EL DESALOJO
Yo
lo encontré una tarde al desalojo.
Estaba en la vereda, en mueble y otro mueble
amontonado,
su corazón amontonado y quieto.
Botado
con sus cosas querendonas
se dejaba mirar como una granada abierta,
volteada por el viento.
Nadie
vio
su tanta desnudez tan destapada.
Nadie
leyó
en el misal a la intemperie
esta palabra y su voz pedigüeña:
"Arcángel San Miguel
líbrame de enemigos
y acompáñame a la sombra de Dios".
Eran rezos de ancianos, ésos. Y húmedos.
Temblorosos deseos a destiempo de la desalojada.
Eso
era el desalojo.
Y
era
una cocina negra de latón, apagada.
De sus hornallas
volaba la ceniza
en el aire inocente de la calle.
Lo
sacaron del fondo de la casa,
a la fuerza, rameándolo
de donde estaba quieto, encariñado.
Salió
de sus begonias llenas de escalofríos y
manchadas
entre los curanderos ramos de la ruda
junto al ángel lloroso del visillo.
Su
Jesús enseñaba con la mano derecha
su corazón llagado desde un cuadro
y unos ojos son culpas, de corderos.
Después
vi su fatiga
en un botinero entre cretonas apagándose
polvosos, sus zapatos cansados.
En
sus cajones
vi horquillas de mujer olvidadas,
y el cisne de una polvera, por morirse,
unas guindas sin sangre
en la capelina de un sombrero
como una juventud antigua, enamorada.
Vi
en el azul de lavar, angelicado, de otros días
desvanecerse en la batea de algarrobo
con un olor cansado de mujer.
Todo
eso estaba dentro de la entraña
rota del desalojo.
La mesa sin el vino, en la calle y sus panes,
y sin cuchillos y sin tenedores,
la silla con su ausente
y el ropero colgando sus vestidos vacíos
viendo por los espejos pasar indiferente
el cielo azul y hermoso de la tarde.
MANUEL
J. CASTILLA
|