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  LA CULTURITA | Revista Virtual de Literatura
Nro. 1 - Julio 2002  

 

::

UN PEDAZO DE HAMBRE, UN VASO DE AGUA
:: HACIA UNA AUSENCIA
:: ESCULPIDO EN LOS ESCOMBROS
:: JUICIOS
:: TODAS LAS NOCHES
::

QUE NO ME MATE LA DESESPERANZA
::

NOTAS DE UN EXILIO VISTO
DESDE ABAJO (fragmentos)
::

DIOS DE LAS COSAS, OSCURO SEÑOR
:: SOPA Y LUNA


UN PEDAZO DE HAMBRE, UN VASO DE AGUA

fiel a lo humano,

al tamaño de lo que los brazos
merecen,
a la fiesta
de lo que en las manos cabe,

a la callada esperanza
que es no apretar los labios.

fiel a un vaso de agua
y al pedazo de hambre
que otro cuerpo nos trae,

fiel sorbo a sorbo, hambre a hambre.

fiel al pudor de apenas una seña,
apenas el abismo
del otro
cuando el silencio
calla la piel que nos separa.

fiel al límite de morir de hombre,
de haber abrazado el vacío
que ese mismo abrazo llenaba.

 

 
 
HACIA UNA AUSENCIA

el primer soplo y su anhelo:

las palabras que lo respiran,
las hojas arrastradas.

caminamos paso a paso hacia
una ausencia,

pasos en vilo
frente a un tiempo que no
ha llegado,
hacia un vacío, una duda o una
certeza sin nombre.

de cara a la pared
cada hombre inicia lo imposible:

dibuja con tiza el muro, bajo la lluvia,
escribe su esperanza.


 
 
ESCULPIDO EN LOS ESCOMBROS

siempre queda algo
de todo lo que pasa,

una taza de loza
con su asa quebrada,

una sábana raída
donde se hospedaron los sueños
en los que se
soportó la vida.

el esqueleto de una casa muerta
o una tumba derrumbada,

la tragedia que solo,
sin nosotros,
escribirá el tiempo

la yedra, el musgo o
el lagarto
que surgirá del derrumbe,

el delirio de la vida
que nace de cada muerte.

toda ruina tiene algo de templo,

todo hombre
es el resto de un suicidio

la gota en el cáliz
que no bebimos hasta el vacío.



 
 
JUICIOS

Adiós,
hasta que talen el último árbol
el último ataúd
la última hoguera.
Cuando los gusano se parezcan demasiado a los hombres.
Allí,
a sabiendas de un cielo
que cambie de color,
nos reuniremos
a formar los ansiados nidos
y dictar reglamentos
y mentirnos con saña.
Restará
inculpar a Dios
por su pecado de omisión.
Cuando valga tanto
regar el último musgo
como esperar que nos lleven
dejarán de gritar
los mercaderes de grietas y palabras.
Es esa la contienda que nos falta,
y sería muy bueno,
hasta saludable
olvidarse
de escribir la historia.

EDUARDO RUSSO


 
 
TODAS LAS NOCHES

retumbaba el llanto del crío, los gritos de la madre para callarlo y la ternura tosca de la madrugada fría que lo acunaba con grillos y luna.
Así descubrió el mundo, con su par de perlas verdes indagando en todos lados.
La madre lo despreciaba por bastardo y no alcanzaban nunca sus diez en la escuela, su letra prolija y su título de mejor compañero.
Su padre era un fantasma desconocido y huraño. Jamás le vio la cara ni le apagó el llanto. Recuerda sólo el abandono del que le hablaron.
La madre lo aporrea a diario, para que no olvide su condición de vivir de prestado.
El crío ya creció. Se le extinguió el fuego de duendes de los ojos claros. Ahora cuando mira hiela la sangre.
Es un hombre duro, de vidrio y piedra, el Eduardo.
Es un hombre tosco, de grillo y luna, y de palos.
Es un hombre pequeño, que sólo tiene ocho años.

MARTA CASTELLANO


 
 
QUE NO ME MATE LA DESESPERANZA

que el amor me empuje leguas
me encabrite
me enduende el aire.
Y me arme de valor.
Pero en pleno combate.

Que no me muera
de vejez prematura.

Si he de vivir
que sea de veras
a todo trapo
con un fuego ileso en la cabeza
Pero por Dios!
que no me encuentre la muerte
mil veces muerta
antes de que venga.

ADRIANA DÍAZ CROSTA


 
 
NOTAS DE UN EXILIO VISTO DESDE ABAJO (fragmentos)

I
Para mí el exilio no era
una caminata por París
con el corazón acortazado y triste
buscando con desesperación que algún croissant
se pareciera a cierta medialuna
de Corrientes y Montevideo…

II
el exilio era pertenecer a ningún lado
era mirar desde abajo lo que ellos extrañaban
(ellos, allá arriba)
y extrañarlo sólo por solidaridad
por amor, por respeto, por las dudas
era mirar desde abajo ese país de otros
(ni de ellos ni mío)
donde apoyaba los pies…

IV
para mí el exilio era no tener familia
no porque se hallara a kilómetros de distancia
sino porque nada quedaba de ella en la memoria
eran tíos, primos, abuelos
en fotos pegadas a las paredes
(con una plastilina verde
que había robado de los cajones)
como si fuera imprescindible dejar por sentado
que había (allá) otros que esperaban…

VI
el exilio era un catálogo de tics
para seguir vivo
no hacer siempre el mismo camino
no tomar el primer taxi
no apagar la luz o la radio al salir
no andar sin documentos
no hablar más de la cuenta
no abrir los ojos
(porque cuanto menos se sabe menos se teme)…

IX
el exilio era ser joven
en otro país
(o país de otros)
pero esencialmente joven
y hablar de amor y guerra
con las mismas palabras de amor y guerra
y reírse a carcajadas
y creer
y tener miedo…

X
para mí el exilio es …
… un lugar que ya no existe
del que salí un día
con destino a un país
que tampoco existía.

AMOR PERDÍA


 
 
DIOS DE LAS COSAS, OSCURO SEÑOR

de lo innombrable, habita también aquí,
en este ser creado para buscarte,
en este mendigo que atraviesa la noche
cantando,
desafiando tu firme consolidación
occidental y cristiana, tu soga púrpura
y tu presunción de universo. Yo sé que estás
impreciso, no formulado, disuelto
en la algarabía del caos,
ese siempre posible
no traducido a la imagen,
no consolidado tras la iconoclasta
barba benéfica, viril y mansa: demasiado perfecta
para lo que verdaderamente sé de ti.

Sé de ti que mueres en los límites
de todo como una ola interminable,
pero anulada ya desde su principio.
Sé también que danzas y tiemblas,
que desciendes hasta el fango
y que te embarras con pulcritud divina,
con clara conciencia de casta. Y sé
que coqueteas como una prostituta vieja,
que suplicas ya sin dignidad posible
para ser finalmente habitado.

NÉSTOR FENOGLIO


 
 
SOPA Y LUNA

Con un movimiento preciso, él bajó la luna que estaba en su cuarto menguante, y la dejó flotando con suavidad, en el medio del plato de sopa de arroz que ella había comenzado a tomar, con pocas ganas.
- ¿ Me crees ahora que te quiero? ¿Que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por vos? - le preguntó todavía agitado por el esfuerzo - ¿ Te gusta?.
Ella separó con fastidio algunos granos de arroz, que se estaban volviendo plateados y contestó en voz baja, sin mirarlo:
- Está fría.
Entonces él la tomó de la mano y la llevó a pasear a través de los espejos.
Se cruzaron con la Reina de Corazones que estaba cocinando para sus soldados, con Alicia que ese día cumplía cuarenta años y todavía seguía persiguiendo al Conejo, y con Cenicienta, que se había divorciado del Príncipe, porque nunca estaba en palacio.
Cuando volvieron, cansados y sudorosos, ella se arrojó a la cama y comenzó a estornudar.
- ¿ Que te pareció el paseo? -quiso saber él, ilusionado.
- Los conejos me dan alergia y Cenicienta siempre me pareció una histérica romántica -contestó ella mientras buscaba sus pañuelos descartables.
Sin desanimarse, él provocó una lluvia de pétalos de violetas, que saturó los desagües pluviales de toda la ciudad y perfumó el aire a cien kilómetros a la redonda.
La mujer salía en ese momento de la ducha, con restos de vapor en el aliento y el cuerpo brillante de gotas tibias.
- ¿ Cuántas veces tengo que decirte que mis flores favoritas son los narcisos? -protestó mientras se miraba las uñas y pensaba que debía cambiar el color del esmalte.
Entonces él, se envolvió en sopa y luna, escondió el conejo debajo de la pollera de Alicia y de la mano de la Reina de Corazones se arrojó del balcón del octavo piso.
Quedó quieto, desarticulado de silencio, asfixiado de miradas ausentes y malos amores.
Ella se asomó sobre la baranda y finalmente lo miró, inmóvil en su cama de asfalto, que ya olía a olvido.
- Odio que dejes las ventanas abiertas a esta hora de la tarde - le reprochó frenética.
Después bajó las cortinas regulables, llamó desde el celular a la manicura y pidió un turno para la mañana siguiente.

MARÍA DEL PILAR RODRÍGUEZ


 
   



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