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Resulta que Jorge Boccanera viene a ser algo así
como el padrino de nuestro taller Temps era Temps.
Compromiso asumido (para nosotros), todo un gusto
(para él), que tiene derecho a canon y que
en el presente número le empezamos a cobrar.
Claro que va en devolución de sendos porrones
y pizzas de baja categoría que hemos sabido
compartir para hablar de poesía, de injusticias
y de necesarias solidaridades, de esas que alivian
el corazón a la hora que la lava de la iniquidad
baja, devastadora, de la cumbre del volcán
del poder, donde no saben éstos que mandan
ni de porrones, ni de pizzas de baja estofa, ni
de compromisos, ni de solidaridades.
Hoy publicamos la colaboración de Jorge Boccanera
para "La Culturita", extractada y enviada
por él, y que es una historia de amor con
poca prensa hasta ahora, que forma parte de su libro
"La Pasión de los Poetas", recientemente
publicado por Alfaguara.
Leopoldo Lugones: Enamorado de la muerte
Lo vigilan. Sabe que en la misma bóveda
celeste donde se revuelven los astros, los símbolos
ocultos de la quiromancia y las cifras cabalísticas,
hay mil ojos ávidos que lo buscan. Justo
cuando preferiría estar solo, mejor dicho
a solas con su doncella, lo espían. Acaso
sea el culpable de su propia contrariedad, al haberse
forjado desde muy joven esa imagen de talla de bronce
que lo ubica lejos de la mujer de la cual dice estar
enamorado. De todas maneras, en ese año de
1930, posee lo que más anhela en la vida:
una novia imposible, porque ilusorio es el amor
verdadero, dice, el más puro.
Todos los monumentos están en las plazas
y en lugares públicos ocupando espacios libres
a la luz del día; todos menos Leopoldo Lugones,
monumento en vida, poeta nacional que debe andarse
por las sombras ocultando en los pliegues de su
porte severo y solemne los zarandeos de un amor
clandestino. El prócer, como lo considera
su hijo Leopoldo, disimular entre sus papeles las
cartas que guardan inusitados gestos de ternura:
"beso todos los días tu retrato y tu
rizo", "el vacío de mis brazos
conserva todavía la suavidad de tu cintura".
La discreción ante todo. Para el mundo sigue
siendo el marido de Juana González Luján,
la hermana de Nicolás, su amigo de juventud,
con la que contrajo matrimonio en Córdoba
en 1896. Quién diría que el escritor
de ademán adusto y paso marcial que entre
sus muchas obras publicó ese himno a la monogamia,
El libro fiel, haya perdido la compostura por una
joven que le arranca un collar de diminutivos, la
misma con quien suele encontrarse en un anónimo
departamento luego de sus ejercicios de esgrima.
El esposo perfecto, el hombre de los discursos enfáticos
y las palabras altisonantes, está allí,
echado a los pies de una pasión secreta practicando
el miniaturismo. En sus cartas la llama: "garcita
de plata", "panterita de oro", "reinita",
"pichoncito". El poeta que recurre una
y otra vez a figuras utilizadas por los místicos
como esa tórtola, símbolo de la fidelidad
suprema encarnada en un ave que aún enviudando
rechaza otra pareja, guarda en su intimidad con
doble llave el nombre de una joven. Su identidad
está preservada, por ahora, bajo la falsa
denominación que Lugones ha designado para
ella: "Aglaura", diosa griega, ninfa del
rocío.
Pero si de algo fue devoto el fiel Lugones, fue
de las contradicciones. Eso que finalmente, le otorga
un perfil más terrenal, humano, no llega
a comprenderlo su hijo, y si lo comprende, no lo
acepta. Hay un Lugones geminiano que se desdobla
constantemente, pero su hijo Leopoldo ("Polo")
sólo pone los ojos en uno de los gemelos,
el que tiene sangre de estatua. Prefiere ese genio
"sumamente disciplinado, afecto al orden y
a la puntualidad"; ese escritor con aire de
científico; un paradigma, un hombre único,
"autor de sí mismo" que se hizo
solo y se fue cuando quiso. En el cuadro familiar,
el Lugones cincuentón enamorado de una veinteañera
no tiene espacio. El gendarme no está dispuesto
a permitirlo, el oficio de comisario le procura
las artes para el seguimiento y la vigilancia. Después
de todo es su hijo el que toma esa tarea de corrección;
su propio vástago formado en el rigor de
la mirada paterna y arrullado con la música
de los discursos pomposos.
El comisario Polo Lugones persigue al escritor Lugones.
Lo ronda, revuelve sus papeles, observa cada uno
de sus movimientos. Tiene 29 años. Suele
contar que nació en 1897, el año en
que el sable de San Martín llegó a
Buenos Aires donado por Manuelita de Rosas. Su padre
había escrito un artículo en el diario
Tiempo, doblemente conmovido por lo que significaba
el hecho para la patria y porque él mismo
era un espadachín consumado que había
protagonizado algunos duelos. El comisario no iba
a admitir ahora que el escritor recibiera así
como así la estocada de un perfume y se rindiera
sin ofrecer combate, rebajándose hasta clamar:
"déjame que como en esas tardes me muera
de amor entre tus labios queridos". Le resulta
intolerable que llame "mi amada inmortal"
a una colegiala de barrio.
El jefe de policía va tras su presa. No puede
armar en su mente el retrato dividido entre el guerrero
y el implorante. La imagen que tiene de su padre
es la de un ser que impone respeto; un hombre reclamado
por los grandes eventos históricos que cree
que algunas personas ya nacen líderes. No
quiere imaginar qué dirían las amistades
sobre este desliz, aquellos que suelen comentar
que el escritor lee incansablemente, le interesa
todo y posee un conocimiento abrumador.
Lo vigila noche y día. El poeta que afirmó
sin sonrojarse: "mi columna vertebral será
el asta de mi bandera (...) Mi bandera es exclusivamente
mía y su trapo mide la longitud de mi sombra",
camina hacia su oficina de la Biblioteca del Maestro
en la calle Rodríguez Peña, sin saber
que en un extremo de su sombra hay un policía
que le pisa los pasos y ese policía es su
sangre. Fue en esa misma biblioteca que conoció
un día de junio de1926 a la joven alumna
del Instituto del Profesorado. Ella había
llegado buscando su libro Lunario sentimental y
a punto de retirarse, luego de revisar infructuosamente
los anaqueles, se topó con el autor de la
obra. Lugones la atendió en la Sala de Biblioteca
para Niños y creyó que era una muchacha
en busca de un autógrafo. Desde el primer
momento quedó demudado. Siempre locuaz, expansivo,
no encontraba las palabras adecuadas frente a esa
"joven suave" de vestido verde. El orador
que había lanzado arengas en el Ateneo, discursos
encendidos en plazas públicas, proclamas
fogosas en el Círculo Militar y peroratas
extensas en foros internacionales, se había
quedado mudo.
Días después, la citó a su
oficina para entregarle un ejemplar del Lunario
y sin dejar de mirarla fijamente a los ojos, estampó
su firma junto a la dedicatoria: "A Aglaura,
mi dulzura". El cambio era revelador. Dejaba
atrás un ramo de días marchitos. Dos
años antes, en 1924, había festejado
su cumpleaños número cincuenta en
soledad, abandonado prácticamente por amigos
e intelectuales cercanos que le reprochaban ese
nacionalismo extremo que lo había llevado
a abjurar de la democracia y el sufragio universal.
Ese mismo año, en Lima, durante las celebraciones
del Centenario de Ayacucho, se había desbarrancado
con una frase desafortunada: "ha sonado otra
vez, para bien del mundo, la hora de la espada".
Incluso la estima y el respeto dispensados por jóvenes
escritores que lo veneraban se habían evaporado.
Al aislamiento se sumaba esa insolencia de los nuevos
poetas que no solamente retrucaban su fe en la rima,
sino que desde las páginas del periódico
vanguardista Martín Fierro lo caricaturizaban
junto a un cañoncito, tocando la lira, con
casco y portando al cinto una espada inmensa. Lo
enfurecen los epitafios burlones ("Hinchado
de papelones/ Duerme en el hondo regazo/ del verde
mar de Sargazos/ Un Don Leopoldo Lugones"),
uno de ellos, incluso, sería premonitorio:
"En aqueste panteón/ Yace Leopoldo Lugones
(...) Murió entre las convulsiones/ de una
auto-intoxicación".
Ya no estaba solo. Y si hasta ahora no había
prestado la atención necesaria a la menudencia
amorosa, había llegado la hora y el momento
requería un gesto de humildad. Algo poco
probable en quien se autodefinía con grandilocuencia
como "doctor en nubes" y hombre "glorioso".
La aparición de Aglaura lo impacta. Es un
parteaguas: "Nunca supe lo que era el amor
hasta que te quise y aprendí en el tuyo lo
que es la eternidad", "nunca he querido
más", dice en las cartas que le envía,
algunas firmadas con su anagrama Ugopoleón
del Sol.
Se había pasado cincuenta años con
la vista al cielo, enhiesto, como si dialogara con
dioses y próceres, y que cuando por fin bajó
los ojos vio el rastro de unos pasos pequeños
que agitaron su sangre. Por eso está a los
pies de su dama: "beso uno por uno, lentamente,
tus deditos", "dame tus pies triunfantes
sobre mi agonía", "los piecitos
adorados entre mis muslos", "los piecitos
deliciosos. ¿te acuerdas aquella tarde lluviosa
cuando yo te los enjuagué con mis manos y
te los entibié con mis besos?", "¡me
contentaría con tan poquito! Con verme inclinado
de rodillas besándote los pies".
El gendarme no le pierde pisada. Observa sus movimientos.
Controla los horarios de entrada y salida de sus
ejercicios con florete, de su despacho en la Biblioteca,
de todos los lugares que suele frecuentar. Claro
que la pesquisa tiene sus grietas. En 1927, mientras
veranea en Mar del Plata, Lugones envía desde
el hotel Bristol algunas cartas firmadas con otro
anagrama, Osolón de Ploguel, mientras estampa
bajo un poema esta línea"a Aglaura,
mi único amor". En la esquela Lugones
sueña con un tiempo distendido para los dos.
Un tiempo en el cual podría contarle de su
infancia, cuando su madre, Custodia, le enseñaba
las estrofas del Himno Nacional, o de sus vuelos
sobre París; hablarle, por ejemplo, de aquel
joven impetuoso que llegó a Buenos Aires
desde su Córdoba natal con un puñado
de borradores que se transformarían en Las
montañas de oro.
A Polo Lugones lo tranquiliza ver a su padre saliendo
de la redacción del periódico La Fronda
o entrando en dependencias del Círculo Militar
para practicar esgrima con el profesor Luchetti,
bajo una inmensa rosa de los vientos hecha con espadines.
Ambos lugares son de tendencia pro germana; él
mismo simpatiza con algunas instituciones alemanas
que, en esa década del 30, se propagan por
el territorio nacional. La consigna es disciplina
y orden. Lo aprendió de su padre, quien a
los diez y nueve años ya había sido
reclutado como subteniente y fue ascendido a capitán
de guardias. Además, una estirpe de comandantes
y coroneles hacía resonar sus botas en el
pasado familiar.
El mismo año en que conoce a Aglaura, Lugones
escribe su única novela El ángel de
la sombra: libro donde traslada su pasión
en forma solapada. La historia de amor entre un
profesor de francés y una joven de la alta
sociedad, está condimentada con los elementos
del universo lugoniano: lo premonitorio, los poemas
en clave, la reencarnación, el mensajero
de una hermandad secreta que anuncia el momento
crucial en la vida de los personajes, el desencuentro
y la fatalidad.
No debía ir muy lejos para ubicar una trama
amorosa, la estaba viviendo. Las historias estaban
allí, una dentro de otra como en una matriushka
rusa; ficcionalizadas o tan reales como la de su
viejo profesor Carlos Romagnosa, muerto junto a
su amada por mano propia. Lugones, que en su momento
no entendió el proceder de su maestro, lo
comprendía ahora que era demasiado tarde.
Romagnosa, separado de su mujer, estaba enamorado
perdidamente de una alumna, Haydée Bustos,
en el colegio donde daba clases. El hecho conmocionó
a la sociedad cordobesa y el hombre fue citado a
Buenos Aires para aclarar la situación. El
imputado se presentó ante su antiguo discípulo
Lugones, Inspector General de Enseñanza,
para refutar una verdad rebajada al rango del chisme:
"es falso, inventos de ciudad chica".
Pero bajo el ritual de la solemnidad y el cuidado
de las formas, trepidaba la sangre. Lugones no vio
nada, o no quiso ver una verdad que saltaba a la
vista: "Su palabra de honor, Romagnosa (...)
Asunto concluido. No hay ni puede haber más
verdad que la suya. Usted se vuelve a Córdoba
y el gobierno lo apoya. ¿Comprendido?",
dijo el poeta. Nunca más incomprendido que
en ese instante, Romagnosa regresó a su provincia,
se encerró con su amada, le disparó
un balazo y se quitó la vida. Fue en 1906.
Ella dejó escrito en una esquela: "muero
porque no puedo unirme al único hombre que
he amado en esta vida". Él fue más
breve: "Me mato".
El suicidio venía prendido a la túnica
de la fatalidad que cubrió siempre los hombros
de Lugones. En un libro de 1906, Las fuerzas extrañas,
el personaje afirma: "No pudiendo huir, la
muerte me esperaba; pero con el veneno aquel, la
muerte me pertenecía". En textos posteriores
reaparecerá la inmolación entre disquisiciones
sobre el respeto a quienes deciden quitarse la vida
conscientes de un destino irrefutable. Veintidós
años después, en sus Estudios helénicos,
agrega que "la muerte voluntaria, por prevista
o por aceptada en la serenidad de un desenlace necesario,
constituye el heroísmo, es decir, la belleza
exaltada a lo sublime".
En 1928 un nuevo medio de transporte, el colectivo,
recorre las calles de la ciudad. Qué placer
-piensa el poeta- sería poder caminar libremente
por Buenos Aires del brazo de su doncella, esa Aglaura
que es, dice, "mi único amor, mi eterno
amor". Cómo le hubiera gustado llevarle
personalmente el obsequio que le compró,
un gato de peluche que finalmente ella pudo recibir
tras muchos rodeos, gracias a una "mensajera"
de confianza. Por lo pronto llena la ausencia con
numerosas cartas y ciento cincuenta poemas que enhebran
una larga agonía. La fugacidad de los encuentros
no alcanza a alumbrar el desierto que se abre con
cada separación. Lugones no se resigna: "Quiero
verte. Debo verte. Yo no quiero seguir callando".
El cariño de ella llega en grajeas; esquelas
brevísimas y perfumadas.
Entre tanto, un Lugones ofuscado camina en redondo
por su oficina como león en jaula; de corbatín,
no se ha quitado su abrigo negro ni su sombrero
hongo aplastado. Por esos días, rabioso,
alza su bastón contra la democracia, amenaza
batirse a duelo contra aquellos que lo critican,
repudia la campaña por la libertad de los
anarquistas Sacco y Vanzetti condenados en Estados
Unidos a la pena capital y le resultan indiferentes
las noticias que diariamente comenta el vulgo, como
la gira exitosa de Gardel en España o el
estreno de La quimera del oro de Chaplin. No le
interesan "ninguna de las recreaciones comunes
al porteño corriente, del tango al fútbol
y del hipódromo al automovilismo", como
afirmará luego Polo Lugones.
Nada menos que su propio hijo lo vigila, un "esbirro".
Así se lo ha dicho a una persona amiga que
le preguntó cómo estaba su hijo: "no
me hable usted de ese esbirro", responde, utilizando
un término que el diccionario define como
"oficial menor de justicia con la tarea de
prender a las personas"; vale decir "botón",
según un lunfardo que el escritor desprecia
profundamente. No se equivoca, ya que el Jefe de
Orden Político de la Policía de Capital,
a quien se responsabiliza de la práctica
de apremios ilegales, gusta infiltrarse personalmente
en actos estudiantiles y políticos para proceder
a informar sobre aquello que según sus ideas
perturba el orden. Luego, suele narrar esas experiencias
en Bandera Argentina y otros pasquines nacionalistas.
Leopoldo Lugones cree que una cosa era el honor
militar y otro muy diferente el trabajo de husmear
propio del "esbirro". El mismo, por su
parte, había cumplido misiones especiales,
por fuera del mero seguimiento y la delación..
Con poco más de veinte años, le había
tocado capturar por orden del Ministro de Justicia
a un reo chileno apellidado Lara, fugado de la cárcel
de Neuquén en vísperas de ser ejecutado.
También había analizado el sistema
penitenciario y propuesto imprescindibles reformas
carcelarias
El hijo es la persona que escarba en los bolsillos
del poeta cuando duerme y olfatea las voces del
teléfono. Aglaura se lo advierte, hay que
tener cuidado con el teléfono, él
le pide que en caso de llamarlo al trabajo lo haga
de parte de una falsa señora Smith. En el
mismo sentido, las cartas que ella le envía
a la Biblioteca deben tener doble sobre y estar
dirigidas a un tal Señor Enrique Morás.
Los recaudos del poeta llegan al extremo de escribir
con letra minúscula, a fin de no enviarle
cartas abultadas que puedan llamar la atención.
Lugones se queja de una supuesta censura en el correo
y afirma que le abren su correspondencia. Encuentra
un alivio, cuando, flotando sobre el campo minado
de la sospecha, le llega una palabra de Aglaura:
"Tu carta descriptiva de tu blusita de linón
y del sombrerito á la golodrina, me ha hecho
mucho bien". Cuando ella se evapora, vuelve
a rugir: "si no he de verte, mejor es que no
me escribas así". De todos modos, agradece
que ella firme las misivas con los nombres irreales
que le asigna, "el tuyo verdadero, el que yo
te dí".
El poeta siente los ojos de su hijo en la nuca cuando
sobre el escritorio, dialoga con las cartas de "llamita
encendida", y adivina la sonrisa de satisfacción
de Polo cuando vuelve a los límites de un
territorio demarcado con los hilos de sus discursos
marciales. Todo sería ideal si pudiera juntar
doncella y gesta heroica en ese mismo territorio
para fundar "la Patria del Perfecto Amor".
"Ya no existe nada en mi rededor, sino tú
misma", le escribe a Aglaura. Del otro lado
de la línea, como en otro hemisferio, han
quedado el resto del mundo, los otros Lugones: el
ácrata, el orientalista, el promotor de huelgas
estudiantiles que encabezó una acción
directa contra el ferrocarril, el socialista que
fundó con José Ingenieros el diario
La Montaña, el viajero, el que hablando de
solidaridad veía a América como la
Tierra prometida: ("del lado de venir tiene
la llave"). Lugones se pasea por recuerdos
que le suenan lejanos; el momento en que conoció
a Juana González Luján bailando "Sobre
las olas", ese vals que luego les interpretaría
al piano Arturo Capdevila en la cubierta del vapor
Cap Vilano, cuando viajaban a Europa en 1913. Sale
de la añoranza sacudido por el rostro angelical
de Aglaura. Las horas por delante dibujan un enigma.
El escritor que afirmó una vez: "peleo
por la libertad de la humanidad", ¿luchará
también por ese amor que le arranca gritos
y cartas que envía rubricadas con semen y
sangre?
Biógrafos del poeta, como Julio Irazusta,
van a mencionar a Juana González Luján
como "el único amor de su vida",
lo que habla del hermetismo del personaje respecto
a su situación afectiva. Prácticamente,
ha podido sustraer su pasión oculta de todos
quienes lo rodean, menos de su hijo que la tiene
fichado con datos precisos: Mujer joven de poco
más de 20 años; nombre: Emilia Santiago
Cadelago; actividad: estudiante del Profesorado
de Letras; ideología: desconocida; padres:
Domingo Santiago Cadelago y Emilia Moya. Profesión
del jefe de familia: ingeniero de la Armada.
También el poeta había sido retratado;
era una semblanza que el poeta nicaragüense
Rubén Darío había escrito en
un lejano 1897; un artículo premonitorio
en el cual tildándolo de "fanático",
comenta que no sigue los modos del poeta galante,
ya que su "su insinuación es elefantina".
Lugones va a contestar con un escrito como todos
los suyos, altisonante, sentencioso: "Me ocupo
de juntar dinamita cerebral para incendiar todo
lo que sea susceptible de tomar fuego". Lugones
estaba incluido en ese "todo". En uno
de sus Poemas solariegos, de 1928, escribe: "El
fuego resucita, como un jardín, las flores".
Alguien dijo que un traidor es un fanático
disponible. Para algunos, cuando el autor de La
guerra gaucha adhería a una causa, ya había
desertado de otra. Vivió, así, descuartizado
por los opuestos, fue socialista y nacionalista,
ateo y creyente, llama a su novia "mi ángel
y mi fiera", su "asesina adorada"
es a la vez la doncella que le da vida, busca indicios
de lo inescrutable entre la luna y el sol, y reúne
en una copa final el placer y el veneno.
En 1911 en París, el mismo Darío le
había presentado al Dr. Gérard Encausse,
"Papus", el hombre que predijo hechos
posteriores a su muerte que se cumplieron inexorablemente
(entre ellos, el estallido de la Revolución
Rusa y la muerte trágica de la bailarina
Mata Hari). Lugones recuerda los ojos incisivos
del francés, que contrastaban con su modo
sosegado de hablar. Tal vez ese jefe ocultista que
le recordaba a otro gran mago y alquimista, Cagliostro,
haya develado el mapa del desdichado con apenas
una mirada. En el silencio de ese mago flotaba una
constelación de signos que revelaban que
ese argentino que tenía delante había
nacido un día 13, un sábado a la sombra
de Saturno (el planeta cuyo color místico
es el negro); con dos planetas maléficos
en su carta natal (Marte y Saturno) y un nombre
cifrado (Leo: león y Lugones: luna); era
geminiano (lo que representa la dualidad), con una
estructura emocional regida por la luna (el día
de su nacimiento está en caída) y
un temperamento que buscaba los grandes sistemas
de la ciencia.
Desde muy joven una pasión por lo velado.
Por eso, ahora, la paradoja de la novia oculta Quizá,
una de sus frases más conocidas y que mejor
dan cuenta de su proceder, haya sido una línea
frecuentemente citada: "Y me he puesto del
lado de los astros", vale decir, de todo lo
que refulge. Pero más que eso, se pone del
lado de lo que está más allá.
En varias ocasiones el poeta intentará tocar
este tema con Aglaura, aunque finalmente parece
desistir frente a lo inaferrable, lo insondable.
Dice: "Yo no soy teósofo, sino otra
cosa que no es de escribir".
La intervención de fuerzas extrañas
atraviesa toda su existencia: la quiromancia, la
nigromancia, la alquimia. Integró la sociedad
teosófica junto a unos pocas personas que,
como él, se sentían predestinados.
Solamente esos elegidos participan en 1893 en la
Rama Luz. Magnetizado por el misterio, sigue de
cerca las hermandades secretas, la comunidad de
los drusos, los del clavel rojo, los de la adormidera
blanca, en cuya sustentación filosófica
busca siempre la comunión entre heroísmo
y sacrificio. ¿Había encontrado acaso
en los militares argentinos la hermandad que buscaba?
Aprende la lengua árabe, sabe que el reino
de lo invisible sólo es atisbado por los
iniciados, le atrae el esoterismo, las tradiciones
metafísicas y como otros escritores de la
tradición ocultista -Blake, Nerval, Novalis,
Poe- descubre la correspondencia subterránea
entre los seres y las cosas. Sus relatos, por otra
parte, se adelantan al género fantástico.
Lugones fue, además, masón; se inició
en la Logia Libertad en 1899 y alcanzó la
maestría un año después. Su
simbología -una escuadra, un compás
y la Biblia- articulaban una visión que enlazaba
conciencia, humanidad y divinidad. Lee todo lo que
encuentra relativo a Isis, diosa lunar egipcia,
y Osiris, dios solar. Insiste en la idea del karma;
la mudanza de las almas, la reencarnación
en cuerpos de animales, la trasmigración
que sigue a la muerte. Si morir es cambiar, vivir,
piensa, es renovarse continuamente. Lo que también
implica movimiento: "marchar eternamente en
un incesante cambio de perspectivas. Sólo
la ignorancia es inmóvil".
"Yo me puse del lado de los astros", dijo
el poeta. Habría que ver de qué lado
se pusieron los astros: su amada lo elude, ha dejado
de escribirle y no asiste a los lugares donde suelen
encontrarse furtivamente. Hasta hace poco se comunicaban
por teléfono y se pasaban horas prendidos
al auricular sin emitir palabra alguna, dialogando
en silencio con el corazón hecho una ligadura,
escuchando solamente la respiración del otro.
El hombre que hacía acrobacia sobre el lomo
de las palabras, ahora debe morderlas hasta hacerlas
sangrar. Su silencio grita: "te adoro a morir",
"nunca soy más tuyo que cuando me amas",
"comprendo que eres más que nunca mi
vida, mi amor, mi esperanza, mi ternura, mi dolor,
mi todo", "mira cómo estoy mi amor,
toma lo que es tuyo".
Corre 1930. Contradictorio y extremista siempre,
da conferencias en la Liga Patriótica que
en 1930 y escribe la proclama del golpe militar
del general José Félix Uriburu contra
el presidente Hipólito Yrigoyen. Posteriormente
intentará conformar una nueva agrupación
política, la Guardia Argentina, para luego,
desencantado, afirmar que un escritor no debe participar
en política. Se refugia en su trabajo rutinario;
Uriburu le había ofrecido la dirección
de la Biblioteca Nacional cuando él esperaba
un cargo mayor, una embajada, algún ministerio.
Pero no está desguarnecido, le quedan dos
mujeres: su Aglaura y una pistola niquelada a la
que llama "La Nena" y que guarda detrás
de la guía telefónica.
Ignora que su hijo ya lo sabe todo y ha decidido
obrar con mano dura. Polo Lugones se presenta ante
los padres de Emilia, en el barrio de Villa del
Parque, para exhortarlos en un tono entre seco y
cordial con recomendaciones que suenan a advertencias,
y sugerencias que parecen amenazas. Ya había
intervenido los teléfonos y tenía
en su poder las grabaciones, había seguido
a los amantes y estaba al tanto de todo. El comisario
dice escándalo, dice no voy a permitir, dice
un hombre casado, dice caprichos, dice una muchacha
joven. Antes del portazo, arroja al rostro del matrimonio
Cadelago una alternativa: O se interrumpe la relación
o iniciará los trámites para declarar
a su padre perturbado mental y después encerrarlo.
Quedan en un cono de sombra todas las maniobras
del policía que lograron forzar, finalmente,
la ruptura entre el escritor y su Aglaura. Como
también los esfuerzos de uno y de otra para
sobrepasar esta empalizada de la hipocresía
y unirse frente a todo. Las cartas que siguen al
renunciamiento, son parte del abismo, llevan el
aliento de lo umbrío; palabras enlutadas
de una escenografía sepulcral, de calaveras
y novias espectrales, que el propio poeta había
levantado en obras iniciales.
El día 18 de febrero de 1938 va a trabajar,
como siempre, en la biblioteca. Tiene el labio cortado
producto de la afeitada. A la salida se dirige al
desembarcadero del Tigre y aborda la lancha La Egea
que lo lleva al recreo El Tropezón, ubicado
en una de las islas del Delta. Toma la habitación
19, se quita el sombrero de paja y se sienta a leer
un libro de Paul Groussac, Los que pasaban. Sale
a dar un breve paseo por los alrededores del lugar
y de regreso le solicita un whisky al dueño
de local. Lo acompaña con una dosis de cianuro.
Había quedado encerrado en esa noche que
describió alguna vez "como un gran cadáver
negro". Desde esa oscuridad clamaba por su
mujer amada: "uno contigo hasta a muerte"
"te mando la sangre de mis entrañas
y ya no me interesa nada...me dejo morir",
"las sombras de la noche empiezan a rodearme".
Si todo en él había sido víspera
de cataclismo, presentimiento de infortunios, se
consumaba el final. En ese mismo instante, Emilia
está en Montevideo arreglándose frente
a un espejo que se hace añicos misteriosamente:
"Hoy cambia el curso de mi vida", piensa.
El Lugones que le había suplicado: "No
me dejes solo con mi corazón", dejaba
flotando un interrogante en el manojo de cartas
ajadas: "¿Y si una noche te llamara
con un grito incontenible?". Una pregunta que
quedaría para siempre sin respuesta.
Ausencia
Leopoldo a su Aglaura
Todo,
amada, en tu ausencia siempre larga te llora:
El silencio y la estrella, la sombra y la canción,
Lo que duda en la dicha, lo que en la duda implora.
Y luego...este profundo sangrar del corazón.
Cómo
no ha de llorarte todo lo que es hermoso
Y todo cuanto es triste porque es capaz de amar,
Si tu ausencia ¡tan larga! se parece al reposo
De la luna suicida que se ahoga en el mar.
Con
tu ausencia anochecen la alegría y la aurora.
La esperanza es angustia, sinsabor el placer.
Y hasta en la misma perla del rocío te llora
Lo que tiene de lágrima toda gota al caer.
Notas
-Lysandro Z. D. Galtier, Leopoldo Lugones el enigmático,
Fraterna, 1993.
-Julio Irazusta, Genio y figura de Leopoldo Lugones,
EUDEBA, Buenos Aires, 1971.
-Bernardo Canal-Feijóo, Lugones, y el destino
trágico, Plus Ultra, Buenos Aires, 1976.
-Arturo Capdevilla, Lugones, Aguilar, Buenos Aires,
1973.
-Leopoldo Lugones. Cancionero de Aglaura, Recopilación
de María Inés Cárdenas de Monner
Sans, Ediciones Tres Tiempos, Buenos Aires, 1984.
-Leopoldo Lugones, Antología poética,
selección y prólogo de Carlos Obligado,
Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1948.
-Leopoldo Lugones, Cuentos fatales, Huemul, Buenos
Aires, 1967.
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