de Alicia les
daba novedad
Los
saqueos empezaron junto con el verano. Se habían
movido los agitadores, es cierto, pero más
que nadie el hambre, las enfermedades, ni agua limpia
tenían en la villa: por miles salieron de
las ciénagas del basural, de las tinieblas
del callejón, del otro lado de los terraplenes
cuyos zanjones caprichosos de aguas servidas, y
jaurías verdes desgarrándose en la
disputa por el despojo de una rata. Del reverso
de las cuentas pendientes, donde lo único
fácil es multiplicarse, salieron multiplicados.
Nunca terminaba de pasar bajo las ventanas la masa
compacta y abrasiva, con su olor acre de caballos,
de humo, de semen de cebolla. A su paso los árboles
quedaron sin hojas, las veredas sin baldosas, los
autos oxidados y sin ruedas. Si parecían
inmortales, porque dos veces no se puede morir.
Venían embozados, con palos en las manos.
Sus cachorros prendidos a los pezones secos. Aquella
era la historia, sin duda. Oscureció a las
13 y los dueños de las sombras encendieron
antorchas porque, curiosamente, los dueños
del fuego también eran ellos, los que no
cuelgan peces eléctricos del cielorraso,
porque no poseen peces, ni electricidad ni cielorraso.
Y aun con las caras cubiertas se reconocían
por el hedor: allá los cirujas que se quedaron
sin carros, allá la madre que los parió,
allá los asistentes sociales excluidos de
los planes del Banco Mundial, allá las putas
del paredón de la maestranza que terminaron
solas, viejas. Para entonces, ellos y nosotros habíamos
dejado de ser tan crueles.
Después, ya se imaginará, la policía
-haz de luz blanca, azul, blanca-, eyaculados por
los dispositivos de seguridad y mano dura, espermas
de metal -azul, blanca- con sus sirenas aullando
como cínicas brujas; sus perros de pólvora
mordían aquella carne amarga. Treinta y tres
muertos, Nicolás, vos hiciste el terrible
balance, uno de ellos el Pocho, que seguro era ángel,
porque suspendido a cuatro metros del suelo, hermoso
y feroz, ofrecía la vida en la garganta,
¡dejen de tirarle a la gente, cagones!, gritaba,
apuntándolos con el dedo. El tiro de escopeta
lo derribó. Los asesinos alegarían
más tarde en su defensa que el Pocho no volaba,
estaba en lo alto, allá, sí, es verdad,
pero crucificado. El cuerpo al desplomarse erigió
gigantesca rosa de polvo gris, golpe del cuerpo
en la tierra fue el trueno, el sismo fue, el último
antes de un silencio que duró para siempre.
Los
del barrio viejo dicen que en la villa ya no hay
quien camine con la cabeza en alto; dicen que no
hay paredón que no esté escrito en
la ciudad: ¡Pocho vive! Con pintura, con alquitrán,
con carbón, con mierda: ¡Pocho vive,
carajo! ¡Mueran los asesinos! Tantas cosas
los del barrio viejo dicen: que, al día siguiente
de la tragedia, Alicia ya no tan cruel salió
por fin del caserón, con un ruidito de óxido.
Ayudó a incorporarse al pobre tipo entumecido.
Hubo una música de huesos desafinados. Le
pasó el largo brazo flaco por sobre su hombro
con un amor minúsculo. Dicen los del barrio
viejo que los vieron, dos sombras contra el sol
anaranjado: ella con la pollera en jirones, él
con los testículos mustios casi hasta las
rodillas; bajaban lentamente por el callejón
de piedra.
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