No importa qué se quiere satisfacer, siempre y cuando nada lo detenga. Como el tipo de satisfacción del discurso capitalista es muy clara, se sabe de qué se trata y qué es lo que hay que hacer; el resultado es el cinismo: no hay barreras morales que le pongan límite a la producción de objetos para un goce interminable y ni para la necesidad de satisfacción del sujeto que siempre vuelve a empezar.
Tampoco hay límites para mantenerse a salvo de la expulsión a la tierra de nadie, donde sobreviven los desechos humanos y que siempre está ahí como una amenaza.
Desde luego, esta es una síntesis del pensamiento de María del Carmen Moroni, pero es suficiente para explicarse el voto por representantes de la derecha neoliberal como Sarkozi en Francia o Macri en Buenos Aires.
Esto es lo que el politólogo Christopher Arterton quiere decir cuando define desembozadamente una buena campaña electoral: es -dice- como el Bolero de Ravel. Comienza de una manera muy simple y crece y sigue creciendo y se vuelve más excitante y sensual;, y se repite y genera entusiasmo hasta que es imposible no excitarse escuchándola. No se trata de apelar a la capacidad de pensar, sino de despertar deseos.
Si entendemos hedonismo como una concepción de la vida basada en la satisfacción del deseo individual, el discurso del capitalismo muestra un inabarcable abanico de gustos a satisfacer y mantiene en actividad cada vez más acelerada la fábrica de objetos destinados a despertar nuevas satisfacciones, vinculándolas al éxito, a la fama, al prestigio y a la pertenencia. Por supuesto, los deseos que la máquina de producción despierta noestán vinculados a los valores humanísticos, sino a la pura satisfacción individual, se promueve y valora el egoísmo.
A la vez, acicatea con el gulag de los perdedores, los que han sido expulsados por esas mismas condiciones, algunos de los cuales ven el delito la satisfacción que la máquina les hacer ver perentoria, mientras otros manifiestan su ira a través de la protesta.
El delincuente del submundo es, de esta manera creado a imagen y semejanza del delincuente de guante blanco y el contestatario se identifica con el asocial. Entonces llegan los Sarkozi, los Macri y los Blumberg a prometer tolerancia cero para el delito y represión para la protesta incivilizada.
El mecanismo está perfectamente aceitado, de modo que lo que el capitalismo llama justicia es casi siempre un castigo reservado a los pobres. Si el grupo Macri le ha robado alegremente al país y Blumberg usurpa el título de ingeniero, es porque han seguido el discurso del cinismo del que habla María del Carmen Moroni y la justicia no actúa porque simplemente han acatado el estatuto de la satisfacción individual. El delito es solo un atributo de los perdedores, de los que fracasan y son deportados al lugar de los deshechos.
Es una ingenuidad pedirle a Macri proyectos: él dice que los tiene pero no, solo agita ante la subjetividad fascinada de los porteños el brillo de la satisfacción prometida para sus problemas diarios, nombrándolos. Como apunta agudamente Vicente Muleiro los porteños han devenido de ciudadanos en vecinos porque, claro, la condición de ciudadano exige algo más que preocuparse por la subjetividad, mientras que ser vecino tiene le encantadora levedad de la inmediatez.
Según el Centro Internacional de Estudios sobre Prisiones, en el mundo hay 9 millones de personas sufriendo penas por delitos de todo tipo. Pero 2 millones 200 mil de ellas se encuentran encarceladas en Estados Unidos. El número de presos aumentó porque el sistema policial ha crecido pero también porque la legislación abandonó la ética de la rehabilitación y prefirió la del castigo.
Y como la fábrica seguirá produciendo expulsados a la vez que necesidades, el ciclo siempre vuelve a empezar. Como dice María del Carmen Moroni, citando a Lacan, a la vez que se trata de un sistema locamente astuto, también “destinado a reventar”.
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