Correo del Navegante
Diarios y Revistas
Radios en Vivo
Foros de Opinión
Horóscopo
Deje su Denuncia
Barrasbravas
ESPECIALES
y SERVICIOS


 


 


 


 


 


 





 

 

 

 

 

 

 




















  LA CULTURITA | Revista Virtual de Literatura
Nro. 2 - Agosto 2002  

 

Claudio Lepratti

La información periodística sobre el hecho de sangre del cual Claudio "Pocho" Lepratti fue víctima, consta en el título de la sección "Cronopios Cronistas" del presente número, bajo el título "Alegría Cero", del periodista Nicolás Loyarte. También se incluye la consigna de nombres y circunstancias de las 33 muertes de aquel día fatal para la memoria de nuestro país, el cual debemos tener presente siempre. Olvidarlo es repetirlo.
Ahora, el cuento:



LAMENTO POR EL ANGEL

Seguro que todos éramos más crueles antes de los saqueos y de que lo mataran al Pocho.
A las putas las llamábamos putas y nos reíamos de ellas, agrupadas siempre contra el paredón de la maestranza, feas y tristes, muertas de frío. En el barrio viejo se repetían los caserones abandonados mil veces, y una más vueltos a ocupar por linyeras anémicos, de facciones de apóstoles y sombras remendadas en torno a un fuego blanco; gatos en celo aullaban las azoteas como brujas cínicas, y cartoneros ávidos esperaban la luna para salir en hordas a cazar perros por el empedrado.
Alicia era una más del barrio viejo que se metió a puta y le fue mal. El conejo falaz del país de las pesadillas ya había tratado de seducirla con mentiras inglesas: ella le cortó el pescuezo de un solo tajo, lo desnudó de su espuma perfumada -cuerito que tiró al piso junto a su camastro de harapos, para apoyar los pies- y echó el cadáver inerme y trémulo en la cacerola del guiso. Aquella noche eructó tres veces mientras estiraba en torno de sus muslos sucios unas medias agujereadas. Alicia se fue hundiendo en la noche con el sonido par de unos suecos ajenos.

Por supuesto, ignoraba ella que el Pocho se había mudado semanas antes al otro lado del paredón de la maestranza, a la villa, y que pordioseros y ladrones lo nombraban a él cuando decían el ángel. Ella también era cruel y los descalificaba muertos de hambre peores que yo, y no pedía ayuda y no la daba.
El primer tipo que se le acercó era un pobre tipo: el auto prestado, un billete chico, las palabras entre la barba olían a alcohol barato. Alicia aceptó enseguida, por hambre y porque ella valía un billete chico. Después, cabalgó sobre su temblor helado, sobre su piel de tabaco. Él se aferraba al volante para no volver a acariciar por error las costillas nítidas de ella, el pelo graso, las nalgas ínfimas. Ella le tajeó la camisa con las uñas, también la carne del pecho. Por hambre le lamió la sangre y le pegaba una y otra vez cuando lo sentía desfallecer, para obligarlo a seguir.
El pobre tipo se enamoró de la puta fea y nosotros nos burlamos de ellos, pero esa no era la historia importante. El tema era el Pocho, que en la villa multiplicaba panes y pescados, y sabía oraciones para arrancarte del cuerpo el diablo de la angustia. Raro el Pocho: no siendo cura había hecho voto de castidad, y de pobreza. De obediencia jamás. De obediencia nunca.

El pobre tipo había vuelto a buscar a Alicia, impermeable a los rechazos. Se quedó sin billetes cuando ya no le prestaron el auto. Ella lo insultaba a gritos porque le obstaculizaba oportunidades mejores, bueno, mentía, pero eso supo aducir para ahuyentarlo. Una mañana húmeda, el tipo llegó al umbral del viejo caserón casi derrumbado donde ella vivía. Se desnudó prolijamente, apilando la ropa en la vereda. Después gritó: ¡Che, acá vine!
Se sentó tembloroso, tal su costumbre. Las lágrimas entre las rodillas huesudas. Era un pobre tipo alto.
Vio un mendigo juntar la ropa, convidarle un pucho apagado que había despegado de su oreja. El viento lo fue cubriendo de otoño y de diarios amarillos contra la pesada puerta del caserón. Después, el invierno lo develó esperándola. Unos gatos en celo quisieron comerle los grises testículos mustios. Esa madrugada su largo grito se clavó en la piel del horizonte. Primero la sangre, luego la luz.
Nadie volvió a ver a Alicia. En el barrio viejo decían que había muerto. Una nena descalza, maquillada de tierra, junto al que estaba sentado en el umbral. Golpeó con la punta de los dedos de su pie el tobillo casi azul. Entonces ella vio como el rostro de un fantasma alzarse de su máscara de rodillas; él, como la imagen de un sueño en el lejano extremo luminoso de un túnel. La mano extendida de la nena ofrecía un resto de pan poco babeado.
La gente del barrio viejo miraba por las noches la ventana desencajada del caserón, para ver si el resplandor de los huesos de Alicia les daba novedad

Los saqueos empezaron junto con el verano. Se habían movido los agitadores, es cierto, pero más que nadie el hambre, las enfermedades, ni agua limpia tenían en la villa: por miles salieron de las ciénagas del basural, de las tinieblas del callejón, del otro lado de los terraplenes cuyos zanjones caprichosos de aguas servidas, y jaurías verdes desgarrándose en la disputa por el despojo de una rata. Del reverso de las cuentas pendientes, donde lo único fácil es multiplicarse, salieron multiplicados. Nunca terminaba de pasar bajo las ventanas la masa compacta y abrasiva, con su olor acre de caballos, de humo, de semen de cebolla. A su paso los árboles quedaron sin hojas, las veredas sin baldosas, los autos oxidados y sin ruedas. Si parecían inmortales, porque dos veces no se puede morir. Venían embozados, con palos en las manos. Sus cachorros prendidos a los pezones secos. Aquella era la historia, sin duda. Oscureció a las 13 y los dueños de las sombras encendieron antorchas porque, curiosamente, los dueños del fuego también eran ellos, los que no cuelgan peces eléctricos del cielorraso, porque no poseen peces, ni electricidad ni cielorraso. Y aun con las caras cubiertas se reconocían por el hedor: allá los cirujas que se quedaron sin carros, allá la madre que los parió, allá los asistentes sociales excluidos de los planes del Banco Mundial, allá las putas del paredón de la maestranza que terminaron solas, viejas. Para entonces, ellos y nosotros habíamos dejado de ser tan crueles.
Después, ya se imaginará, la policía -haz de luz blanca, azul, blanca-, eyaculados por los dispositivos de seguridad y mano dura, espermas de metal -azul, blanca- con sus sirenas aullando como cínicas brujas; sus perros de pólvora mordían aquella carne amarga. Treinta y tres muertos, Nicolás, vos hiciste el terrible balance, uno de ellos el Pocho, que seguro era ángel, porque suspendido a cuatro metros del suelo, hermoso y feroz, ofrecía la vida en la garganta, ¡dejen de tirarle a la gente, cagones!, gritaba, apuntándolos con el dedo. El tiro de escopeta lo derribó. Los asesinos alegarían más tarde en su defensa que el Pocho no volaba, estaba en lo alto, allá, sí, es verdad, pero crucificado. El cuerpo al desplomarse erigió gigantesca rosa de polvo gris, golpe del cuerpo en la tierra fue el trueno, el sismo fue, el último antes de un silencio que duró para siempre.

Los del barrio viejo dicen que en la villa ya no hay quien camine con la cabeza en alto; dicen que no hay paredón que no esté escrito en la ciudad: ¡Pocho vive! Con pintura, con alquitrán, con carbón, con mierda: ¡Pocho vive, carajo! ¡Mueran los asesinos! Tantas cosas los del barrio viejo dicen: que, al día siguiente de la tragedia, Alicia ya no tan cruel salió por fin del caserón, con un ruidito de óxido. Ayudó a incorporarse al pobre tipo entumecido. Hubo una música de huesos desafinados. Le pasó el largo brazo flaco por sobre su hombro con un amor minúsculo. Dicen los del barrio viejo que los vieron, dos sombras contra el sol anaranjado: ella con la pollera en jirones, él con los testículos mustios casi hasta las rodillas; bajaban lentamente por el callejón de piedra.

 



SECCIONES
 »
 Editorial
 »

 Dedicamos este número  a ...
 »

 Costuras en un país de
 harapos
»
 Es una máquina de
 tiempo
»
 Cultura es memoria
»
 Cronopios Cronistas
»
 Contáctenos
»
 Números Anteriores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


© 2002 SIEMPRE TARDE. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
TODA LA INFORMACION CONTENIDA EN EL SITIO ES COPYRIGHT DE SIEMPRETARDE.COM. PROHIBIDA SU COPIA Y/O
REPRODUCCION SIN PREVIA AUTORIZACION
DISEÑO Y DESARROLLO [FACUNDO PAGANI @ PIN.DEV.WEB]