Adiós,
hasta que talen el último árbol
el último ataúd
la última hoguera.
Cuando los gusano se parezcan demasiado a los hombres.
Allí,
a sabiendas de un cielo
que cambie de color,
nos reuniremos
a formar los ansiados nidos
y dictar reglamentos
y mentirnos con saña.
Restará
inculpar a Dios
por su pecado de omisión.
Cuando valga tanto
regar el último musgo
como esperar que nos lleven
dejarán de gritar
los mercaderes de grietas y palabras.
Es esa la contienda que nos falta,
y sería muy bueno,
hasta saludable
olvidarse
de escribir la historia.
retumbaba
el llanto del crío, los gritos de la madre
para callarlo y la ternura tosca de la madrugada fría
que lo acunaba con grillos y luna.
Así descubrió el mundo, con su par de
perlas verdes indagando en todos lados.
La madre lo despreciaba por bastardo y no alcanzaban
nunca sus diez en la escuela, su letra prolija y su
título de mejor compañero.
Su padre era un fantasma desconocido y huraño.
Jamás le vio la cara ni le apagó el
llanto. Recuerda sólo el abandono del que le
hablaron.
La madre lo aporrea a diario, para que no olvide su
condición de vivir de prestado.
El crío ya creció. Se le extinguió
el fuego de duendes de los ojos claros. Ahora cuando
mira hiela la sangre.
Es un hombre duro, de vidrio y piedra, el Eduardo.
Es un hombre tosco, de grillo y luna, y de palos.
Es un hombre pequeño, que sólo tiene
ocho años.
que
el amor me empuje leguas
me encabrite
me enduende el aire.
Y me arme de valor.
Pero en pleno combate.
Que
no me muera
de vejez prematura.
Si
he de vivir
que sea de veras
a todo trapo
con un fuego ileso en la cabeza
Pero por Dios!
que no me encuentre la muerte
mil veces muerta
antes de que venga.
I
Para mí el exilio no era
una caminata por París
con el corazón acortazado y triste
buscando con desesperación que algún
croissant
se pareciera a cierta medialuna
de Corrientes y Montevideo
II
el exilio era pertenecer a ningún lado
era mirar desde abajo lo que ellos extrañaban
(ellos, allá arriba)
y extrañarlo sólo por solidaridad
por amor, por respeto, por las dudas
era mirar desde abajo ese país de otros
(ni de ellos ni mío)
donde apoyaba los pies
IV
para mí el exilio era no tener familia
no porque se hallara a kilómetros de distancia
sino porque nada quedaba de ella en la memoria
eran tíos, primos, abuelos
en fotos pegadas a las paredes
(con una plastilina verde
que había robado de los cajones)
como si fuera imprescindible dejar por sentado
que había (allá) otros que esperaban
VI
el exilio era un catálogo de tics
para seguir vivo
no hacer siempre el mismo camino
no tomar el primer taxi
no apagar la luz o la radio al salir
no andar sin documentos
no hablar más de la cuenta
no abrir los ojos
(porque cuanto menos se sabe menos se teme)
IX
el exilio era ser joven
en otro país
(o país de otros)
pero esencialmente joven
y hablar de amor y guerra
con las mismas palabras de amor y guerra
y reírse a carcajadas
y creer
y tener miedo
X
para mí el exilio es
un lugar que ya no existe
del que salí un día
con destino a un país
que tampoco existía.
de
lo innombrable, habita también aquí,
en este ser creado para buscarte,
en este mendigo que atraviesa la noche
cantando,
desafiando tu firme consolidación
occidental y cristiana, tu soga púrpura
y tu presunción de universo. Yo sé que
estás
impreciso, no formulado, disuelto
en la algarabía del caos,
ese siempre posible
no traducido a la imagen,
no consolidado tras la iconoclasta
barba benéfica, viril y mansa: demasiado perfecta
para lo que verdaderamente sé de ti.
Sé
de ti que mueres en los límites
de todo como una ola interminable,
pero anulada ya desde su principio.
Sé también que danzas y tiemblas,
que desciendes hasta el fango
y que te embarras con pulcritud divina,
con clara conciencia de casta. Y sé
que coqueteas como una prostituta vieja,
que suplicas ya sin dignidad posible
para ser finalmente habitado.
Con
un movimiento preciso, él bajó la luna
que estaba en su cuarto menguante, y la dejó
flotando con suavidad, en el medio del plato de sopa
de arroz que ella había comenzado a tomar,
con pocas ganas.
- ¿ Me crees ahora que te quiero? ¿Que
estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por vos? -
le preguntó todavía agitado por el esfuerzo
- ¿ Te gusta?.
Ella separó con fastidio algunos granos de
arroz, que se estaban volviendo plateados y contestó
en voz baja, sin mirarlo:
- Está fría.
Entonces él la tomó de la mano y la
llevó a pasear a través de los espejos.
Se cruzaron con la Reina de Corazones que estaba cocinando
para sus soldados, con Alicia que ese día cumplía
cuarenta años y todavía seguía
persiguiendo al Conejo, y con Cenicienta, que se había
divorciado del Príncipe, porque nunca estaba
en palacio.
Cuando volvieron, cansados y sudorosos, ella se arrojó
a la cama y comenzó a estornudar.
- ¿ Que te pareció el paseo? -quiso
saber él, ilusionado.
- Los conejos me dan alergia y Cenicienta siempre
me pareció una histérica romántica
-contestó ella mientras buscaba sus pañuelos
descartables.
Sin desanimarse, él provocó una lluvia
de pétalos de violetas, que saturó los
desagües pluviales de toda la ciudad y perfumó
el aire a cien kilómetros a la redonda.
La mujer salía en ese momento de la ducha,
con restos de vapor en el aliento y el cuerpo brillante
de gotas tibias.
- ¿ Cuántas veces tengo que decirte
que mis flores favoritas son los narcisos? -protestó
mientras se miraba las uñas y pensaba que debía
cambiar el color del esmalte.
Entonces él, se envolvió en sopa y luna,
escondió el conejo debajo de la pollera de
Alicia y de la mano de la Reina de Corazones se arrojó
del balcón del octavo piso.
Quedó quieto, desarticulado de silencio, asfixiado
de miradas ausentes y malos amores.
Ella se asomó sobre la baranda y finalmente
lo miró, inmóvil en su cama de asfalto,
que ya olía a olvido.
- Odio que dejes las ventanas abiertas a esta hora
de la tarde - le reprochó frenética.
Después bajó las cortinas regulables,
llamó desde el celular a la manicura y pidió
un turno para la mañana siguiente.