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  LA CULTURITA | Revista Virtual de Literatura
Nro. 2 - Agosto 2002  

 


Pasó que fuimos a comprar libros e Manuel J. Castilla a una librería del centro de Santa Fe y la dependiente que nos atendió se puso frente al visor de la computadora. En los cristales de sus anteojos se veía el fondo azul de la pantalla, con líneas seleccionadas en verde. Pero no había caso, no lo podía ubicar en el entramado del programa de stock. Nosotros, del otro lado, ajenos a su pesquisa incesante y, debemos decir, demasiado prolongada. Hizo venir, entonces, a un compañero de trabajo, y le planteó el problema:

- Sé que está -le dijo la mujer-, pero no puedo encontrarlo.
El hombre nos miró como preguntándose quiénes podrían andar buscando a un tal Manuel J. Castilla por los laberintos de la edición comercial. Se pasó los dedos de una mano, todos juntos, como friccionando el mentón.
- Manuel Castilla, Manuel Castilla… ¿Y vos revisaste todo el archivo de poesía?
- Claro -respondió la mujer-. Completo el archivo de España.
- Y no estaba, che…

Entonces, levantando nuestro pulgar, nos atrevimos a interrumpir:

- Disculpen… Pero Manuel J. Castilla es argentino.
- ¡Ah, argentino! -exclamó ella con marcado tono de reproche, como quien reclama, ¡che por qué no avisaron antes!
- Sí. De Salta -aclaramos.

Al lado, el compañero de la mujer negaba con la cabeza, renegando por nuestra falta de colaboración con el gremio expendedor librero. La pantalla azul volvió a los cristales gemelos de los anteojos de ella.

- Claro, ven, acá está, ahora sí, argentino… -decía mirando fijamente la pantalla y moviendo el ratón con suavidad-. De Castilla tenemos un solo libro -después sonrió-: lo que pasa es que no lo pide nadie.


Todo esto es real, y porque apuntamos a trabajar para el rescate del largo túnel del olvido a algunos de los trabajos de los poetas y (narradores) de nuestra tierra, es que exponemos a continuación


 

 
 
EL DESALOJO

Yo lo encontré una tarde al desalojo.
Estaba en la vereda, en mueble y otro mueble
amontonado,
su corazón amontonado y quieto.

Botado con sus cosas querendonas
se dejaba mirar como una granada abierta,
volteada por el viento.

Nadie vio
su tanta desnudez tan destapada.

Nadie leyó
en el misal a la intemperie
esta palabra y su voz pedigüeña:
"Arcángel San Miguel
líbrame de enemigos
y acompáñame a la sombra de Dios".
Eran rezos de ancianos, ésos. Y húmedos.
Temblorosos deseos a destiempo de la desalojada.

Eso era el desalojo.

Y era
una cocina negra de latón, apagada.
De sus hornallas
volaba la ceniza
en el aire inocente de la calle.

Lo sacaron del fondo de la casa,
a la fuerza, rameándolo
de donde estaba quieto, encariñado.

Salió de sus begonias llenas de escalofríos y
manchadas
entre los curanderos ramos de la ruda
junto al ángel lloroso del visillo.

Su Jesús enseñaba con la mano derecha
su corazón llagado desde un cuadro
y unos ojos son culpas, de corderos.

Después vi su fatiga
en un botinero entre cretonas apagándose
polvosos, sus zapatos cansados.

En sus cajones
vi horquillas de mujer olvidadas,
y el cisne de una polvera, por morirse,
unas guindas sin sangre
en la capelina de un sombrero
como una juventud antigua, enamorada.

Vi en el azul de lavar, angelicado, de otros días
desvanecerse en la batea de algarrobo
con un olor cansado de mujer.

Todo eso estaba dentro de la entraña
rota del desalojo.
La mesa sin el vino, en la calle y sus panes,
y sin cuchillos y sin tenedores,
la silla con su ausente
y el ropero colgando sus vestidos vacíos
viendo por los espejos pasar indiferente
el cielo azul y hermoso de la tarde.

MANUEL J. CASTILLA


 
 
EL ESPEJO EN LA ACEQUIA

Ella tenía un sueño de blusas para el sábado
y yo no lo sabia.

Me deben ese sueño. Yo también se lo debo.

Con la fatiga al hombro, cruzábamos la viña.

Ella tenía un sueño de pollera estampada,
pero yo no sabía.

Andábamos ganando uno que otro centavo:
cierto pan necesario que mi madre partía.

Etelvina Tejada, nos deben ese sueño,
ese trecho de insomnio clavado en nuestra vida.

La andaba atravesando toda la adolescencia
y yo no lo sabía.

Tenía un modo raro de mirarse en la acequia,
pero yo ¿qué sabía?

ARMANDO TEJADA GÓMEZ


 
 
ESCRITO SOBRE LA MESA DE MONTPARNASSE

Una tarde, por el ancho rumor de Montparnasse,
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
-cada ventana paga su pedazo de sol con una canción-
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.

Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.

(…)

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos,
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera

(…)

¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

(…)

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabíen los millonarios.
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien,
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí…

RAUL GONZALEZ TUÑON


 
 
De "SIETE LOCOS"

- Y uno se pregunta qué es lo que debe hacerse…

- Ahí está. Lo que debe hacerse. En otras épocas para nosotros hubiera quedado el refugio de un convento o de un viaje a tierras conocidas y maravillosas. Hoy usted puede tomar un sorbete a la mañana en la Patagonia y comer bananas a la tarde en el Brasil. ¿Qué es lo que debe hacerse? Yo leo mucho, y créame, en todos los libros europeos encuentro este fondo de amargura y de angustia que me cuenta de su vida usted. Vea Estados Unidos. Las artistas se hacen colocar ovarios de platino y hay asesinos que tratan de batir el récord de crímenes horrorosos. Usted que ha caminado lo sabe. Casas, más casas, rostros distintos y corazones iguales. La humanidad ha perdido sus fiestas y sus alegrías. ¡Tan infelices son los hombres que hasta a Dios lo han perdido!


ROBERTO ARLT

 
 
De "DECIMOCUARTA POESIA VERTICAL"

7

El ojo de la soledad
vigila al amor.

El amor no debería ser vigilado,
pero a veces devasta lo que ama,
asuela lo que no ama
o se destruye a sí mismo.

El amor siempre ha sido un peligro para el hombre,
quizá también para los dioses.
El amor necesita vigilancia.
Hasta la flor necesita vigilancia.

Y sólo la soledad inquebrantable
que se afinca en nosotros como un duro vigía
puede salvarnos de esas furias
mientras custodia sus abismos.

Además ese ojo de concentrada soledad
¿no es también otra especie de amor,
su forma más recatada y cierta?

ROBERTO JUARROZ



 
   



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