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¿Qué
no podrán los cronistas de "La Culturita"?
Parece que "El Buscador" ha encontrado.
Nosotros conocemos a El Buscador, hombre de la noche,
duende (sin ánimo peyorativo), tipo serio
que ronda arrabales de alcohol y bravura, porque
parece entender que al mundo para hacerlo bien,
hay que empezarlo todo de nuevo, desde la raíz,
y así no habrá materia que no sangre.
El
Buscador admira con un negro amor las aguafuertes
de Roberto Arlt. Había jurado remover cielo
y tierra hasta poder dar con el brujo. Un muy su
amigo nos dijo que El Buscador, por un empedrado
de callejón, levantó en medio de la
oscuridad una moneda que brillaba con propia luz:
de un lado acuñado el perfil de la vida,
del otro el de la muerte. Allí estaba la
clave, el apelativo de la calle de niebla donde
mora la esencia del brujo, la terrible literatura
urbana de Roberto Arlt, que se prestó al
reportaje sólo para jodernos, para hacernos
sentir que una segunda oportunidad nos va a costar
caro, y que hay que empezar ahora y que no podrá
llevarla adelante nadie más que nosotros
(todos nosotros, quiero decir). Esto dijo este setiembre
Roberto Arlt. El estentóreo irreverente al
que ni la muerte puede amordazar.
ENTREVISTA A ROBERTO ARLT:
-Durante el centenario de su nacimiento surgieron
algunas dudas referidas a datos personales que motivó
fuertes polémicas entre sus biógrafos.
¿Qué me puede decir al respecto?
-Tengo entendido que mis eruditos debaten si nací
el 2, el 7 o el 26 de abril, o si a mi nombre Roberto
lo acompañaba el de Godofredo o el de Christophersen.
Todas estas chucherías de la crítica
literaria me tienen sin cuidado. Lo que le puedo
asegurar es que nací una noche del año
1900, bajo la conjunción de los planetas
Saturno y Mercurio. Como puede verse, prefiero las
nociones astrológicas a la precisión
del calendario.
-¿Cómo fue su infancia?
-Nací en Buenos Aires en el barrio de Flores
y soy el segundo hijo de un matrimonio de inmigrantes
prusianos. Cursé la escuela primaria hasta
tercer grado y luego me echaron por inútil,
aunque esa deserción también puede
atribuirse al apellido Arlt, ya que con tres consonantes
y una vocal predisponía a los maestros en
mi contra.
-¿Fue también expulsado de la Escuela
de Mecánica de la Armada?
-De ahí también fui echado por inútil.
-¿Esto fue lo que provocó los problemas
con su padre?
-Mi padre era un autoritario por naturaleza, durante
la noche me avisaba por anticipado la paliza que
me iba a dar al otro día. La expulsión
fue sólo uno de los tantos pretextos para
descargar su resentimiento.
-¿Es cierto que durante su velorio se quedó
dormido?
-Si, no sólo me quedé dormido sino
que también cuando me llamaron la atención
por mostrar tremenda indiferencia le contesté
que, si era un hijo de puta en vida, porqué
no lo iba a ser después de muerto.
-¿Cuál fue su primer libro?
-Mi primer libro fue una novela llamada El juguete
rabioso y la comencé a escribir a los 22
años, durante cuatro años fue rechazada
por todas las editoriales, hasta que por gracia
del destino me encontré con un editor inexperto.
-¿tal vez ese temprano rechazo lo hizo fuerte
para soportar las críticas a las que fue
expuesta su obra?
-¿A qué tipo de crítica se
refiere?
-A la que decía que usted era un escritor
que no se llevaba muy bien con las normas académicas
y escribía como un salvaje.
-Yo no escribo ortografía, escribo ideas,
y podría citar numerosa gente que escribe
bien y a quienes únicamente leen miembros
de su familia. Mi idioma no es propiamente el castellano
sino el porteño, y es acaso por exaltar el
habla del pueblo, ágil, pintoresca y variable,
que interesa a todas las sensibilidades. Este léxico
que yo llamo idioma, primara en nuestra literatura
a pesar de la indignación de los puristas
a quienes no leen ni leerá nadie.
-¿Su literatura tiene que ver mas con "la
calle", que con "lo académico"?
-Puede ser, pero con la verdadera calle. La calle
que arranca un suspiro en los desterrados de la
ciudad, la que es linda de recorrer de punta a punta
porque es calle de vagancia, de atorrantismo, de
olvido, de alegría y de placer. La calle
porteña que tiene corazón y está
impregnada de ese espíritu tan nuestro, que
aunque le poden las casas hasta los cimientos y
le echen creolina hasta la napa de agua seguirá
siendo la misma. Esa calle donde el más inofensivo
infeliz se da aires de perdonavidas y de calavera
jubilado.
-Sin embargo usted en su obra literaria y en sus
crónicas periodísticas, hace referencia
a una ciudad en donde por momentos reina el caos
y ser feliz parece un logro inalcanzable.
-La debilidad no me seduce. Yo refuto la sensiblería
para refutar esa moral burguesa instalada como una
espina en el corazón de nuestra sociedad.
Va a llegar un momento en que la humanidad escéptica,
enloquecida por los placeres de la comodidad y blasfema
de impotencia se pondrá tan furiosa que será
necesario matarla como a un perro rabioso. Por eso
siempre busqué dar cuenta de ese lugar heroico
que es el anonimato, lugar hecho de vencidos y expulsados
pero nunca de responsables ni cómplices.
-¿Qué opinión le merecen los
políticos?
-Para ser político hay que haber tenido una
carrera de mentiras, comenzando como vago de comité,
transando y haciendo vida común con perdularios
de todas las calañas, en fin, una vida al
margen de la verdad.
-¿Cómo ve al país?
-Nuestro patria no es más que una riña
entre comerciantes que quieren vender el país
al mejor postor.
-Volviendo a su obra ¿se dirige a algún
público en especial?
-Al que tenga mis problemas, resolver de qué
modo ser feliz, dentro o fuera de la ley. Aunque
no conozco un solo hombre feliz que lea. Salvo esa
mersa que pierde el alma entre copetín y
copetín hablando sobre la vida de uno para
juzgar su obra.
-¿Qué implica ser feliz fuera de la
ley?
-Me refiero a que hay momentos en nuestra vida en
que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos
hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé...de
destrozar para siempre la vida de un hombre y después
de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos.
-Julio Cortázar lo describió como
un "Villón de quilombo", Juan Carlos
Onetti dijo que no sabía si usted era "un
farsante, un ser angélico o un hijo de puta".
A logrado desconcertar a todos.
-Por mi parte tengo el mal gusto de estar encantadísimo
con ser Roberto Arlt. ¿Pero cómo describir
el tormento que me inflige la vanidad?, ¿la
encendida batalla entre los residuos de sensatez
y los escombros de soberbia? Reconozco que de mi
ineptitud se desprende una filosofía implacable,
serena, destructiva, pero es preferible a fingir
el fantasma porque un día se termina por
serlo.
-Para terminar ¿ cómo le gusta que
lo recuerden?
-Como se les dé la gana. En definitiva, para
qué afanarse en estériles luchas si
al final del camino se encuentra como todo premio
un sepulcro profundo y una nada infinita.
EL BUSCADOR.
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