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Era de noche. Lo llamaron al dormitorio principal.
El chico fue creyendo que debía cumplir alguna
de sus obligaciones diarias de ceremonial. Entró
a la habitación sólo alumbrada por dos
veladores de bronce y una extraña sensación
de intimidad le inundó el cuerpo y lo incomodó.
Trató de no pensar y obedeció las directivas
de su superior. Lo ayudó a desvestirse. Lo
hizo con pudor pero creyendo que era algo normal en
el seminario y que se tenía que acostumbrar
a las normas de ese lugar al que había llegado
hacía tres días. Tembloroso frente al
cuerpo sexagenario, le sacó prenda por prenda...
Cuando terminó, vio caer el cuerpo flácido
del arzobispo sobre la cama, con su desnudez sólo
cubierta con una toalla. El chico creyó que
ya había cumplido con su tarea y se disponía
a retirarse, pero se equivocó. Echado en el
lecho de dos plazas con respaldo de bronce, monseñor
lo llamó insinuante y le pidió que lo
masajeara. Cada vez más nervioso, pero movido
por el miedo y el respeto que le infundía la
figura, el seminarista apoyó sus manos sobre
la piel pálida, rosada y fofa, y comenzó
a friccionarlo. A los masajes siguió la desnudez
completa y el pedido de que se acostara al lado, y
que lo acariciara en todo el cuerpo, pero sobre todo,
en los genitales.
Confundido, turbado y temeroso, el muchachito
recién venido del campo, hijo de una familia
humilde, obedecía y escuchaba las palabras
serenas y contenedoras que lo alentaban:
Esto no es pecado hijo, yo soy monseñor
Storni, un padre para todos ustedes, los seminaristas.
Nuestro amor tenemos que compartirlo. Dios ve bien
esta muestra de amor entre dos hombres, entre un padre
y su hijo. Él nos apoya desde el Cielo.
Cuando terminaron, el chico salió perturbado
del dormitorio episcopal y se encerró en el
suyo. Un compañero lo notó muy mal,
le preguntó si lo podía ayudar y a él
le relató llorando lo sucedido. Ese compañero
fui yo.
Con una mueca indescifrable de dolor, verguenza y
asco, un ex seminarista de Santa Fe me relató
así la experiencia que le confesara aquel chico
salido de la zona rural. Desde ese momento, la fuente
se convirtió en oído elegido por aquel
muchacho, y luego por tantos otros, para vomitar el
dolor y la confusión de esas relaciones incestuosas
y abusivas en las que se involucraron, seducidos o
empujados, por el religioso más importante
de la Arquidiócesis de Santa Fe, de los últimos
diecisiete años.
El Rosadito
Cuando ingresé al seminario, mi tía,
que es artista plástica, la oveja negra de
la familia, me advirtió unos días antes
de irme: Cuidate del rosadito. Y pensar
que yo lo tomé en broma, cuenta quien
fue paño de lágrimas de sus compañeros
más débiles y vulnerables, blancos predilectos
del obispo. El ex seminarista cuya identidad
no se revelará para no afectar su intimidad
abandonó por propia voluntad, como tantos otros,
el camino del sacerdocio. Pero aún hoy recuerda,
con vívida mezcla de melancolía, bronca
e impotencia, los cinco años que pasó
entre las paredes del seminario de la Arquidiócesis
de Santa Fe, ubicado en las calles Monseñor
Zaspe y Buenos Aires.
El rosadito, ése es el apodo del
arzobispo de la ciudad, monseñor Edgardo Gabriel
Storni. Lo llaman así por su semblante saludable,
de mejillas redondeadas y rojizas, dignas de sus orígenes
italianos. Lo que no es tan digno es el comentario
que hace la calle acerca de sus conocidas andanzas
sexuales con seminaristas y sacerdotes de su entorno,
y su escandalosa fama de exhibicionista, tema que
ha trascendido el ámbito local y llegado, no
sólo al Episcopado, sino también al
Vaticano, sin que hasta ahora hayan tenido solución.
El ex seminarista continuó:
Entré al seminario a fines de los ochenta
y a los pocos días de llegar escuché
lo que ya le relaté. Aquel chico fue el primero
de mis compañeros que me confesó su
problema, pero no fue el único. Yo me indigné.
Sentí que era un abuso de toda clase, pero
sobre todo de poder. Lo aconsejé. Yo era más
grande, tenía 23 años y no era un tiernito
ni mucho menos un sumiso. Después de enterarme
lo de ese chico, me fui dando cuenta de que con otros
pasaba lo mismo. No eran pocos. Me asqueó.
Yo había escuchado comentarios, como todos
los de la ciudad, sobre cierta inclinación
homosexual del obispo y de su círculo íntimo
de sacerdotes, pero nunca pensé que monseñor
Storni fuera tan abusador. Tampoco imaginé
que quienes conducían el seminario, de donde
se suponía tenían que salir jóvenes
sacerdotes espiritualmente fortalecidos, fueran tan
promiscuos y manipuladores.
Yo tenía una gran vocación y
mucha facilidad para el área intelectual y
sufrí mucho con lo que se vivía allí
adentro. Muchas veces vi que el arzobispo llamaba
a su dormitorio a algún seminarista, siempre
buscaba a aquellos que tenían problemas afectivos
con sus padres o eran huérfanos estaba
desnudo y les pedía que lo vistieran. Y el
pobre chico asustado lo hacía, mientras él
se exhibía desnudo en la habitación.
Después venían las presiones para tener
sexo y los abusos concretos. Los detalles de todo
lo que mis compañeros me contaban eran escalofriantes.
Ya pasaron varios años desde que salí
de ese infierno y estoy tranquilo con mi conciencia
y no me arrepiento de nada. Por eso puedo contar todo
esto.
Al principio me costó mucho separar
toda esa experiencia nefasta con esta gente a la que
prefiero no calificar, de mi compromiso con la Iglesia
y el Evangelio, pero lo logré y sigo siendo
un laico comprometido.
Me fui cuando me estaban por ordenar, tenía
vocación pero justo me tocó formarme
en el seminario menos humano y contenedor de la Argentina,
y el más perverso. Siempre tuve muy buenas
calificaciones, pero estaba en permanente guardia,
a la defensiva. Al principio por mí, para que
nadie me tocara un pelo, porque monseñor era
terrible, siempre miraba y decía palabras con
doble sentido. Y después, tratando de proteger
a amigos más vulnerables. Había chicos
que llegaban al seminario a los 17 años, desde
el interior de la provincia, con muy poca o ninguna
experiencia sexual. Que a ellos el arzobispo los sedujera,
les dijera que era su padre y que tener
relaciones sexuales con él no era pecado, los
confundía muchísimo. Después,
algunos de esos chicos tenían mejor situación,
el arzobispo les prometía una buena parroquia
cuando terminaran el seminario, los compraba a cambio
de sexo. Yo nunca condené las acciones personales,
no me preocupó ni me preocupa la homosexualidad
manifiesta de la cúpula de la curia de mi provincia,
lo que me parece aberrante es el abuso de poder y
la manipulación de las conciencias. Eso mancha
de lodo y avergüenza a nuestra Iglesia, que como
católico quiero y defendiendo.
Con la mirada nublada y la transpiración recorriéndole
la frente, pero aliviado por su desahogo, el ex seminarista
puso fin así a su relato. Hicieron falta varios
encuentros para que se decidiera a soltarlo, dado
lo delicado del tema, pero finalmente reconoció
que se sentía bien habiéndolo confesando,
porque creía que su historia, era parte de
la historia del seminario de Santa Fe, de la Iglesia
de esa ciudad y de Iglesia argentina.
No es difícil entender, después de
haberlo oído, el gran dolor y la profunda bronca
que siente frente a la impunidad del poder que desde
1984 gobierna la Iglesia de Santa Fe y que, parece,
se perpetuará a pesar de las gravísimas
denuncias y procesos realizados, por orden del Vaticano.
El arzobispo es un hombre muy poderoso en la estructura
religiosa y política de la zona. Su vida dista
mucho de las enseñanzas del evangelio y estas
actitudes, conocidas hasta el hartazgo por los habitantes
de la ciudad, han alejado a muchos fieles de la Iglesia.
Conservador y reaccionario a ultranza, Storni fue
amigo de los militares de la dictadura, con los que
iba a comer a menudo y quienes según
dicen compartían con el hombre de la
Iglesia su lucha contra el comunismo ateo.
Como muestra está su declaración en
una homilía el 25 de mayo de 1995: La
Iglesia no necesita hacerse ningún examen de
conciencia, y mucho menos pedir perdón a la
sociedad argentina.
Los testimonios de los jóvenes que concurrían
a la arquidiócesis de Santa Fe son muy detallistas
sobre sus costumbres privadas.
Si bien es muy pulcro, monseñor Storni come
con gula. La prueba del quinto pecado capital son
sus servilletas. En un perchero del comedor del seminario,
cuelgan, cada una con su número, las servilletas
que corresponden a cada uno de los seminaristas, pero
la del arzobispo se distingue a distancia por su dimensión
y su especial diseño. Se trata de un enorme
babero de toalla con un cuello elastizado parecido
al comilón que usan los bebés
y que algún seminarista lo ayuda a colocárselo
por encima de la cabeza, muy religiosamente y una
vez que ha concluido la plegaria, antes de cada comida.
El babero en realidad tiene dos es lavado
después de cada ingesta porque termina tan
manchado como el de un niño. Es que el arzobispo
come con toda la desinhibición y la ansiedad
de un bebé, o si se quiere, con la libertad
y la gula de Enrique VIII.
Si además de los acosos, hay algo que los
seminaristas recuerdan de su paso por la Arquidiócesis
de Santa Fe, son los ruidos emitidos por el movimiento
de su mandíbula, de sus labios y su lengua,
saboreando una comida. Pero a él nunca le importaron
las carcajadas contenidas de los ocasionales compañeros
de almuerzo. Todos debieron acostumbrarse a que el
arzobispo coma rápido y sucio como un
cerdo, tal como coinciden en afirmar los sacerdotes.
Quizá su compulsión tenga que ver con
las secuelas de la hernia de iato, que lo afecta desde
hace muchos años. Esa enfermedad lo somete
a una dieta estricta, que la cocinera controla a rajatablas,
pero de la que Storni se aparta todas las veces que
puede, con la picardía y la ansiedad de un
niño que sabe que está haciendo algo
mal pero que le encanta.
Su menú siempre incluyó pescado y comida
absolutamente sana, pero en gran cantidad y presentada
con la misma opulencia con que él se maneja
siempre en todos los órdenes. Aunque sosa e
híbrida, su comida siempre ha sido objeto de
cierta envidia por parte de los seminaristas, obligados
a un menú mucho más magro y menos rimbombante.
En su habitación, Storni tiene una heladera
de aproximadamente 1.20 metros de altura, en la que
se destacan una gran cantidad de packs de jugos Ades,
a base de soja, que le fueron indicados por su médico,
y un peceto rojo intenso, convenientemente desgrasado,
que es la comida preferida de su mascota, el muy mimado
gato Arístides, un ejemplar persa que tiene
libre acceso a casi todo el edificio, y especialmente
a las privadísimas habitaciones de monseñor
Storni.
El dormitorio del arzobispo está en el ala
derecha del primer piso, justo en la esquina, por
lo que sus ventanales se despliegan en sentido diagonal
sobre la ochava que da a las calles San Jerónimo
y 25 de Mayo.
Ya desde el ingreso al Arzobispado, se aprecia una
amplia y antigua galería en la que se destaca
una escalera de mármol. En uno de sus descansos,
un imponente retrato hecho al óleo muestra
a monseñor Storni con su investidura episcopal,
en una de sus posturas características: piernas
entrecruzadas y las manos, una encima de la otra,
apoyada sobre las rodillas.
Quienes tuvieron acceso a su máxima intimidad,
cuentan que ése no es el único óleo
del prelado que hay en el edificio. En su dormitorio,
aunque semioculto por dos puertas que se unen en una
esquina, se halla el otro retrato, que es previo,
y que si bien en su momento fue apreciado como una
obra excelente, pasó luego a formar parte de
las cosas que no resulta conveniente exhibir demasiado.
Los simples observadores que no conocen demasiado
de arte, aseguran que no hay demasiada diferencia
entre un cuadro y el otro, pero un ojo avizor descubre
la diferencia: en el que ahora ha quedado relegado
a la intimidad, hay cierta exageración en la
definición de las manos del arzobispo. Concretamente,
están magnificadas por uñas un poco
largas y embellecidas, que transmiten un excesivo
cuidado. Son manos que rozan la estética femenina
y que parecen producto del trabajo de una manicura.
El arzobispo, según cuentan, se hace arreglar
las manos por una manicura.
Por la extensa galería vidriada, que funciona
como un corredor con vista al patio interior, el arzobispo
se desplaza pulcro y principesco como lo hiciera su
principal referente, monseñor Nicolás
Fassolino. Desde la larga galería, ambientada
sólo con un sillón mecedor de madera,
en cuyos almohadones yacen los infaltables pelos de
Arístides, se puede ver el patio de mosaicos,
en el que no hay césped, aunque sí prolijos
canteros con plantas y arbustos, bellos y muy cuidados,
que sirven de escenario natural al tucán otra
de las debilidades del ministro de la fe más
exótico y elegante que un papagayo.
En la galería también hay un mueble
bajo, de madera oscura, sobre el cual está
el equipo de música. Allí, a la hora
de elegir, monseñor no duda en privilegiar
a los clásicos.
La habitación del arzobispo tiene pocos muebles:
una amplia cama con respaldo de bronce y detalles
en el mismo material, dos pequeñas mesitas
de luz de mármol, con veladores de bronce,
y un ropero antiguo, sin un estilo definido, de madera
oscura. Allí cuelga sus sotanas y sus casullas
personales (lazos que se colocan en los hombros o
en la cintura). Sus preferidas son las que él
llama romanas, porque las trajo de esa
ciudad. Allí también reposan los roquetes,
sus camisas y pantalones negros, sobrios e impecables,
que utiliza en su actividad no ceremonial. Previa
consulta al arzobispo, el maestro de liturgia es el
encargado de indicarle al seminarista que hace las
veces de mucamo, que coloque prolijamente sobre el
lecho episcopal las prendas que el arzobispo usará
una vez que haya terminado su baño de espumas.
Enfrentado a la cama, hay un perchero de pie, de
madera oscura, y una cómoda baja que se apoya
sobre la pared donde dan los ventanales, cubiertos
por generosas cortinas. Sobre esa cómoda, donde
monseñor guarda sus objetos íntimos,
un portarretratos muestra la foto de casamiento de
su sobrina predilecta: Gaby. Se la ve con el velo
blanco nupcial y el rostro desbordante de felicidad.
Hija de una hermana de Storni, en su adolescencia
y juventud Gaby frecuentó mucho la Catedral,
el Arzobispado y todos los espacios en los que estuviera
su tío, por quien profesa mucho amor y devoción.
Tanto la cama como los sillones tienen un sello distintivo:
una copiosa capa de pelos de Arístides, el
gato amo y señor de todos los espacios.
En la antesala está la biblioteca de Storni.
El habitáculo es el acceso casi obligado para
acceder al dormitorio, ya que las puertas que tienen
salida directa al corredor suelen estar cerradas y
según cuentan los seminaristas, una de ellas
estuvo mucho tiempo clausurada. Allí monseñor
tiene un escritorio de madera oscuro, no demasiado
grande, y su sillón, en el que se sienta para
reflexionar, o para dar clases a los seminaristas.
En los laterales del despacho, enfrentadas a las puertas,
están los grandes ventanales desde donde se
ven la calle San Jerónimo, la plaza y la Catedral.
Majestuosa e imponente, se erige detrás del
escritorio, abarcando toda la pared, una biblioteca
abarrotada de libros, que al arzobispo le resulta
muy funcional ya que no tiene más que girar
en su sillón y alargar la mano para tomar un
libro y leer, o hacer leer, en latín o en español,
lo que le interesa.
En esa biblioteca grande pero simple, hay otras fotos.
En una se lo ve solo; en otra está con el cardenal
Samoré, enviado por el Papa a la Argentina
en los tiempos del litigio con Chile por el Canal
de Beagle; y en una tercera, posa junto a su alter
ego, el cardenal Fassolino. Pero no hay ninguna de
su antecesor, monseñor Zaspe, de quien fue
durante un par de años su obispo adjutor. ¿No
es curioso que Storni no haya previsto un espacio
en esa larga repisa, para colocar una foto de Zaspe,
o al menos una de las tantas en las que los dos representantes
de Cristo en la Tierra se mostraron juntos?
Además de su compulsividad por la comida,
el arzobispo siente pasión por la velocidad.
Siempre conducido por algún secretario, que
muchas veces es un seminarista, obviamente, Storni
ocupa ahora el lugar de copiloto, pero antes, y durante
muchos años, condujo a todo lo que daba su
Renault 12, azul grisáceo. Con él emprendía
viajes cortos por toda la provincia de Santa Fe y
otros más extensos, hacia Córdoba, por
ejemplo, donde además de desarrollar tareas
pastorales visitaba a una de sus hermanas. La otra
vive en el interior de Santa Fe, al igual que su madre,
Blanca, quien ha seguido muy de cerca la vocación
de su hijo e incluso se la ha fomentado. A pesar de
ser arzobispo, la relación madre-hijo siempre
fue muy estrecha.
Más de una vez, Blanca ha dormido en la habitación
de huéspedes del Arzopispado y en alguna ocasión,
cuando ésta estuvo ocupada, en la cama de su
propio hijo.
La Iglesia y los gays
El homosexual manifiesta una ideología
materialista que niega la naturaleza trascendente
de la persona humana, como también la vocación
sobrenatural de todo individuo; la práctica
de la homosexualidad amenaza seriamente la vida y
el bienestar de un gran número de personas;
la homosexualidad pone seriamente en peligro la naturaleza
y los derechos de la familia; la actividad homosexual
impide la propia realización y felicidad, porque
es contraria a la sabiduría creadora de Dios.
Todas estas afirmaciones condenatorias se incluyen
en un documento de la Iglesia titulado Carta a los
Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención
Pastoral a las Personas Homosexuales, aprobada en
1986 por Juan Pablo II y firmado por el cardenal Joseph
Ratzinger, prefecto en ese momento de la Congregación
para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), donde
se juzga y sentencia no sólo la práctica
homosexual sino también su mera inclinación.
Muy lejos de esas afirmaciones inflexibles y peyorativas
se halla un grupo de gente católica que entiende
y respeta las diferencias
como parte de la misteriosa condición humana,
ya sea en un laico o en un religioso, aunque en este
último caso los alcances de los límites
de la privacidad son más difíciles de
determinar. De cualquier forma, le corresponde en
principio a la jerarquía eclesiástica
detectar a sus miembros con inclinación homosexual,
sanar sus órganos enfermos si esto
fuera posible, darles contención y apoyo, y
trasladar a aquellos que puedan afectar el funcionamiento
de la Iglesia. De la misma forma que no se emplea
a un piromaníaco en un cuartel de bomberos,
tampoco un arzobispo incapaz de manejar su sexualidad
puede estar al frente de un seminario.
En su libro La vida sexual del clero, el periodista
español Pepe Rodríguez afirma:
Aunque la formación clerical tiene mucho
que ver con la etiología de miles de comportamientos
homosexuales, la madre Iglesia rechaza vehemente no
ya su responsabilidad en el tema, sino su mismísima
existencia. La jerarquía católica pretende
ignorar el comportamiento de cerca de una cuarta parte
de sus sacerdotes, pero no lo desconoce, ni mucho
menos.
A pesar de que el código canónico
impone a los reos de la homosexualidad la pena de
infamia pérdida del honor en sentido
canónico, la suspensión sacerdotal
y la expulsión de la Iglesia (también
para el caso de los creyentes laicos), la realidad
es que la legión de sacerdotes católicos
homosexuales no sufre castigo alguno mientras mantenga
sus prácticas sexuales en la más absoluta
reserva.
Eso es justamente lo que no hizo el padre José
Mantero, vicario de la parroquia Nuestra Señora
del Reposo, de Valdeverde del Camino, una pequeña
localidad andaluza. Doy gracias a Dios por ser
gay le confesó a la revista Zero, una
publicación mensual destinada al público
homosexual, en febrero de 2002. La frase fue el título
de la nota y al salir publicada estalló un
escándalo que dio la vuelta al mundo. Al cura,
de unos cuarenta años, se lo veía en
la foto con arito y barba recortada, pulsera de tachuelas
y el clásico cuello blanco. En esa nota el
cura Mantero reveló que hacía ocho años
se había enamorado de un hombre con el que
vivió una experiencia que calificó como
muy bonita, muy morbosa y que acabó mal.
No vivo ni mucho menos en la continencia,
el continente ya no existe, continente no hay nadie
(...) Lo normal es callar, negar tu propio ser; así
estás anulado, eres más controlable
y no haces ruido, que siempre molesta. Lo que se quiere
negar es el hecho homosexual, negar que en nuestras
filas hay maricones (...) Me gustaría que esto
fuera un pequeño germen, una semillita para
que un día podamos ver que desaparecen de la
Iglesia declaraciones homofóbicas y que esto
se admita de forma natural, explicó.
Tres días después, José María
Roldán, portavoz del Obispado de Huelva, de
la que depende la parroquia de Valdeverde del Camino,
dijo que seguramente el cura iba a ser suspendido
a divinis, pero que de todas formas, el
obispo Ignacio Noguer, quien se siente muy dolido,
había decidido no tomar ninguna determinación
hasta no hablar personalmente con Mantero.
En la Iglesia española hubo opiniones diversas.
Mientras el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor
Gea, consideró que Mantero era un enfermo;
el auxiliar de Barcelona, Joan Carrera, consideró
que no es un problema de orientación
sexual sino de incumplimiento del celibato, su historia
personal a mí me merece respeto, porque supongo
que habrá sufrido mucho.
Por su parte, el obispo Juan José Asenjo,
portavoz de la Conferencia Episcopal Española,
dijo que la homosexualidad es una desviación
moral, recordó que la Iglesia no
admite la práctica de la homosexualidad, la
considera un pecado, un desorden moral y que
Mantero tiene otro motivo para vivir la castidad
y la continencia, que es la ley del celibato que él
libremente asumió al hacerse sacerdote.
A todo esto, el cura de Valdeverde del Camino había
viajado a Madrid y hecho nuevas declaraciones, esta
vez al diario El Mundo. En un artículo que
se tituló Dios habla de muchos modos,
contestó con esta frase a las críticas
que se le hicieron:
¿Qué más dará que
uno sea heterosexual o hilandera de Velázquez,
gay o camionero del área de servicio, transexual
o Buster Keaton vestido de corto?.
Poco después, declaró que estaba dispuesto
a encabezar un movimiento gay dentro de la Iglesia
católica porque a su juicio es perfectamente
compatible el ser sacerdote con desarrollar una vida
sexual activa, que no salvaje, sino normal (...) Ser
homosexual no es ser un enfermo, ni desviado, ni invertido,
ni es un desarreglo moral, sino un hecho totalmente
natural (...) En el plano cristiano no solamente no
es pecado, sino que es un don de Dios, al igual que
lo es ser lesbiana o heterosexual. Dios no quiere
que el homosexual se arrepienta de serlo.
Precisamente, en La vida sexual del clero, Rodríguez
hace hincapié en que probablemente, la sanción
moral que cae sobre el cura homosexual, sumada a la
cuestión del pretendido celibato, se confabulan
para que algunos recurran a menores para satisfacer
su erotismo, lo que configura ya no una conducta sexual,
sino delictiva. Dice:
La profunda y venenosa visceralidad con que
los jerarcas de la iglesia católica Aberdeen
la cuestión de la homosexualidad contrast significativamente,
sin embargo, con el gran número de homosexuales
que hubo, hay y habrá entre el clero católico.
El que la iglesia denominó crimen pessimum
es un comportamiento sexual muy querido por una cuarta
parte o más de los sacerdotes.
Valorar la cifra de miembros del clero con
inclinación homosexual no resulta fácil,
pero los porcentajes de quienes han estudiado el tema
se aproximan bastante. Los estudios clínicos
o sociológicos estiman índices de un
30 al 50 por ciento. En una investigación realizada
en 1990 por la propia Iglesia católica en la
diócesis canadiense de San Juan de Terranova,
se llegó a la conclusión de que el 30
por ciento de los sacerdotes de la misma eran homosexuales
(y también demostró que su arzobobispo
Alphonsus Penney, que fue forzado a dimitir, había
encubierto los abusos homosexuales cometidos por más
de veinte sacerdotes sobre unos cincuenta menores,
alumnos de un colegio de esa ciudad) (...)
La presión ejercida desde la propia
jerarquía católica, más la marginación
social que todavía estigmatiza al homosexual,
hacen que esos sacerdotes se vean forzados a menudo,
a buscar su satisfacción erótica abusando
de menores. Éste es un dato que, si bien no
exculpa al cura que abusa de un menor, sí puede
servir para tratar de entender mejor los motivos que
le llevaron a cometer tal delito; y también,
para extender la responsabilidad moral de tan reprobable
acto hasta la propia cúpula eclesiástica,
que mantiene a ultranza un sistema represor perjudicial
para todos.
Ciertamente, ponerlos al frente de instituciones
académicas, donde el fruto de la tentación
los puede mover al pecado y al delito de abuso
y corrupción de menores, no es el camino.
Y éste es justamente el límite donde
los derechos de los ciudadanos civiles, se topan con
las leyes religiosas, que sólo rigen para levantar
el dedo acusador para los de afuera, pero no para
señalar o castigar a los de adentro.
Frente al abuso de menores no hay una ley divina,
otra religiosa y otra jurídica:
hay una sola y condena al adulto que lo ejecuta. Frente
a la inducción a la homosexualidad realizada
a través del acoso sexual, sustentado en un
cargo jerárquico y escudado en una gran oficina
o en una sotana, no hay una interpretación
religiosa y otra cívica:
hay una sola, la condena social a quien detentando
poder, hace a otra persona, en general mucho más
joven, objeto de su deseo sin importarle el daño
que le está generando.
En Chascomús, a cien kilómetros de
Buenos Aires, el sacerdote Roberto Barco, entonces
joven párroco de la Iglesia Santa Rita del
barrio San José Obrero, fue protagonista de
un escándalo sexual que conmovió a la
ciudad, cuna de Raúl Alfonsín. Una monja
residente en la casa de Retiros espirituales de la
localidad de Gándara, un pueblito casi pegado
a Chascomús, confesó a su superiora
que estaba embarazada del sacerdote. El obispado local
tomó cartas en el asunto y castigó a
Barco. Lo obligó a raparse la cabeza y a caminar
descalzo por la ciudad durante un año. Y así
se lo veía, aún en pleno invierno. La
monja fue recluida por su superiora en una casa de
la Congregación en la provincia del Chaco,
donde se supone tuvo a su hijo y nunca
más se tuvo noticias de ella. Pero el escándalo
no finalizó aquí. A pesar de las medievales
disposiciones del obispo para castigar a Barco, al
poco tiempo, circularon fuertes rumores incluso
hubo una denuncia de que había acosado
sexualmente a un vecino y que además, abusaba
del alcohol. Hoy Roberto Barco se encuentra trabajando
en la ciudad de Ranchos.
En agosto de 1998, en Berrotarán, un pueblo
de 8500 habitantes de la provincia de Córdoba,
estallo una conmoción. Una cámara oculta
de televisión, que estaba ubicada en la plaza
San Martín de la ciudad de Córdoba,
frente a la Catedral, donde oficia misa el cardenal
Primatesta, mostró imágenes del sacerdote
del pueblo, Walter Eduardo Avanzini, solicitando servicios
sexuales a un niño. A los pocos días,
luego del escándalo y la indignación
de los vecinos, el Obispo de Río Cuarto, que
tiene jurisdicción sobre Berrotarán,
Artemio Staffolani, ahora uno de los integrantes
de la Mesa de la Concertación tuvo que
pedir perdón a la comunidad. El sacerdote fue
recluido en un retiro espiritual y trasladado
luego a otra parroquia, en otra provincia.
En abril del año 2001 el diario Los Andes
de Mendoza, denunció que el sacerdote Francisco
José Armendáriz, párroco de Palmira
a 25 kilómetros de la capital,
de 30 años, había sido padre de una
beba, producto de una relación amorosa que
mantenía con una joven de 18 años. Como
el sacerdote no aceptaba la paternidad, fue obligado
a realizarse un examen de ADN. A los pocos meses el
mismo tuvo el 99, 9 por ciento de certeza. Por orden
del arzobispo Pepe Arancibia, el sacerdote fue trasladado
a una parroquia de Benito Juárez, en la provincia
de Buenos Aires y el purpurado guardó sugestivo
silencio sobre las consecuencias de esta relación
y la actitud que tomaría la Iglesia frente
al conflicto desatado en la comunidad.
El 27 de junio de 2001, el diario Clarín publicó
una nota denuncia de su corresponsal en Corrientes
contra el cura Jorge Scaramellini Guerrero, director
y confesor de los chicos que asistían al Colegio
Santa Catalina de Alejandría, quien había
asomado a la notoriedad pública en mayo, cuando
separó de sus cargos a tres maestras con el
argumento de que no estaban casadas por la Iglesia.
La nota se hacía eco de un denuncia por abuso
deshonesto presentada ante el Juzgado de Instrucción
7 de Corrientes, por la madre de un menor de 16 años.
De acuerdo a la misma, cuando el chico le confesó
al cura que había dejado embarazada a otra
alumna del mismo colegio, Scaramellini lo hizo desnudar
y escenificar paso por paso la relación mantenida
con la adolescente. Sin embargo, el contacto
entre ambos no habría pasado de un abrazo del
cura al adolescente, aclaraba el corresponsal
de Clarín, quien añadió que la
denuncia involucraba además a otros dos chicos
de la misma edad.
Por su parte, la revista Noticias del 12 de octubre
de 1997, denunció que el cura Alberto Gravier,
de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, de
Flores, organizaba flagelaciones entre adolescentes
de la Juventud de la Acción Católica
(JAC), a quienes les tenía prohibido ponerse
de novios. La nota de Daniel Balmaceda, titulada El
latigazo del demonio, comenzaba con la siguiente
descripción:
Damián se arrodilló en el reclinatorio,
delante de un cuadro de la Virgen María. A
su derecha, Gastón rezaba por él. Pablo
leía el Evangelio en voz alta. Cristian vigilaba
la puerta. El padre Alberto Gravier les dio cinturones
de cuero a Luis y a José. Durante tres minutos
flagelaron a Damián. Intercambiaron roles.
Cada uno recibió 24 cinturonazos, azotó
a un par de compañeros, leyó la Pasión
según San Mateo y controló en la puerta
la privacidad del grupo. El padre Alberto vigilaba
todo junto a la ventana.
El rito pentencial se practicó durante
tres jornadas de convivenci formativa,
los días 26, 27 y 28 de diciembre de 1995,
en la ciudad deportiva Don Bosco. El cura y los chicos
miembros de la Acción Católica
pertenecían a la parroquia de Flores Nuestra
Señora de la Paz. Gravier también pidió
que lo flagelaran. Los jóvenes regresaron a
sus casas y nadie contó lo ocurrido.
Según Balmaceda, en el Arzobispado existían
catorce denuncias contra el padre Gravier. El
cura dejó un mal recuerdo en la Parroquia de
San Ignacio, en el barrio de Monserrat, doce años
atrás. Y tuvo problemas con la Federación
Argentina de Empleados Católicos donde fue
asesor espiritual durante dos años. Ni la Vicaría
de Flores ni el Arzobispado porteño aportaban
soluciones. Cuando el tema tomó estado público,
el padre Gravier presentó su renuncia y los
obispos se la aceptaron el 2 de octubre, remató.
Otro caso que conmovió a la prensa mundial
fue el del obispo Lajos Kada, que se jubiló
como nuncio del Papa en España en febrero de
2000, y a quien el obispo José Luis Irizar
y Artiach, director de la Obras Misionales Pontificias
(OMP) de ese país, acusó de estafa al
haber vendido colecciones de doce grabados para recaudar
fondos para un falso homenaje a Juan Pablo II.
El escándalo mereció toda una doble
página en el diario El País del domingo
11 de marzo de 2001. Irizar y Artiach sugería
que María del Bosque, de 54 años, la
protagonista de la sospechosa venta, mantenía
una estrecha relación con Kada y aseguraba
que éste tenía una hija natural en Costa
Rica, fruto de su relación con otra mujer,
consignó El País. Demás está
decir que ni aún recurriendo al tribunal eclesiástico
romano, Irizar logró su cometido. Por el contrario,
este obispo de cuna nobiliaria, que donó todos
sus títulos y bienes millonarios a la Iglesia
y se fue a misionar a Bolivia, fue separado de la
dirección de la OMP, que atiende a las necesidades
de 30.000 misioneros y maneja fondos por 3.000 millones
de pesetas al año.
Uno de los últimos episodios se relaciona
con la Iglesia católica en Estados Unidos.
Tan graves, que llevaron al Papa a declarar duramente
sobre el tema. No es para menos, los escándalos
sexuales en el país del norte, amenazan enturbiar
el final del papado de Karol Wojtyla.
Mark Vincent Serrano, un ex monaguillo de 37 años
le confesó al diario New York Times, detalles
escalofriantes del abuso sexual al que fue sometido
muchos años antes, cuando era un niño,
por parte del sacerdote James Hanley, de la Iglesia
San José de Mendham, en Nueva Jersey. Los mismos,
según Serrano, consistían en toqueteos,
sodomía, sexo oral y masturbación. En
una oportunidad me dijo que me enseñaría
el beso francés. Todavía recuerdo el
gusto horrible y agrio que acompañó
aquel momento, dice el ex monaguillo. Tenía
vibradores. Todavía recuerdo la sensación
espantosa sobre mi pecho, cuando mi adrenalina subía
y mis pelos se erizaban. Era una horrible dicotomía.
Este hombre me decía por un lado que todo eso
estaba bien y que ése era nuestro secreto.
Pero a medida que pasaba el tiempo aparecían
sensaciones nuevas y todo el contexto en el que surgían
era muy extraño.
En Estados Unidos, como una catarata, continúan
apareciendo víctimas de abusos de clérigos
y la Iglesia católica enfrenta un gravísimo
problema ético, moral, religioso y económico,
ya que deberá indemnizar a las víctimas
con una suma cercana a los mil millones de dólares.
El diario oficial católico de la Arquidiócesis
de Boston cuyo arzobispo Bernard Law está
muy salpicado por los escándalos, ya que tuvo
que dar a conocer el nombre de 80 sacerdotes acusados
de cometer abusos sexuales por décadas y que
fueron protegidos por él dijo que la
Iglesia debe afrontar cuestionamientos y encargar
estudios respecto de la posibilidad de que debiera
ser preservado el sacerdocio célibe y exclusivamente
masculino. El cardenal Law, conservador y muy leal
al Papa, recalcó que dicho pensamiento no tuvo
la intención de cuestionar la posición
de la Iglesia sobre el celibato, sino de reflejar
cuestiones planteadas por otros.
Y el tema también roza muy de cerca a Juan
Pablo II.
En Polonia, la tierra del Jefe de los católicos
del mundo, las cosas tampoco van por el camino de
Dios. En Poznan, una ciudad del este y donde los habitantes
dicen tener la diócesis más antigua
del país, los sacerdotes se hicieron eco de
los rumores que hablaban de la homosexualidad del
arzobispo Juliusz Paetz y sus abusos a seminaristas.
A fines de 1999, las versiones más aberrantes
circulaban sobre Paetz, que para completar el cuadro
de situación, es muy amigo del Papa de tiempos
lejanos y fue el mismo pontífice quien lo nombró
arzobispo. A tanto llego el tema que el director del
seminario se enfrentó al prelado con las acusaciones
de los seminaristas, pero éste las desmintió
rotundamente. Los sacerdotes recurrieron al Papa a
través del nuncio, para pedirle una investigación.
En mayo del 2001, cuatro declaraciones juradas firmadas
por seminaristas con detalles del comportamiento de
Paetz, fueron enviadas al nuncio, el que las entregó
de nuevo al arzobispo recomendándole olvidarse
del tema. Entonces, los religiosos y laicos polacos
decidieron obviar al nuncio y a las autoridades locales
de la Iglesia y un emisario las llevó directamente
a Roma, a manos del Papa.
Se inició una nueva investigación con
un enviado del Vaticano. Y el 26 de marzo del 2002,
el arzobispo Juliusz Paetz, de 67 años, renunció
a su cargo, sin reconocer ninguna de las acusaciones
y esgrimiendo el siguiente argumento: he sido
víctima de malos entendidos por mi amabilidad
y mi espontaneidad.
A mediados de abril y ante la dimensión del
drama, Wojtyla convocó a Roma a los 16 cardenales
americanos para interrogarlos sobre lo ocurrido. Hacía
pocos días que el New York Times lo había
calificado de carecer de reflejos y de la lentitud
propia de un anciano enfermo.
(...) Por culpa del gran daño hecho
por algunos sacerdotes y religiosos, la misma Iglesia
es vista con desconfianza, y muchos se sienten ofendidos
por la forma en que los líderes de la Iglesia
han percibido y actuado en estas circunstancias (...)
El abuso de los jóvenes es el síntoma
de una grave crisis que golpea no sólo a la
Iglesia, sino a la sociedad entera (...) La gente
necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio para
aquellos que hagan daño a los niños,
esos sacerdotes son traidores a su misión (...)
Hay que purificar urgentemente la Iglesia Católica....
El hijo del juez
El caso de la Iglesia de Santa Fe es el más
paradigmático en Argentina en la
problemática de la homosexualidad y la desviación
hacia los abusos, y tendría en monseñor
Storni al modelo a emular por parte de muchos discípulos,
de su séquito y de ex seminaristas.
Los ataques compulsivos del arzobispo no sólo
fueron comentario de los pasillos del seminario, han
sido y son un tema que preocupa y avergüenza
a gran parte de la ciudad, y que como dicen varios
sacerdotes, ha provocado que muchos fieles abandonaran
la fe y desconfiaran de la jerarquía.
Un prestigioso sacerdote de la vieja escuela, que
por ahora prefiere callar su nombre, vivió
un momento muy violento con respecto a este tema:
Un verano me invitaron a pasar unos días
a la casa de la Curia, en Calamuchita. Allí
los muchachos del seminario disfrutaban del aire libre
y los más viejos respirábamos un poco
más de aire. Fueron varios sacerdotes, asesores
espirituales y también fue el obispo Storni.
Yo ya estaba enterado de las inclinaciones de monseñor
pero trataba de convencerme de que era la fantasía
popular debido a su aspecto más bien amanerado
y su forma de ser polémica. Pero un día,
en los pasillos de la casa, me crucé con uno
de los chicos de 18 años que corría
desencajado, llorando. Lo seguí, lo llevé
a un lugar privado y le pregunté qué
le pasaba. Sólo repetía como un autómata:
Yo lo mato a ese degenerado, lo mato, antes
de que me vuelva a poner un dedo encima, le juro padre
que lo mato.
Ese joven, hijo de uno de los jueces más renombrados
de San Fe, cursaba el segundo año de seminario
y conocía a Edgardo Gabriel Storni desde que
era adolescente, porque el arzobispo visitaba asiduamente
su casa familiar, como lo hacía con muchas
casas de gente influyente. Seguramente, deseaba secretamente
al hijo de ese juez desde su pubertad, pero pocas
veces lo había tenido en esa situación
de indefensión, en ese clima de jolgorio juvenil
y a distancia de la ciudad, como esa tarde de enero
de 1992, en la que se le tiró encima, intentó
besarlo y le manoseó los genitales. El seminarista
reaccionó con asco y violencia frente al arrebato
de locura del purpurado, lo empujó, le dio
un puñetazo en el estómago y salió
corriendo, temblando de la furia y la indignación.
Al viejo sacerdote se le revolvieron las entrañas
cuando el chico le contó los detalles de lo
que le había pasado, pero no pudiendo hacer
allí otra cosa, atinó a tranquilizar
al joven y a prometerle que esa situación de
abuso, que tanto lo había dañado, no
quedaría así. Le prometió que
personalmente hablaría con el obispo y que
haría todo lo que pudiese, por encima de él,
para que no se repitieran estos hechos humillantes.
Cuando volvió a Santa Fe de la Veracruz, desde
su humilde casita, muy cercana a la iglesia de la
que era cura párroco, le escribió a
Storni la siguiente esquela, a la que tuve acceso:
Esto no es una carta sino una confidencia de
amigo. Tuviste un serio desliz que afectó a
un grupo en plena formación espiritual y humana.
No te juzgo ni te condeno, no me corresponde. Sólo
te sugiero que reflexiones en Cristo y tomes conciencia
de la gravedad de tus actos.
No pasaron muchos días entre el envío
de esa carta y el encuentro que mantuvieron los dos
clérigos, frente a frente, en el despacho episcopal.
El viejo sacerdote contó:
Me recibió cordialmente, pero nervioso.
Caminaba de una punta a la otra de la sala, gesticulaba
y me preguntaba sobre la marcha de mi iglesia y otros
temas menores. Hasta que por fin se quebró
y me dijo: siento vergüenza.
Yo en ese momento tuve la sensación
de que comenzaría a gritar, como sabía
que lo hacía, o que me comunicaría mi
traslado. Pero nada de eso, el obispo me sorprendió
con un abrazo contenido, sentido y humano, y me dijo:
Muchas gracias, así se hace.
A pesar del shock que le causó esa reacción
ambigua, el viejo sacerdote sabía que la autoridad
máxima de su iglesia era compulsivo por naturaleza
y le dio a ese abrazo el mismo valor que el ataque
amoroso del que fue víctima el seminarista:
un arranque, un arrebato, un acceso de pasión
que no lo convenció demasiado. El cura se explayó:
De esa carta me guardé una copia y se
la di a un sacerdote que estaba muy enterado del tema
irregular del seminario. Él había sido
rector allí y se fue por muchísimas
diferencias con la cúpula de la iglesia santafesina.
Un día recibí un llamado telefónico
de monseñor José María Arancibia,
quien ya entonces era arzobispo de Mendoza. Fue muy
breve y muy amable. Se presentó, me dijo que
sabía que yo tenía cosas importantes
que contar y me citó para el otro día
en Paraná, que queda enfrente de Santa Fe,
cruzando el río, en la casa del arzobispo Karlic
(Estanislao). Yo no tengo movilidad, porque nunca
necesité, siempre algún muchacho de
la comunidad me acercaba cuando tenía que ir
a ver a un enfermo y en casos de extrema unción,
los familiares de las personas me venían a
buscar. Pero ese día, como fue todo tan repentino
y tenía que salir de la ciudad, le pedí
a un sobrino que me llevara a través del túnel
subfluvial.
Cuando me encontré con Arancibia, me
dio la misma impresión que me había
dado por teléfono: un hombre cordial, muy sencillo
y cálido, abierto y con ganas de escuchar.
Yo lo primero que le pregunté fue qué
necesitaba de mí, porque aunque me lo imaginaba,
temía equivocarme. Entonces, con total naturalidad
sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro
y empezó a leer. Yo me toqué el bolsillo
izquierdo de mi camisa y palpé si tenía
la carta. La tenía. Pero Arancibia tenía
su propia copia y me la leyó del principio
al fin. Me sorprendió, pero después
no fue muy difícil descubrir quién le
había dado la carta y la información.
Conté todo lo que había visto en la
casa de descanso, todo lo que me contaron con posterioridad,
todos los abusos sexuales de Storni con los chicos.
No omití ningún detalle.
Lo hice con espíritu de reparación,
de purificación, no con el ensañamiento
que muchos tienen. A ellos no los condeno, los entiendo.
Pero yo soy un hombre de Iglesia y creo que todos
merecemos oportunidades. Storni también merece
tener un lugar, quizás en el Vaticano, encargándose
de cuestiones institucionales, pero no cerca de jóvenes,
porque ese hombre no se domina, no puede con su enfermedad.
Puede hacer mucho daño y lo ha hecho. A muchos
jóvenes. Su problemática no tiene una
solución rápida y no es justo que le
arruine la vida a muchachos que pueden confundirse,
que van al seminario a convertirse en ministros de
Cristo y pueden terminar algunos decepcionados en
su fe o asqueados, y otros confundidos sexual y afectivamente.
Según Pepe Rodríguez, un 20 por
ciento de los sacerdotes ha mantenido o mantiene algún
tipo de relación homosexual, de manera habitual
o esporádica, o realizada como actividad excluyente
o complementaria. De ellos, un 12 por ciento serían
estrictamente homosexuales, es decir, con tendencia
exclusiva a mantener relaciones sexuales con varones,
ya sean éstos mayores o menores de edad.
En la población general señala
la medida de varones homosexuales asciende a un 4
al 6 por ciento. De la comparación se deduce
que los porcentajes estimados para el clero son anormalmente
altos, lo que no es difícil de explicar.
El enemigo número uno de la formación
eclesiástica del sacerdote ironiza el
teólogo Hubertus Mynarek es y continúa
siendo la mujer. No resulta extraño que algunos
candidatos al sacerdocio busquen y encuentren una
salida en los contactos con personas del mismo sexo.
Sin embargo, hay una diferencia entre jóvenes
con una marcada tendencia homosexual, que ingresan
al seminario pensando que el celibato sería
una buena solución a sus deseos prohibidos.
Otros menos inocentes saben que los internados, seminarios
y conventos son lugares privilegiados para tener contacto
con personas del mismo sexo, en el amplio sentido
de la palabra. Pero hay otro gran número de
jóvenes heterosexuales para quienes la homosexualidad
se convierte en una válvula de sustitución
para la relación con el otro sexo, reprimida
y prohibida por la Iglesia católica.
La investigación
Fue en mayo de 1994 cuando, frente a tanto escándalo
y rumores, el Vaticano ordenó investigar la
conducta sexual de monseñor Edgardo Gabriel
Storni. Para entonces ya hacía una década
que había decidido su nombramiento como pastor
santafesino, por sugerencia del nuncio apostólico,
Ubaldo Calabresi, de quién era íntimo
amigo.
El prestigioso arzobispo de Mendoza, José
Pepe Arancibia fue el encargado de la investigación
y realizó una tarea que fue más allá
del Código del Derecho Canónico: instalado
en la casa particular del arzobispo de Paraná,
en Entre Ríos, Estanislao Karlic, entrevistó
a un total de 47 personas, la mayoría seminaristas,
que a escondidas de Storni, viajaban a testimoniar
a Paraná. La investigación terminó
en diciembre de ese año y el expediente está
en Roma.
El 22 de diciembre, el vespertino santafesino El
Litoral se hacía eco, aunque en forma cauta,
de lo que había publicado ese mismo día
el matutino Rosario 12, el cual, citando fuentes inexpugnables,
dio los detalles de la investigación.
El Litoral consignaba que según Rosario 12
las denuncias habrían llegado directo
a Roma y con desconocimiento de los obispos argentinos,
y como consecuencia se ordenó la investigación.
Bajo el título de ¿Investigado?,
la información sostenía que el
arzobispo de Santa Fe estaría siendo investigado
por cuestiones que involucran a su actividad personal
y afectarían el desarrollo de su pastorado.
El matutino Rosario 12 señala a monseñor
José María Arancibia como el delegado
y encargado principal de la investigación,
para lo cual entrevistó a casi cincuenta personas,
entre sacerdotes, seminaristas, psicólogos
y laicos cercanos al desarrollo de la vida del seminario
de la arquidiócesis.
Se señala también que un juez
federal de la provincia habría declarado ante
el secretario general del Episcopado. Consultados
por este medio, tanto el juez Raúl de la Fontana
como el doctor Víctor Bruzza negaron haber
concurrido y tener conocimiento de la actuación.
El principal observado, monseñor Storni,
consultado por El Litoral, negó conocimiento
de un procedimiento de ese tipo, así como de
las causas que lo hubieran motivado.
Storni amplió, sin mostrarse especialmente
afectado por tamaño escándalo: Estoy
sorprendido, desconocía la investigación
y la denuncia que la motivó, pero las puertas
del arzobispado y yo estamos abiertos para ser investigados.
Monseñor Arancibia no confirmó,
ni desestimó lo publicado en el periódico.
La ciudad fue un hervidero de rumores, comentarios
escandalosos y pocas certezas. Desde diferentes lugares
de la arquidiócesis, tanto la feligresía
como parte del clero esperaban que, frente a semejante
escándalo, Storni diera un paso al costado.
O bien, que la misma Iglesia lo destinara a otra honorable
misión, en lo posible fuera del país,
pero nada de eso pasó. Eso sí, entrado
el año 2001, corrió la versión
en Santa Fe de que el arzobispo tenía garantizado
un lugar en la biblioteca del Vaticano, pero que su
partida no se concretaba porque Blanca, su madre,
estaba ya muy anciana y enferma, y el hijo no quería
dejarla sola.
En oportunidad de la investigación, los únicos
apoyos que recibió Storni en Santa Fe fueron
los de la propia intendencia, de algunos concejales
y grupos laicales, y de la CGT local. Curiosamente,
en varias solicitadas aparecidas en el diario El Litoral,
figuraron nombres que luego desmintieron haber firmado
ese documento, ni haber sido consultados para ser
incluidos en lista de apoyo alguno.
El miembro de la jerarquía eclesiástica
que más apoyó en esos días, de
manera incomprensible para muchos fue el actual
obispo de Santiago del Estero, monseñor Juan
Carlos Maccarone, por entonces obispo titular de Mauriana,
auxiliar de Lomas de Zamora y presidente de la Comisión
de Educación y Cultura del Episcopado. El 28
de diciembre de 1994, El Litoral publicó entre
otras solicitadas de personalidades de la provincia
y la ciudad, la de monseñor Maccarone:
Estoy consternado por el daño inferido
al arzobispo de Santa Fe. Me encuentro aquí
exclusivamente para apoyar al arzobispo Storni en
estos momentos que tiene que probar el trago amargo
de la difamación, expresó, señalando
además que desconocía quiénes
habían realizado la denuncia por la cual aquel
estaba siendo investigado.
El diario El Litoral consignó:
Como consecuencia de los últimos acontecimientos
de estado público, monseñor Maccarone
llegó ayer a la ciudad y tuvo una entrevista
con monseñor Storni, en la que le dio muestras
de aliento, no sólo personales, sino de altos
mandatarios de la Iglesia.
Maccarone señaló: habiendo
sido hospedado en los días de la Convención
Constituyente como representante del Episcopado, percibí
no sólo su sano celo pastoral, sino la vitalidad
de una Iglesia servicial, comprometida en líneas
pastorales que abarcan todo el ancho espacio de la
caridad.
No dejo de expresar mi consternación
por el daño inferido al pastor y a la comunidad
diocesana.
Ruego para que el perdón alcance la
debilidad de quienes han producido tanto daño,
las grietas de una pretendida difamación se
transformarán sin duda en la roca de la verdad.
Al viejo sacerdote que enfrentara al arzobispo, como
a muchos de los que declararon en Paraná en
contra de Storni, las cosas no le fueron demasiado
bien. Pasado un tiempo, me recibió y contó:
En mi parroquia hay mucha actividad juvenil
y así como el muchacho que fue víctima
de Storni era uno de mis pichones, y que por eso lo
defendí, no sólo a nivel pastoral sino
también personal, han ido otras vocaciones
al seminario de nuestra comunidad. Después
de todo el escándalo, un día vino a
verme Diego, un muchacho que recién había
ingresado al seminario, muy dolido porque lo habían
echado. Le pregunté por qué y me dijo
que no sabía. Entonces fui a la Curia para
interiorizarme, hablé con el padre Santiago
Copello y me dijo que él no estaba al tanto
de lo que pasaba en el seminario. Entonces hablé
con el padre Grassi, y me contestó que no estaba
enterado de nada. Finalmente, fui a hablar con Mauti,
el director del seminario, y me contestó de
manera ambigua, sin señalarme un motivo puntual
para la expulsión. Yo estaba muy preocupado
y dolido. Pero después de la indiferencia con
que me trataron y la iconsistencia de los argumentos,
me di cuenta de que el problema de Diego había
sido pertenecer a mi comunidad y ser uno de mis recomendados.
Todos los testimonios que monseñor Arancibia
recopiló prolijamente fueron enviados al Vaticano,
vía la Nunciatura. Hasta el día de hoy
no se sabe de ninguna resolución papal respecto
de la investigación. Los involucrados en la
misma, desde seminaristas hasta sacerdotes, se mostraron
profundamente decepcionados por el silencio de las
autoridades religiosas. Cada uno de nosotros
expuso ante Arancibia todos los horrores que habíamos
vivido en el seminario. Había chicos que le
contaron cosas humillantes, asquerosas y que removieron
recuerdos dolorosos. Es cierto que Arancibia fue muy
comprensivo y contenedor. Él nos decía:
No tengan miedo muchachos, yo he escuchado cosas
peores y nos alentaba a hablar. Lo cierto es
que tanto nosotros, como los sacerdotes nos arriesgamos
mucho, ya que vivimos en Santa Fe. Pero lo hicimos
convencidos de que valía la pena, de que serviría
para evitar futuros abusos de Storni. Un día,
Arancibia se despidió y no volvimos a saber
nada de él, ni de lo que le contamos. Seguramente
la gravedad del caso trascendió a él
y no pudo hacer nada. Pero humanamente merecíamos
una respuesta, confesó un seminarista.
Un alto funcionario de la Iglesia, aseguró
que la investigación sobre Storni llegó
a Roma y que allí quedó. A tal punto
que el arzobispo Storni viajó al Vaticano,
permaneció quince días, paseó,
vio a sus amigos y regresó como si nada hubiera
pasado. Qué explicaciones brindó y ante
quiénes, sigue siendo un misterio.
El 25 de junio de 2000, durante la procesión
de Corpus Christi, Storni tuvo el tupé de hacer
un largo discurso moralista respecto de la sexualidad
humana y la salud reproductiva. Los párrafos
más salientes de su alocución, en lo
que se refiere a este tema, fueron las siguientes:
(...) Este siglo xx que fenece, se proyecta
en el futuro inmediato como el siglo de las mayores
matanzas entre los hombres. La historia atestigua
de guerras, genocidios, exterminios, terrorismo, opresiones,
explotaciones hasta de niños, crímenes
de todo tipo, que han ido cubriendo toda la geografía
del planeta, abarcando los más diversos pueblos,
grupos y niveles de la humanidad.
Pero, ha llegado al colmo en los abiertos,
promovidos y planificados atentados contra la vida
inocente e indefensa. A partir de una mentalidad materialista,
no se duda en promover la antinatalidad y la eutanasia,
hasta cegar compulsivamente las fuentes de la vida.
¡Más aún!: eliminar sin escrúpulo
alguno, la vida concebida, así como también
la vida en su ocaso; es decir, eliminar al hombre.
Matarlo. Y esto ha ido llegando hasta nosotros, metiéndose
en nosotros.
La campaña organizada internacionalmente
bajo los eufemismos (¡qué jerga!) de
género, salud reproductiva, derechos
de la mujer, planificación familiar que
entraña y empuja a la práctica del aborto
ya ha logrado irrumpir en el campo del ordenamiento
jurídico argentino, violando lo establecido
en la Constitución nacional.
Se da paso así, al genocidio sin límites,
el mayor de cuantos conocidos. Porque muchos que se
rasgan las vestiduras ante los crímenes del
Hitler o de Stalin, están enrolados en la misma
monstruosa línea de pensamiento y acción.
Con una arrogancia en sus afirmaciones seudocientíficas
y falseadas estadísticas, y una inmoralidad
en sus estrategias operacionales, que repugna a cualquier
conciencia elementalmente formada.
Se agravan estos crímenes porque sus
primeras víctimas son las personas inocentes
e indefensas. Y porque se hacen invocando derechos.
Pretendidos derechos, que conculcan todos los auténticos
derechos humanos, pues niegan el primero y fundamental:
el derecho a la vida. Sin el cual no hay sujeto alguno
de cualquier otro derecho.
Duele también este extravío fatal,
pues intentando la legalización de tales prácticas,
desnaturalizan el poder y atacan al pueblo a cuyo
servicio están las funciones públicas.
Tal vez, sus autores apelen a la democracia,
cuando van directamente en contra de ella, al ir en
contra del pueblo, en cuanto lo enerva o lo elimina;
al llevar a cero la natalidad; al provocar de
hecho y de intento la promiscuidad sexual, el
vicio degradante, sin reparar en límite alguno,
ni siquiera de edad. Pero, la falacia es total,
cuando se pretende hacer de toda legítima oposición
a tal monstruosidad, un planteo religioso, remitiéndolo
como recurso indebido al plano de la fe.
¡Cuando el planteo lo hace la misma razón,
desde la verdad dada de la naturaleza humana anterior
al hombre mismo, y como exigencia de la moral natural,
que grita desde el fondo de la conciencia: no
matarás!
¿Qué mueve a tantos argentinos
y principalmente a tantos representantes del pueblo,
a hacerse cómplices de tales crímenes?
No sólo las ideologías totalitarias
o el pansexualismo reinante. También, más
aún, las exigencias de un imperio económico
que impone sus leyes, en salvaguarda del bienestar
de las sociedades ricas y hedonistas, y el lucro de
empresas y laboratorios, a costa de la eliminación
de las clases y los países pobres. ¡Los
pobres molestan, se pueden volver en contra! ¡Abajo
los pobres! Para lo cual así condicionan los
préstamos usurarios a las naciones empobrecidas
haciendo de los respectivos estados sus agentes serviles.
Pues, éstos en lugar de servir al hombre, se
convierten en estados proxenetas del vicio degradante.
Hay ciertamente una necesidad de plantear la
paternidad responsable. Pero sin menoscabar el respeto
de la vida, el derecho a la vida; cuya afirmación,
promoción y defensa, corresponde a todo hombre
que no renuncie a la verdad de su naturaleza y al
uso de la razón; pero de un modo particular
a las familias, pues es una cuestión de testimonio
y educación. No de una mera instrucción
a cargo del estado. Menos de reparto de elementos
anticonceptivos, ni de métodos en su mayoría
abortivos.
Se requiere una educación para el amor
verdadero entre varón y mujer y una transmisión
honesta y generosa de la vida. Por tanto, una educación
que parta de una antropología integral, de
la verdad total del hombre, nunca reducido a la genitalidad,
nunca coincidente con el egoísmo estéril.
Y aquí quisiéramos ver al estado,
favoreciendo la familia y sus derechos intangibles
a educar y en esta concreta argentina, peligrosamente
despoblada y sociológicamente envejecida, no
destinando dineros (que engendra tal vez más
esclavizante deuda) para favorecer la antinatalidad
y las patologías encubiertas, llevando al suicidio
de la nación.
Para que la Argentina se levante, rejuvenecida
en nuevas, limpias, heroicas generaciones. Para que
se levante el hombre argentino ¡para que viva!
Sí, ¡que viva el hombre argentino! Y
puedan los argentinos del tercer milenio, los niños
y jóvenes de hoy, sus próximos protagonistas,
apostar al amor, fundar familia, tener el coraje y
la alegría de transmitir la vida (...)
A quienes amen la vida, y quieran vivirla y
donarla en el amor. Esta eucaristía, al unirnos
en comunión con Jesús, nos alcance el
espíritu y nos de inteligencia, fe, fortaleza
y misericordia. Para mientras Él vuelve
vencer la derrotada cultura de la mentira, el egoísmo
y la muerte, con la victoriosa cultura de la verdad,
el amor y la vida. Jesús nos lo urge, nos lo
impera, ante todo, como a concientes ciudadanos del
mundo, responsables constructores de la Sociedad.
¡Alabado sea Jesús en el santísimo
sacramento del altar, pan de vida, para la comunión
de todos con Dios, uno y trino, y la vida nueva de
la humanidad!
Oídos sordos
La complicidad del Poder Judicial de Santa Fe con
la autoridad de la Iglesia local ha sido tan tácita
y aceptada, que en los primeros días de diciembre
de 2000 el área legal del programa Derechos
del Niño de UNICEF, recibió una carta
denuncia al respecto. La misma llevaba las firmas
de Stella Dalla Costa, Alejandra Ocaño y Oscar
Oliva, la primera madre sustituta de Ramón
Pucheta, de 15 años, y los segundos, padres
de Gabriel Oliva, de 5 años. Ambos chicos eran
alumnos del Colegio Concepcionista San Cayetano, y
relataron haber sido abusados por el cura Carlos Vece,
de la arquidiócesis de Storni, discípulo
e íntimo amigo del arzobispo, según
todas las fuentes consultadas. Esa carta decía
así:
Por la presente, nos dirigimos a usted ante
la falta de respuesta de los organismos administrativos
y judiciales, quienes deberían hacer cumplir
la Convención de los Derechos del Niño,
y alarmados por informaciones periodísticas
vertidas sobre el cierre de la causa por falta de
méritos, de hechos aberrantes que involucrarían
a un sacerdote en contra de la integridad física
y psíquica de menores.
La comunidad santafesina se conmocionó
por denuncias periodísticas, efectuadas por
una radio local (LT 9), en el mes de julio/00, donde
niños y padres de menores del Colegio Concepcionista
San Cayetano, acusaban al sacerdote del establecimiento
(padre Carlos Vece - representante legal) por abusos
sexuales y castigos corporales y psicológicos,
en contra de los niños internos que allí
viven. Cabe aclarar que la Dirección del Menor,
la Mujer y la Familia y el Juzgado de Menores de esta
ciudad, pagan plazas para la manutención de
estos niños y ninguno de los dos tomaron medidas
de protección para los menores que allí
residen.
Todo se desencadenó cuando un adolescente
de 15 años (Ramón Florencio Pucheta-interno),
bajo la tutela del Juzgado de menores de la ciudad
de Rafaela (Santa Fe), a cargo de la doctora Liliana
Spaggiari, se fugó del colegio y recurrió
a la radio antes mencionada realizando denuncias gravísimas
en contra del religioso y del personal del colegio
que estaba en contacto con los niños. Dichas
denuncias periodísticas se ratificaron en el
Juzgado de Menores de Santa Fe a cargo del doctor
González y luego en el juzgado de Rafaela.
El expediente cuenta con siete carillas y dada la
magnitud de la problemática y el hecho de que
involucrara a los demás niños internos,
la causa fue derivada al Juzgado Penal de Instrucción
de la Primera Nominación a cargo del doctor
Dardo Rociani, caratulado: Pucheta s/denuncias.
Esto motivó la reacción de padres
de otros niños que habrían sufrido o
que fueron testigos de hechos del mismo tenor, todas
estas denuncias se radicaron directamente en el Juzgado
de Instrucción (doctor Rociani) y hasta la
fecha nada se ha concretado, ni se tomaron medidas
preventivas, ante la duda, a efectos de salvaguardar
la integridad de los menores de entre 5 y 17 años
que viven actualmente en el establecimiento.
De las denuncias, la que más horrorizó
a la opinión pública, fue la de una
mamá (Alejandra Ocaño) de un niño
de 5 años (Gabriel Oliva), quien recurrió
a los medios periodísticos, ya que a pesar
de haber denunciado ella los abusos sufridos en contra
de su hijo, fue maltratada cuando recurría
al juzgado a preguntar sobre el estado de la causa
y llegaron a decirle en una oportunidad que el niño
fabulaba. Ante la falta de contención e inacción
por parte del juzgado, la señora de Oliva solicitó
que declarara el psicólogo que atendió
al niño, y éste corroboró los
dichos de la madre. Todo esto fue adjuntado al expediente
de Pucheta y con la misma carátula, tomándolo
como testimonio y no como denuncia (juzgado doctor
Rociani). Cabe aclarar que el niño Gabriel
Oliva, actualmente está siendo asistido por
profesionales de atención a la víctima,
a cargo de la psicóloga Laura García
Puente y la abogada Virginia Balanda.
Tenemos conocimiento de que existen otras denuncias
en el Juzgado de Menores de Santa Fe, de otros familiares
de menores que residen o residieron en el colegio,
pero éstas no fueron derivadas al Juzgado de
Instrucción de la Primera Nominación,
donde están radicadas las otras denuncias.
No queremos abrir juicios en contra de nadie,
simplemente queremos una justicia imparcial, y como
diría un periodista amigo (Alejandro Colussi),
que se castigue de la misma forma a un ladrón
de gallinas y a quien viste una sotana. Muchas gracias
por su atención a esta carta producto de la
impotencia que viene generando el accionar impune
de muchos sectores de la sociedad.
Vale acotar que a fines del año 2000, el sacerdote
en cuestión, Carlos Vece, falleció sin
que la justicia, que proclamaban padres de alumnos
víctimas de sus abusos, lo rozara siquiera.
Es probable que Dios, harto de esperar en vano la
justicia terrenal, haya ejercido la suya matándolo
y remitiéndolo a Satanás.
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