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Santa Fe,   Jueves, 09 de Septiembre de 2010 | 08:06:38 a.m. 
  SECCION: EDITORIALES
23/04/2007
PODER Y REPRESENTACIÓN
Por JORGE CONTI


 El 2001 con el estado de sitio y la represión ordenada por De La Rúa y el
2007 con la represión a los docentes y muerte de Carlos Fuentealba ordenada
por Sobish, son los momentos más altos de una misma crisis. En el primer
caso se manifestó con el clamor “que se vayan todos” y en el segundo caso
con un paro y una convocatoria nacionales  que canalizan la indignación de
la sociedad. Sin embargo, entre ambos momentos, la tensión conflictiva entre
poder y representación muestra una gráfica descendente, como si la comunidad
necesitara hechos de extremo voltaje para reaccionar, nada más que para
volver entre uno y otro al piso de la indiferencia y el olvido. La gráfica
sugiere una curva hacia el nivel más bajo entre dos niveles de máxima altura
pero fugaces. Este hecho se vincula a la crecida del 2003 y las lluvias del
2007 en Santa Fe, con el mismo resultado, agregándose el hecho de que
aquella parte de la sociedad que en el 2003 manifestó su ayuda, la clase
media trabajadora, en el 2007 se mantuvo aparte, como si dijera: “quienes
los votaron soporten las consecuencias”. Tomar conciencia de lo que esto
significa desde el punto de vista de nuestra organización democrática es
perder la tranquilidad si es que nuestro futuro como comunidad nos importa.
Subsumido en la prosperidad económica, el conflicto entre poder y
representación -que puso en riesgo nuestra organización institucional en el
2001- permanece en la deuda pendiente con la distribución de la riqueza, en
el crónico bache entre ricos y pobres que instaló la sociedad de mercado y
consecuentemente en la desconfianza reinante hacia los políticos en general
y particularmente hacia legisladores y autoridades ejecutivas. Quien dude o
pretenda relativizar ese estado de descreimiento, no tiene más que
preguntarse por qué las demandas, denuncias, protestas, peticiones y
disensos se manifiestan únicamente en convocatorias públicas, marchas
callejeras, cortes de rutas o calles y buscan el reconocimiento a través de
los medios de comunicación, particularmente la televisión, convencidos de
que no cuentan con otro recurso para ser escuchados. En una democracia en la
que los poderes fueran verdaderamente independientes y en la que los
legisladores escucharan a su representados ¿no sería excepcional y hasta
insólito que éstos recurrieran a manifestaciones públicas, algunas de las
cuales equivalen a flagrantes violaciones de la ley?. Sin embargo, esa
convicción de no ser escuchados –es decir, de no ser representados- es
corroborada por la misma actitud del poder, que solo reacciona cuando a
través de los medios, resultan amenazados su imagen electoral o los sondeos
de popularidad. Raúl Alfonsín, en un reciente libro en el que desarrolla una
teoría de la democracia, interesante en muchos de sus conceptos, se equivoca
sin embargo cuando se empeña en sostener que no hay una ruptura entre
política y sociedad civil. Teóricamente política y sociedad civil son
nombres de un mismo concepto de democracia, pero Alfonsín debería reconocer
que las actuales prácticas políticas -sobre todo desde Menem en adelante y
de lo que él en parte es responsable- han socavado esa relación hasta
convertirla en decepción, indiferencia y finalmente franco rechazo. Pero no
me propongo interpelar a Alfonsín en este comentario, sino plantear mi
preocupación por la continuidad de una crisis que la mayoría de los
políticos alimentan con su idolatría del poder y señalar esta condición casi
patológica de nuestra sociedad, que insiste en vivir en un acolchado olvido
e insiste en sus comportamientos enfermos al punto de, por ejemplo, haberse
triplicado los accidentes de tránsito después de que el tema estalló el mes
pasado. Es como si dijeran, “ya sé que está mal, pero no voy a mover un dedo
para modificarlo”. Hay como un estado de anestesia que necesita de sucesos
cada vez más explosivos para reconocerse como sociedad, aunque
inmediatamente después el reconocimiento se diluye junto con la indignación
que el suceso provocara. Hay una pregunta que no me deja dormir: cuando se
apague la indignación por el asesinato de Carlos Fuentealba, o la
indignación por la inepcia de Balbarrey, como se apagó la indignación por
las mentiras de Reutemann ¿volverá la gente al plácido living televisivo
para contemplar la realidad como un espectador y no un partícipe
responsable?. ¿Solo cuando algo los afecte en particular recurrirán a las
protestas grupales, como si viviéramos en tribus urbanas, sin relacionar
jamás los hechos con la crisis de fondo que es la ausencia de representación
ante el poder y las formas corruptas de la política?. El periodismo,
particularmente la televisión, ¿seguirá informando hechos aislados y
separándolos con esa triste fórmula –“cambiemos de tema”- que reduce la
realidad a flashes espasmódicos sin asociar los hechos, interpretarlos y
construir sentido, ya que no lo hacen los políticos que solo tienen un
cassette electoral en vez de neuronas?. Lo que Pierre Rosanvallón define
como la democracia de la desconfianza, no es en sí ni mala ni buena: está
marcando una transición que es el embrión de una democracia real o la caída
en un populismo que imponga la falsa idea de “un pueblo-un estado”, mito que
alimentó a los viejos totalitarismos de la historia. De nosotros depende. O
seguimos en la cómoda explosión de indignaciones que se apagan como fuegos
artificiales seguidas de largos períodos de pasividad, o superamos nuestra
pereza espiritual para que nuestra desconfianza se encarne en movilización
civil pacífica, en vigilancia permanente, en un verdadero control del poder
y por el cual nuestros representantes se sientan interrogados día y noche y
el voto no sea solamente un placebo sino el castigo o la recompensa que se
merecen. Hay que abrir espacios de discusión en universidades, ONGs,
establecimientos educacionales fuera del horario de clases, clubes, plazas y
calles, pateándole el trasero al puntero que pretenda manipularlas, en la
convicción de que nunca vamos a pensar todos igual, pero sí vamos a ser
capaces de convivir en una comunidad de ciudadanos y en que vale la pena
recuperar la verdadera democracia. Alguna vez yo pensé que las asambleas
barriales serían el embrión de algo así, pero se dejaron infiltrar por los
punteros políticos o por el cansancio. La democracia no se sostiene en
pasajeros estados emocionales, se gana ejerciendo la ciudadanía. De lo
contrario, seguiremos siendo pasto de estos políticos atornillados al poder
y puestos allí por nuestra pereza espiritual y nuestra mala memoria.
 

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