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Santa Fe,   Viernes, 10 de Octubre de 2008 | 09:52:43 p.m. 
  SECCION: PARA NO OLVIDAR
CASO STORNI: "EL PRINCIPE Y EL PASTOR"
 

“Era de noche. Lo llamaron al dormitorio principal. El chico fue creyendo que debía cumplir alguna de sus obligaciones diarias de ceremonial. Entró a la habitación sólo alumbrada por dos veladores de bronce y una extraña sensación de intimidad le inundó el cuerpo y lo incomodó. Trató de no pensar y obedeció las directivas de su superior. Lo ayudó a desvestirse. Lo hizo con pudor pero creyendo que era algo normal en el seminario y que se tenía que acostumbrar a las normas de ese lugar al que había llegado hacía tres días. Tembloroso frente al cuerpo sexagenario, le sacó prenda por prenda... Cuando terminó, vio caer el cuerpo flácido del arzobispo sobre la cama, con su desnudez sólo cubierta con una toalla. El chico creyó que ya había cumplido con su tarea y se disponía a retirarse, pero se equivocó. Echado en el lecho de dos plazas con respaldo de bronce, monseñor lo llamó insinuante y le pidió que lo masajeara. Cada vez más nervioso, pero movido por el miedo y el respeto que le infundía la figura, el seminarista apoyó sus manos sobre la piel pálida, rosada y fofa, y comenzó a friccionarlo. A los masajes siguió la desnudez completa y el pedido de que se acostara al lado, y que lo acariciara en todo el cuerpo, pero sobre todo, en los genitales.
”Confundido, turbado y temeroso, el muchachito recién venido del campo, hijo de una familia humilde, obedecía y escuchaba las palabras serenas y contenedoras que lo alentaban:

‹—Esto no es pecado hijo, yo soy monseñor Storni, un padre para todos ustedes, los seminaristas. Nuestro amor tenemos que compartirlo. Dios ve bien esta muestra de amor entre dos hombres, entre un padre y su hijo. Él nos apoya desde el Cielo.

”Cuando terminaron, el chico salió perturbado del dormitorio episcopal y se encerró en el suyo. Un compañero lo notó muy mal, le preguntó si lo podía ayudar y a él le relató llorando lo sucedido. Ese compañero fui yo.”

Con una mueca indescifrable de dolor, verguenza y asco, un ex seminarista de Santa Fe me relató así la experiencia que le confesara aquel chico salido de la zona rural. Desde ese momento, la fuente se convirtió en oído elegido por aquel muchacho, y luego por tantos otros, para vomitar el dolor y la confusión de esas relaciones “incestuosas” y abusivas en las que se involucraron, seducidos o empujados, por el religioso más importante de la Arquidiócesis de Santa Fe, de los últimos diecisiete años.

El Rosadito

“Cuando ingresé al seminario, mi tía, que es artista plástica, la oveja negra de la familia, me advirtió unos días antes de irme: ‘Cuidate del rosadito’. Y pensar que yo lo tomé en broma”, cuenta quien fue paño de lágrimas de sus compañeros más débiles y vulnerables, blancos predilectos del obispo. El ex seminarista —cuya identidad no se revelará para no afectar su intimidad— abandonó por propia voluntad, como tantos otros, el camino del sacerdocio. Pero aún hoy recuerda, con vívida mezcla de melancolía, bronca e impotencia, los cinco años que pasó entre las paredes del seminario de la Arquidiócesis de Santa Fe, ubicado en las calles Monseñor Zaspe y Buenos Aires.

“El rosadito”, ése es el apodo del arzobispo de la ciudad, monseñor Edgardo Gabriel Storni. Lo llaman así por su semblante saludable, de mejillas redondeadas y rojizas, dignas de sus orígenes italianos. Lo que no es tan digno es el comentario que hace la calle acerca de sus conocidas andanzas sexuales con seminaristas y sacerdotes de su entorno, y su escandalosa fama de exhibicionista, tema que ha trascendido el ámbito local y llegado, no sólo al Episcopado, sino también al Vaticano, sin que hasta ahora hayan tenido solución.

El ex seminarista continuó:

“Entré al seminario a fines de los ochenta y a los pocos días de llegar escuché lo que ya le relaté. Aquel chico fue el primero de mis compañeros que me confesó su problema, pero no fue el único. Yo me indigné. Sentí que era un abuso de toda clase, pero sobre todo de poder. Lo aconsejé. Yo era más grande, tenía 23 años y no era un tiernito ni mucho menos un sumiso. Después de enterarme lo de ese chico, me fui dando cuenta de que con otros pasaba lo mismo. No eran pocos. Me asqueó. Yo había escuchado comentarios, como todos los de la ciudad, sobre cierta inclinación homosexual del obispo y de su círculo íntimo de sacerdotes, pero nunca pensé que monseñor Storni fuera tan abusador. Tampoco imaginé que quienes conducían el seminario, de donde se suponía tenían que salir jóvenes sacerdotes espiritualmente fortalecidos, fueran tan promiscuos y manipuladores.

”Yo tenía una gran vocación y mucha facilidad para el área intelectual y sufrí mucho con lo que se vivía allí adentro. Muchas veces vi que el arzobispo llamaba a su dormitorio a algún seminarista, —siempre buscaba a aquellos que tenían problemas afectivos con sus padres o eran huérfanos— estaba desnudo y les pedía que lo vistieran. Y el pobre chico asustado lo hacía, mientras él se exhibía desnudo en la habitación. Después venían las presiones para tener sexo y los abusos concretos. Los detalles de todo lo que mis compañeros me contaban eran escalofriantes. Ya pasaron varios años desde que salí de ese infierno y estoy tranquilo con mi conciencia y no me arrepiento de nada. Por eso puedo contar todo esto.

”Al principio me costó mucho separar toda esa experiencia nefasta con esta gente a la que prefiero no calificar, de mi compromiso con la Iglesia y el Evangelio, pero lo logré y sigo siendo un laico comprometido.

”Me fui cuando me estaban por ordenar, tenía vocación pero justo me tocó formarme en el seminario menos humano y contenedor de la Argentina, y el más perverso. Siempre tuve muy buenas calificaciones, pero estaba en permanente guardia, a la defensiva. Al principio por mí, para que nadie me tocara un pelo, porque monseñor era terrible, siempre miraba y decía palabras con doble sentido. Y después, tratando de proteger a amigos más vulnerables. Había chicos que llegaban al seminario a los 17 años, desde el interior de la provincia, con muy poca o ninguna experiencia sexual. Que a ellos el arzobispo los sedujera, les dijera que era su ‹padre› y que tener relaciones sexuales con él no era pecado, los confundía muchísimo. Después, algunos de esos chicos tenían mejor situación, el arzobispo les prometía una buena parroquia cuando terminaran el seminario, los compraba a cambio de sexo. Yo nunca condené las acciones personales, no me preocupó ni me preocupa la homosexualidad manifiesta de la cúpula de la curia de mi provincia, lo que me parece aberrante es el abuso de poder y la manipulación de las conciencias. Eso mancha de lodo y avergüenza a nuestra Iglesia, que como católico quiero y defendiendo.

Con la mirada nublada y la transpiración recorriéndole la frente, pero aliviado por su desahogo, el ex seminarista puso fin así a su relato. Hicieron falta varios encuentros para que se decidiera a soltarlo, dado lo delicado del tema, pero finalmente reconoció que se sentía bien habiéndolo confesando, porque creía que su historia, era parte de la historia del seminario de Santa Fe, de la Iglesia de esa ciudad y de Iglesia argentina.

No es difícil entender, después de haberlo oído, el gran dolor y la profunda bronca que siente frente a la impunidad del poder que desde 1984 gobierna la Iglesia de Santa Fe y que, parece, se perpetuará a pesar de las gravísimas denuncias y procesos realizados, por orden del Vaticano.

El arzobispo es un hombre muy poderoso en la estructura religiosa y política de la zona. Su vida dista mucho de las enseñanzas del evangelio y estas actitudes, conocidas hasta el hartazgo por los habitantes de la ciudad, han alejado a muchos fieles de la Iglesia. Conservador y reaccionario a ultranza, Storni fue amigo de los militares de la dictadura, con los que iba a comer a menudo y quienes —según dicen— compartían con el hombre de la Iglesia su lucha contra “el comunismo ateo”. Como muestra está su declaración en una homilía el 25 de mayo de 1995: “La Iglesia no necesita hacerse ningún examen de conciencia, y mucho menos pedir perdón a la sociedad argentina”.

Los testimonios de los jóvenes que concurrían a la arquidiócesis de Santa Fe son muy detallistas sobre sus costumbres privadas.

Si bien es muy pulcro, monseñor Storni come con gula. La prueba del quinto pecado capital son sus servilletas. En un perchero del comedor del seminario, cuelgan, cada una con su número, las servilletas que corresponden a cada uno de los seminaristas, pero la del arzobispo se distingue a distancia por su dimensión y su especial diseño. Se trata de un enorme babero de toalla con un cuello elastizado —parecido al “comilón” que usan los bebés— y que algún seminarista lo ayuda a colocárselo por encima de la cabeza, muy religiosamente y una vez que ha concluido la plegaria, antes de cada comida. El babero —en realidad tiene dos— es lavado después de cada ingesta porque termina tan manchado como el de un niño. Es que el arzobispo come con toda la desinhibición y la ansiedad de un bebé, o si se quiere, con la libertad y la gula de Enrique VIII.

Si además de los acosos, hay algo que los seminaristas recuerdan de su paso por la Arquidiócesis de Santa Fe, son los ruidos emitidos por el movimiento de su mandíbula, de sus labios y su lengua, saboreando una comida. Pero a él nunca le importaron las carcajadas contenidas de los ocasionales compañeros de almuerzo. Todos debieron acostumbrarse a que el arzobispo “coma rápido y sucio como un cerdo”, tal como coinciden en afirmar los sacerdotes.

Quizá su compulsión tenga que ver con las secuelas de la hernia de iato, que lo afecta desde hace muchos años. Esa enfermedad lo somete a una dieta estricta, que la cocinera controla a rajatablas, pero de la que Storni se aparta todas las veces que puede, con la picardía y la ansiedad de un niño que sabe que está haciendo algo mal pero que le encanta.

Su menú siempre incluyó pescado y comida absolutamente sana, pero en gran cantidad y presentada con la misma opulencia con que él se maneja siempre en todos los órdenes. Aunque sosa e híbrida, su comida siempre ha sido objeto de cierta envidia por parte de los seminaristas, obligados a un menú mucho más magro y menos rimbombante.

En su habitación, Storni tiene una heladera de aproximadamente 1.20 metros de altura, en la que se destacan una gran cantidad de packs de jugos Ades, a base de soja, que le fueron indicados por su médico, y un peceto rojo intenso, convenientemente desgrasado, que es la comida preferida de su mascota, el muy mimado gato Arístides, un ejemplar persa que tiene libre acceso a casi todo el edificio, y especialmente a las privadísimas habitaciones de monseñor Storni.

El dormitorio del arzobispo está en el ala derecha del primer piso, justo en la esquina, por lo que sus ventanales se despliegan en sentido diagonal sobre la ochava que da a las calles San Jerónimo y 25 de Mayo.

Ya desde el ingreso al Arzobispado, se aprecia una amplia y antigua galería en la que se destaca una escalera de mármol. En uno de sus descansos, un imponente retrato hecho al óleo muestra a monseñor Storni con su investidura episcopal, en una de sus posturas características: piernas entrecruzadas y las manos, una encima de la otra, apoyada sobre las rodillas.

Quienes tuvieron acceso a su máxima intimidad, cuentan que ése no es el único óleo del prelado que hay en el edificio. En su dormitorio, aunque semioculto por dos puertas que se unen en una esquina, se halla el otro retrato, que es previo, y que si bien en su momento fue apreciado como una obra excelente, pasó luego a formar parte de las cosas que no resulta conveniente exhibir demasiado.

Los simples observadores que no conocen demasiado de arte, aseguran que no hay demasiada diferencia entre un cuadro y el otro, pero un ojo avizor descubre la diferencia: en el que ahora ha quedado relegado a la intimidad, hay cierta exageración en la definición de las manos del arzobispo. Concretamente, están magnificadas por uñas un poco largas y embellecidas, que transmiten un excesivo cuidado. Son manos que rozan la estética femenina y que parecen producto del trabajo de una manicura. El arzobispo, según cuentan, se hace arreglar las manos por una manicura.

Por la extensa galería vidriada, que funciona como un corredor con vista al patio interior, el arzobispo se desplaza pulcro y principesco como lo hiciera su principal referente, monseñor Nicolás Fassolino. Desde la larga galería, ambientada sólo con un sillón mecedor de madera, en cuyos almohadones yacen los infaltables pelos de Arístides, se puede ver el patio de mosaicos, en el que no hay césped, aunque sí prolijos canteros con plantas y arbustos, bellos y muy cuidados, que sirven de escenario natural al tucán —otra de las debilidades del ministro de la fe— más exótico y elegante que un papagayo.

En la galería también hay un mueble bajo, de madera oscura, sobre el cual está el equipo de música. Allí, a la hora de elegir, monseñor no duda en privilegiar a los clásicos.

La habitación del arzobispo tiene pocos muebles: una amplia cama con respaldo de bronce y detalles en el mismo material, dos pequeñas mesitas de luz de mármol, con veladores de bronce, y un ropero antiguo, sin un estilo definido, de madera oscura. Allí cuelga sus sotanas y sus casullas personales (lazos que se colocan en los hombros o en la cintura). Sus preferidas son las que él llama “romanas”, porque las trajo de esa ciudad. Allí también reposan los roquetes, sus camisas y pantalones negros, sobrios e impecables, que utiliza en su actividad no ceremonial. Previa consulta al arzobispo, el maestro de liturgia es el encargado de indicarle al seminarista que hace las veces de mucamo, que coloque prolijamente sobre el lecho episcopal las prendas que el arzobispo usará una vez que haya terminado su baño de espumas.

Enfrentado a la cama, hay un perchero de pie, de madera oscura, y una cómoda baja que se apoya sobre la pared donde dan los ventanales, cubiertos por generosas cortinas. Sobre esa cómoda, donde monseñor guarda sus objetos íntimos, un portarretratos muestra la foto de casamiento de su sobrina predilecta: Gaby. Se la ve con el velo blanco nupcial y el rostro desbordante de felicidad. Hija de una hermana de Storni, en su adolescencia y juventud Gaby frecuentó mucho la Catedral, el Arzobispado y todos los espacios en los que estuviera su tío, por quien profesa mucho amor y devoción.

Tanto la cama como los sillones tienen un sello distintivo: una copiosa capa de pelos de Arístides, el gato amo y señor de todos los espacios.

En la antesala está la biblioteca de Storni. El habitáculo es el acceso casi obligado para acceder al dormitorio, ya que las puertas que tienen salida directa al corredor suelen estar cerradas y según cuentan los seminaristas, una de ellas estuvo mucho tiempo clausurada. Allí monseñor tiene un escritorio de madera oscuro, no demasiado grande, y su sillón, en el que se sienta para reflexionar, o para dar clases a los seminaristas. En los laterales del despacho, enfrentadas a las puertas, están los grandes ventanales desde donde se ven la calle San Jerónimo, la plaza y la Catedral.

Majestuosa e imponente, se erige detrás del escritorio, abarcando toda la pared, una biblioteca abarrotada de libros, que al arzobispo le resulta muy funcional ya que no tiene más que girar en su sillón y alargar la mano para tomar un libro y leer, o hacer leer, en latín o en español, lo que le interesa.

En esa biblioteca grande pero simple, hay otras fotos. En una se lo ve solo; en otra está con el cardenal Samoré, enviado por el Papa a la Argentina en los tiempos del litigio con Chile por el Canal de Beagle; y en una tercera, posa junto a su alter ego, el cardenal Fassolino. Pero no hay ninguna de su antecesor, monseñor Zaspe, de quien fue durante un par de años su obispo adjutor. ¿No es curioso que Storni no haya previsto un espacio en esa larga repisa, para colocar una foto de Zaspe, o al menos una de las tantas en las que los dos representantes de Cristo en la Tierra se mostraron juntos?

Además de su compulsividad por la comida, el arzobispo siente pasión por la velocidad. Siempre conducido por algún secretario, que muchas veces es un seminarista, obviamente, Storni ocupa ahora el lugar de copiloto, pero antes, y durante muchos años, condujo a todo lo que daba su Renault 12, azul grisáceo. Con él emprendía viajes cortos por toda la provincia de Santa Fe y otros más extensos, hacia Córdoba, por ejemplo, donde además de desarrollar tareas pastorales visitaba a una de sus hermanas. La otra vive en el interior de Santa Fe, al igual que su madre, Blanca, quien ha seguido muy de cerca la vocación de su hijo e incluso se la ha fomentado. A pesar de ser arzobispo, la relación madre-hijo siempre fue muy estrecha.

Más de una vez, Blanca ha dormido en la habitación de huéspedes del Arzopispado y en alguna ocasión, cuando ésta estuvo ocupada, en la cama de su propio hijo.

La Iglesia y los gays

“El homosexual manifiesta una ideología materialista que niega la naturaleza trascendente de la persona humana, como también la vocación sobrenatural de todo individuo; la práctica de la homosexualidad amenaza seriamente la vida y el bienestar de un gran número de personas; la homosexualidad pone seriamente en peligro la naturaleza y los derechos de la familia; la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad, porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios.”

Todas estas afirmaciones condenatorias se incluyen en un documento de la Iglesia titulado Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales, aprobada en 1986 por Juan Pablo II y firmado por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto en ese momento de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), donde se juzga y sentencia no sólo la práctica homosexual sino también su mera inclinación.

Muy lejos de esas afirmaciones inflexibles y peyorativas se halla un grupo de gente católica que entiende y respeta las diferencias

como parte de la misteriosa condición humana, ya sea en un laico o en un religioso, aunque en este último caso los alcances de los límites de la privacidad son más difíciles de determinar. De cualquier forma, le corresponde en principio a la jerarquía eclesiástica detectar a sus miembros con inclinación homosexual, “sanar sus órganos enfermos” si esto fuera posible, darles contención y apoyo, y trasladar a aquellos que puedan afectar el funcionamiento de la Iglesia. De la misma forma que no se emplea a un piromaníaco en un cuartel de bomberos, tampoco un arzobispo incapaz de manejar su sexualidad puede estar al frente de un seminario.

En su libro La vida sexual del clero, el periodista español Pepe Rodríguez afirma:

“Aunque la formación clerical tiene mucho que ver con la etiología de miles de comportamientos homosexuales, la madre Iglesia rechaza vehemente no ya su responsabilidad en el tema, sino su mismísima existencia. La jerarquía católica pretende ignorar el comportamiento de cerca de una cuarta parte de sus sacerdotes, pero no lo desconoce, ni mucho menos.

”A pesar de que el código canónico impone a los reos de la homosexualidad la pena de infamia —pérdida del honor en sentido canónico—, la suspensión sacerdotal y la expulsión de la Iglesia (también para el caso de los creyentes laicos), la realidad es que la legión de sacerdotes católicos homosexuales no sufre castigo alguno mientras mantenga sus prácticas sexuales en la más absoluta reserva.

”Eso es justamente lo que no hizo el padre José Mantero, vicario de la parroquia Nuestra Señora del Reposo, de Valdeverde del Camino, una pequeña localidad andaluza. ‹Doy gracias a Dios por ser gay› le confesó a la revista Zero, una publicación mensual destinada al público homosexual, en febrero de 2002. La frase fue el título de la nota y al salir publicada estalló un escándalo que dio la vuelta al mundo. Al cura, de unos cuarenta años, se lo veía en la foto con arito y barba recortada, pulsera de tachuelas y el clásico cuello blanco. En esa nota el cura Mantero reveló que hacía ocho años se había enamorado de un hombre con el que vivió una experiencia que calificó como ‹muy bonita, muy morbosa y que acabó mal›.

”‹No vivo ni mucho menos en la continencia, el continente ya no existe, continente no hay nadie (...) Lo normal es callar, negar tu propio ser; así estás anulado, eres más controlable y no haces ruido, que siempre molesta. Lo que se quiere negar es el hecho homosexual, negar que en nuestras filas hay maricones (...) Me gustaría que esto fuera un pequeño germen, una semillita para que un día podamos ver que desaparecen de la Iglesia declaraciones homofóbicas y que esto se admita de forma natural›”, explicó.

Tres días después, José María Roldán, portavoz del Obispado de Huelva, de la que depende la parroquia de Valdeverde del Camino, dijo que seguramente el cura iba a ser suspendido “a divinis”, pero que de todas formas, el obispo Ignacio Noguer, quien “se siente muy dolido”, había decidido no tomar ninguna determinación hasta no hablar personalmente con Mantero.

En la Iglesia española hubo opiniones diversas. Mientras el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Gea, consideró que Mantero era “un enfermo”; el auxiliar de Barcelona, Joan Carrera, consideró que “no es un problema de orientación sexual sino de incumplimiento del celibato, su historia personal a mí me merece respeto, porque supongo que habrá sufrido mucho”.

Por su parte, el obispo Juan José Asenjo, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, dijo que la homosexualidad “es una desviación moral”, recordó que la Iglesia “no admite la práctica de la homosexualidad, la considera un pecado, un desorden moral” y que Mantero “tiene otro motivo para vivir la castidad y la continencia, que es la ley del celibato que él libremente asumió al hacerse sacerdote”.

A todo esto, el cura de Valdeverde del Camino había viajado a Madrid y hecho nuevas declaraciones, esta vez al diario El Mundo. En un artículo que se tituló “Dios habla de muchos modos”, contestó con esta frase a las críticas que se le hicieron:

“¿Qué más dará que uno sea heterosexual o hilandera de Velázquez, gay o camionero del área de servicio, transexual o Buster Keaton vestido de corto?”.

Poco después, declaró que estaba dispuesto a encabezar un movimiento gay dentro de la Iglesia católica porque a su juicio “es perfectamente compatible el ser sacerdote con desarrollar una vida sexual activa, que no salvaje, sino normal (...) Ser homosexual no es ser un enfermo, ni desviado, ni invertido, ni es un desarreglo moral, sino un hecho totalmente natural (...) En el plano cristiano no solamente no es pecado, sino que es un don de Dios, al igual que lo es ser lesbiana o heterosexual. Dios no quiere que el homosexual se arrepienta de serlo”.

Precisamente, en La vida sexual del clero, Rodríguez hace hincapié en que probablemente, la sanción moral que cae sobre el cura homosexual, sumada a la cuestión del pretendido celibato, se confabulan para que algunos recurran a menores para satisfacer su erotismo, lo que configura ya no una conducta sexual, sino delictiva. Dice:

“La profunda y venenosa visceralidad con que los jerarcas de la iglesia católica Aberdeen la cuestión de la homosexualidad contrast significativamente, sin embargo, con el gran número de homosexuales que hubo, hay y habrá entre el clero católico. El que la iglesia denominó ‹crimen pessimum› es un comportamiento sexual muy querido por una cuarta parte o más de los sacerdotes.

”Valorar la cifra de miembros del clero con inclinación homosexual no resulta fácil, pero los porcentajes de quienes han estudiado el tema se aproximan bastante. Los estudios clínicos o sociológicos estiman índices de un 30 al 50 por ciento. En una investigación realizada en 1990 por la propia Iglesia católica en la diócesis canadiense de San Juan de Terranova, se llegó a la conclusión de que el 30 por ciento de los sacerdotes de la misma eran homosexuales (y también demostró que su arzobobispo Alphonsus Penney, que fue forzado a dimitir, había encubierto los abusos homosexuales cometidos por más de veinte sacerdotes sobre unos cincuenta menores, alumnos de un colegio de esa ciudad) (...)

”La presión ejercida desde la propia jerarquía católica, más la marginación social que todavía estigmatiza al homosexual, hacen que esos sacerdotes se vean forzados a menudo, a buscar su satisfacción erótica abusando de menores. Éste es un dato que, si bien no exculpa al cura que abusa de un menor, sí puede servir para tratar de entender mejor los motivos que le llevaron a cometer tal delito; y también, para extender la responsabilidad moral de tan reprobable acto hasta la propia cúpula eclesiástica, que mantiene a ultranza un sistema represor perjudicial para todos.”

Ciertamente, ponerlos al frente de instituciones académicas, donde el fruto de la tentación los puede mover al pecado y al delito de “abuso y corrupción de menores”, no es el camino. Y éste es justamente el límite donde los derechos de los ciudadanos civiles, se topan con las leyes religiosas, que sólo rigen para levantar el dedo acusador para los de afuera, pero no para señalar o castigar a los de adentro.

Frente al abuso de menores no hay una ley “divina”, otra “religiosa” y otra “jurídica”: hay una sola y condena al adulto que lo ejecuta. Frente a la inducción a la homosexualidad realizada a través del acoso sexual, sustentado en un cargo jerárquico y escudado en una gran oficina o en una sotana, no hay una interpretación “religiosa” y otra “cívica”: hay una sola, la condena social a quien detentando poder, hace a otra persona, en general mucho más joven, objeto de su deseo sin importarle el daño que le está generando.

En Chascomús, a cien kilómetros de Buenos Aires, el sacerdote Roberto Barco, entonces joven párroco de la Iglesia Santa Rita del barrio San José Obrero, fue protagonista de un escándalo sexual que conmovió a la ciudad, cuna de Raúl Alfonsín. Una monja residente en la casa de Retiros espirituales de la localidad de Gándara, un pueblito casi pegado a Chascomús, confesó a su superiora que estaba embarazada del sacerdote. El obispado local tomó cartas en el asunto y castigó a Barco. Lo obligó a raparse la cabeza y a caminar descalzo por la ciudad durante un año. Y así se lo veía, aún en pleno invierno. La monja fue recluida por su superiora en una casa de la Congregación en la provincia del Chaco, donde —se supone— tuvo a su hijo y nunca más se tuvo noticias de ella. Pero el escándalo no finalizó aquí. A pesar de las medievales disposiciones del obispo para castigar a Barco, al poco tiempo, circularon fuertes rumores —incluso hubo una denuncia— de que había acosado sexualmente a un vecino y que además, abusaba del alcohol. Hoy Roberto Barco se encuentra trabajando en la ciudad de Ranchos.

En agosto de 1998, en Berrotarán, un pueblo de 8500 habitantes de la provincia de Córdoba, estallo una conmoción. Una cámara oculta de televisión, que estaba ubicada en la plaza San Martín de la ciudad de Córdoba, frente a la Catedral, donde oficia misa el cardenal Primatesta, mostró imágenes del sacerdote del pueblo, Walter Eduardo Avanzini, solicitando “servicios” sexuales a un niño. A los pocos días, luego del escándalo y la indignación de los vecinos, el Obispo de Río Cuarto, que tiene jurisdicción sobre Berrotarán, Artemio Staffolani, —ahora uno de los integrantes de la Mesa de la Concertación— tuvo que pedir perdón a la comunidad. El sacerdote fue recluido en un “retiro espiritual” y trasladado luego a otra parroquia, en otra provincia.

En abril del año 2001 el diario Los Andes de Mendoza, denunció que el sacerdote Francisco José Armendáriz, párroco de Palmira —a 25 kilómetros de la capital—, de 30 años, había sido padre de una beba, producto de una relación amorosa que mantenía con una joven de 18 años. Como el sacerdote no aceptaba la paternidad, fue obligado a realizarse un examen de ADN. A los pocos meses el mismo tuvo el 99, 9 por ciento de certeza. Por orden del arzobispo Pepe Arancibia, el sacerdote fue trasladado a una parroquia de Benito Juárez, en la provincia de Buenos Aires y el purpurado guardó sugestivo silencio sobre las consecuencias de esta relación y la actitud que tomaría la Iglesia frente al conflicto desatado en la comunidad.

El 27 de junio de 2001, el diario Clarín publicó una nota denuncia de su corresponsal en Corrientes contra el cura Jorge Scaramellini Guerrero, director y confesor de los chicos que asistían al Colegio Santa Catalina de Alejandría, quien había asomado a la notoriedad pública en mayo, cuando separó de sus cargos a tres maestras con el argumento de que no estaban casadas por la Iglesia.

La nota se hacía eco de un denuncia por abuso deshonesto presentada ante el Juzgado de Instrucción 7 de Corrientes, por la madre de un menor de 16 años. De acuerdo a la misma, cuando el chico le confesó al cura que había dejado embarazada a otra alumna del mismo colegio, Scaramellini lo hizo desnudar y escenificar paso por paso la relación mantenida con la adolescente. Sin embargo, “el contacto entre ambos no habría pasado de un abrazo del cura al adolescente”, aclaraba el corresponsal de Clarín, quien añadió que la denuncia involucraba además a otros dos chicos de la misma edad.

Por su parte, la revista Noticias del 12 de octubre de 1997, denunció que el cura Alberto Gravier, de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, de Flores, organizaba flagelaciones entre adolescentes de la Juventud de la Acción Católica (JAC), a quienes les tenía prohibido ponerse de novios. La nota de Daniel Balmaceda, titulada “El latigazo del demonio”, comenzaba con la siguiente descripción:

“Damián se arrodilló en el reclinatorio, delante de un cuadro de la Virgen María. A su derecha, Gastón rezaba por él. Pablo leía el Evangelio en voz alta. Cristian vigilaba la puerta. El padre Alberto Gravier les dio cinturones de cuero a Luis y a José. Durante tres minutos flagelaron a Damián. Intercambiaron roles. Cada uno recibió 24 cinturonazos, azotó a un par de compañeros, leyó la Pasión según San Mateo y controló en la puerta la privacidad del grupo. El padre Alberto vigilaba todo junto a la ventana.

”El rito pentencial se practicó durante tres jornadas de ‹convivenci formativa›, los días 26, 27 y 28 de diciembre de 1995, en la ciudad deportiva Don Bosco. El cura y los chicos —miembros de la Acción Católica— pertenecían a la parroquia de Flores Nuestra Señora de la Paz. Gravier también pidió que lo flagelaran. Los jóvenes regresaron a sus casas y nadie contó lo ocurrido.”

Según Balmaceda, en el Arzobispado existían catorce denuncias contra el padre Gravier. “El cura dejó un mal recuerdo en la Parroquia de San Ignacio, en el barrio de Monserrat, doce años atrás. Y tuvo problemas con la Federación Argentina de Empleados Católicos donde fue asesor espiritual durante dos años. Ni la Vicaría de Flores ni el Arzobispado porteño aportaban soluciones. Cuando el tema tomó estado público, el padre Gravier presentó su renuncia y los obispos se la aceptaron el 2 de octubre”, remató.

Otro caso que conmovió a la prensa mundial fue el del obispo Lajos Kada, que se jubiló como nuncio del Papa en España en febrero de 2000, y a quien el obispo José Luis Irizar y Artiach, director de la Obras Misionales Pontificias (OMP) de ese país, acusó de estafa al haber vendido colecciones de doce grabados para recaudar fondos para un falso homenaje a Juan Pablo II.

El escándalo mereció toda una doble página en el diario El País del domingo 11 de marzo de 2001. “Irizar y Artiach sugería que María del Bosque, de 54 años, la protagonista de la sospechosa venta, mantenía una estrecha relación con Kada y aseguraba que éste tenía una hija natural en Costa Rica, fruto de su relación con otra mujer”, consignó El País. Demás está decir que ni aún recurriendo al tribunal eclesiástico romano, Irizar logró su cometido. Por el contrario, este obispo de cuna nobiliaria, que donó todos sus títulos y bienes millonarios a la Iglesia y se fue a misionar a Bolivia, fue separado de la dirección de la OMP, que atiende a las necesidades de 30.000 misioneros y maneja fondos por 3.000 millones de pesetas al año.

Uno de los últimos episodios se relaciona con la Iglesia católica en Estados Unidos. Tan graves, que llevaron al Papa a declarar duramente sobre el tema. No es para menos, los escándalos sexuales en el país del norte, amenazan enturbiar el final del papado de Karol Wojtyla.

Mark Vincent Serrano, un ex monaguillo de 37 años le confesó al diario New York Times, detalles escalofriantes del abuso sexual al que fue sometido muchos años antes, cuando era un niño, por parte del sacerdote James Hanley, de la Iglesia San José de Mendham, en Nueva Jersey. Los mismos, según Serrano, consistían en toqueteos, sodomía, sexo oral y masturbación. “En una oportunidad me dijo que me enseñaría el beso francés. Todavía recuerdo el gusto horrible y agrio que acompañó aquel momento”, dice el ex monaguillo. “Tenía vibradores. Todavía recuerdo la sensación espantosa sobre mi pecho, cuando mi adrenalina subía y mis pelos se erizaban. Era una horrible dicotomía. Este hombre me decía por un lado que todo eso estaba bien y que ése era nuestro secreto. Pero a medida que pasaba el tiempo aparecían sensaciones nuevas y todo el contexto en el que surgían era muy extraño.”

En Estados Unidos, como una catarata, continúan apareciendo víctimas de abusos de clérigos y la Iglesia católica enfrenta un gravísimo problema ético, moral, religioso y económico, ya que deberá indemnizar a las víctimas con una suma cercana a los mil millones de dólares. El diario oficial católico de la Arquidiócesis de Boston —cuyo arzobispo Bernard Law está muy salpicado por los escándalos, ya que tuvo que dar a conocer el nombre de 80 sacerdotes acusados de cometer abusos sexuales por décadas y que fueron protegidos por él— dijo que la Iglesia debe afrontar cuestionamientos y encargar estudios respecto de la posibilidad de que debiera ser preservado el sacerdocio célibe y exclusivamente masculino. El cardenal Law, conservador y muy leal al Papa, recalcó que dicho pensamiento no tuvo la intención de cuestionar la posición de la Iglesia sobre el celibato, sino de reflejar cuestiones planteadas por otros.

Y el tema también roza muy de cerca a Juan Pablo II.

En Polonia, la tierra del Jefe de los católicos del mundo, las cosas tampoco van por el camino de Dios. En Poznan, una ciudad del este y donde los habitantes dicen tener la diócesis más antigua del país, los sacerdotes se hicieron eco de los rumores que hablaban de la homosexualidad del arzobispo Juliusz Paetz y sus abusos a seminaristas. A fines de 1999, las versiones más aberrantes circulaban sobre Paetz, que para completar el cuadro de situación, es muy amigo del Papa de tiempos lejanos y fue el mismo pontífice quien lo nombró arzobispo. A tanto llego el tema que el director del seminario se enfrentó al prelado con las acusaciones de los seminaristas, pero éste las desmintió rotundamente. Los sacerdotes recurrieron al Papa a través del nuncio, para “pedirle una investigación”. En mayo del 2001, cuatro declaraciones juradas firmadas por seminaristas con detalles del comportamiento de Paetz, fueron enviadas al nuncio, el que las entregó de nuevo al arzobispo recomendándole olvidarse del tema. Entonces, los religiosos y laicos polacos decidieron obviar al nuncio y a las autoridades locales de la Iglesia y un emisario las llevó directamente a Roma, a manos del Papa.

Se inició una nueva investigación con un enviado del Vaticano. Y el 26 de marzo del 2002, el arzobispo Juliusz Paetz, de 67 años, renunció a su cargo, sin reconocer ninguna de las acusaciones y esgrimiendo el siguiente argumento: “he sido víctima de malos entendidos por mi amabilidad y mi espontaneidad”.

A mediados de abril y ante la dimensión del drama, Wojtyla convocó a Roma a los 16 cardenales americanos para interrogarlos sobre lo ocurrido. Hacía pocos días que el New York Times lo había calificado de carecer de reflejos y de la “lentitud propia de un anciano enfermo”.

“(...) Por culpa del gran daño hecho por algunos sacerdotes y religiosos, la misma Iglesia es vista con desconfianza, y muchos se sienten ofendidos por la forma en que los líderes de la Iglesia han percibido y actuado en estas circunstancias (...) El abuso de los jóvenes es el síntoma de una grave crisis que golpea no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad entera (...) La gente necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio para aquellos que hagan daño a los niños, esos sacerdotes son traidores a su misión (...) Hay que purificar urgentemente la Iglesia Católica...”.

El hijo del juez

El caso de la Iglesia de Santa Fe es el más paradigmático —en Argentina— en la problemática de la homosexualidad y la desviación hacia los abusos, y tendría en monseñor Storni al modelo a emular por parte de muchos discípulos, de su séquito y de ex seminaristas.

Los ataques compulsivos del arzobispo no sólo fueron comentario de los pasillos del seminario, han sido y son un tema que preocupa y avergüenza a gran parte de la ciudad, y que como dicen varios sacerdotes, ha provocado que muchos fieles abandonaran la fe y desconfiaran de la jerarquía.

Un prestigioso sacerdote de la vieja escuela, que —por ahora— prefiere callar su nombre, vivió un momento muy violento con respecto a este tema:

“Un verano me invitaron a pasar unos días a la casa de la Curia, en Calamuchita. Allí los muchachos del seminario disfrutaban del aire libre y los más viejos respirábamos un poco más de aire. Fueron varios sacerdotes, asesores espirituales y también fue el obispo Storni. Yo ya estaba enterado de las inclinaciones de monseñor pero trataba de convencerme de que era la fantasía popular debido a su aspecto más bien amanerado y su forma de ser polémica. Pero un día, en los pasillos de la casa, me crucé con uno de los chicos de 18 años que corría desencajado, llorando. Lo seguí, lo llevé a un lugar privado y le pregunté qué le pasaba. Sólo repetía como un autómata: ‹Yo lo mato a ese degenerado, lo mato, antes de que me vuelva a poner un dedo encima, le juro padre que lo mato›.

Ese joven, hijo de uno de los jueces más renombrados de San Fe, cursaba el segundo año de seminario y conocía a Edgardo Gabriel Storni desde que era adolescente, porque el arzobispo visitaba asiduamente su casa familiar, como lo hacía con muchas casas de gente influyente. Seguramente, deseaba secretamente al hijo de ese juez desde su pubertad, pero pocas veces lo había tenido en esa situación de indefensión, en ese clima de jolgorio juvenil y a distancia de la ciudad, como esa tarde de enero de 1992, en la que se le tiró encima, intentó besarlo y le manoseó los genitales. El seminarista reaccionó con asco y violencia frente al arrebato de locura del purpurado, lo empujó, le dio un puñetazo en el estómago y salió corriendo, temblando de la furia y la indignación.

Al viejo sacerdote se le revolvieron las entrañas cuando el chico le contó los detalles de lo que le había pasado, pero no pudiendo hacer allí otra cosa, atinó a tranquilizar al joven y a prometerle que esa situación de abuso, que tanto lo había dañado, no quedaría así. Le prometió que personalmente hablaría con el obispo y que haría todo lo que pudiese, por encima de él, para que no se repitieran estos hechos humillantes.

Cuando volvió a Santa Fe de la Veracruz, desde su humilde casita, muy cercana a la iglesia de la que era cura párroco, le escribió a Storni la siguiente esquela, a la que tuve acceso:

“Esto no es una carta sino una confidencia de amigo. Tuviste un serio desliz que afectó a un grupo en plena formación espiritual y humana. No te juzgo ni te condeno, no me corresponde. Sólo te sugiero que reflexiones en Cristo y tomes conciencia de la gravedad de tus actos”.

No pasaron muchos días entre el envío de esa carta y el encuentro que mantuvieron los dos clérigos, frente a frente, en el despacho episcopal. El viejo sacerdote contó:

“Me recibió cordialmente, pero nervioso. Caminaba de una punta a la otra de la sala, gesticulaba y me preguntaba sobre la marcha de mi iglesia y otros temas menores. Hasta que por fin se quebró y me dijo: “ siento vergüenza”.

”Yo en ese momento tuve la sensación de que comenzaría a gritar, como sabía que lo hacía, o que me comunicaría mi traslado. Pero nada de eso, el obispo me sorprendió con un abrazo contenido, sentido y humano, y me dijo:

”‹—Muchas gracias, así se hace.›”

A pesar del shock que le causó esa reacción ambigua, el viejo sacerdote sabía que la autoridad máxima de su iglesia era compulsivo por naturaleza y le dio a ese abrazo el mismo valor que el ataque amoroso del que fue víctima el seminarista: un arranque, un arrebato, un acceso de pasión que no lo convenció demasiado. El cura se explayó:

“De esa carta me guardé una copia y se la di a un sacerdote que estaba muy enterado del tema irregular del seminario. Él había sido rector allí y se fue por muchísimas diferencias con la cúpula de la iglesia santafesina.

”Un día recibí un llamado telefónico de monseñor José María Arancibia, quien ya entonces era arzobispo de Mendoza. Fue muy breve y muy amable. Se presentó, me dijo que sabía que yo tenía cosas importantes que contar y me citó para el otro día en Paraná, que queda enfrente de Santa Fe, cruzando el río, en la casa del arzobispo Karlic (Estanislao). Yo no tengo movilidad, porque nunca necesité, siempre algún muchacho de la comunidad me acercaba cuando tenía que ir a ver a un enfermo y en casos de extrema unción, los familiares de las personas me venían a buscar. Pero ese día, como fue todo tan repentino y tenía que salir de la ciudad, le pedí a un sobrino que me llevara a través del túnel subfluvial.

”Cuando me encontré con Arancibia, me dio la misma impresión que me había dado por teléfono: un hombre cordial, muy sencillo y cálido, abierto y con ganas de escuchar. Yo lo primero que le pregunté fue qué necesitaba de mí, porque aunque me lo imaginaba, temía equivocarme. Entonces, con total naturalidad sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro y empezó a leer. Yo me toqué el bolsillo izquierdo de mi camisa y palpé si tenía la carta. La tenía. Pero Arancibia tenía su propia copia y me la leyó del principio al fin. Me sorprendió, pero después no fue muy difícil descubrir quién le había dado la carta y la información. Conté todo lo que había visto en la casa de descanso, todo lo que me contaron con posterioridad, todos los abusos sexuales de Storni con los chicos. No omití ningún detalle.

”Lo hice con espíritu de reparación, de purificación, no con el ensañamiento que muchos tienen. A ellos no los condeno, los entiendo. Pero yo soy un hombre de Iglesia y creo que todos merecemos oportunidades. Storni también merece tener un lugar, quizás en el Vaticano, encargándose de cuestiones institucionales, pero no cerca de jóvenes, porque ese hombre no se domina, no puede con su enfermedad. Puede hacer mucho daño y lo ha hecho. A muchos jóvenes. Su problemática no tiene una solución rápida y no es justo que le arruine la vida a muchachos que pueden confundirse, que van al seminario a convertirse en ministros de Cristo y pueden terminar algunos decepcionados en su fe o asqueados, y otros confundidos sexual y afectivamente.”

Según Pepe Rodríguez, “un 20 por ciento de los sacerdotes ha mantenido o mantiene algún tipo de relación homosexual, de manera habitual o esporádica, o realizada como actividad excluyente o complementaria. De ellos, un 12 por ciento serían estrictamente homosexuales, es decir, con tendencia exclusiva a mantener relaciones sexuales con varones, ya sean éstos mayores o menores de edad”.

“En la población general —señala— la medida de varones homosexuales asciende a un 4 al 6 por ciento. De la comparación se deduce que los porcentajes estimados para el clero son anormalmente altos, lo que no es difícil de explicar.”

“El enemigo número uno de la formación eclesiástica del sacerdote —ironiza el teólogo Hubertus Mynarek— es y continúa siendo la mujer. No resulta extraño que algunos candidatos al sacerdocio busquen y encuentren una salida en los contactos con personas del mismo sexo. Sin embargo, hay una diferencia entre jóvenes con una marcada tendencia homosexual, que ingresan al seminario pensando que el celibato sería una buena solución a sus deseos prohibidos. Otros menos inocentes saben que los internados, seminarios y conventos son lugares privilegiados para tener contacto con personas del mismo sexo, en el amplio sentido de la palabra. Pero hay otro gran número de jóvenes heterosexuales para quienes la homosexualidad se convierte en una válvula de sustitución para la relación con el otro sexo, reprimida y prohibida por la Iglesia católica.”

La investigación

Fue en mayo de 1994 cuando, frente a tanto escándalo y rumores, el Vaticano ordenó investigar la conducta sexual de monseñor Edgardo Gabriel Storni. Para entonces ya hacía una década que había decidido su nombramiento como pastor santafesino, por sugerencia del nuncio apostólico, Ubaldo Calabresi, de quién era íntimo amigo.

El prestigioso arzobispo de Mendoza, José Pepe Arancibia fue el encargado de la investigación y realizó una tarea que fue más allá del Código del Derecho Canónico: instalado en la casa particular del arzobispo de Paraná, en Entre Ríos, Estanislao Karlic, entrevistó a un total de 47 personas, la mayoría seminaristas, que a escondidas de Storni, viajaban a testimoniar a Paraná. La investigación terminó en diciembre de ese año y el expediente está en Roma.

El 22 de diciembre, el vespertino santafesino El Litoral se hacía eco, aunque en forma cauta, de lo que había publicado ese mismo día el matutino Rosario 12, el cual, citando fuentes inexpugnables, dio los detalles de la investigación.

El Litoral consignaba que según Rosario 12 las denuncias “habrían llegado directo a Roma y con desconocimiento de los obispos argentinos, y como consecuencia se ordenó la investigación”. Bajo el título de “¿Investigado?”, la información sostenía que “el arzobispo de Santa Fe estaría siendo investigado por cuestiones que involucran a su actividad personal y afectarían el desarrollo de su pastorado”.

“El matutino Rosario 12 señala a monseñor José María Arancibia como el delegado y encargado principal de la investigación, para lo cual entrevistó a casi cincuenta personas, entre sacerdotes, seminaristas, psicólogos y laicos cercanos al desarrollo de la vida del seminario de la arquidiócesis.

”Se señala también que un juez federal de la provincia habría declarado ante el secretario general del Episcopado. Consultados por este medio, tanto el juez Raúl de la Fontana como el doctor Víctor Bruzza negaron haber concurrido y tener conocimiento de la actuación.

”El principal observado, monseñor Storni, consultado por El Litoral, negó conocimiento de un procedimiento de ese tipo, así como de las causas que lo hubieran motivado.

”Storni amplió, sin mostrarse especialmente afectado por tamaño escándalo: ‹Estoy sorprendido, desconocía la investigación y la denuncia que la motivó, pero las puertas del arzobispado y yo estamos abiertos para ser investigados›.

”Monseñor Arancibia no confirmó, ni desestimó lo publicado en el periódico.”

La ciudad fue un hervidero de rumores, comentarios escandalosos y pocas certezas. Desde diferentes lugares de la arquidiócesis, tanto la feligresía como parte del clero esperaban que, frente a semejante escándalo, Storni diera un paso al costado. O bien, que la misma Iglesia lo destinara a otra honorable misión, en lo posible fuera del país, pero nada de eso pasó. Eso sí, entrado el año 2001, corrió la versión en Santa Fe de que el arzobispo tenía garantizado un lugar en la biblioteca del Vaticano, pero que su partida no se concretaba porque Blanca, su madre, estaba ya muy anciana y enferma, y el hijo no quería dejarla sola.

En oportunidad de la investigación, los únicos apoyos que recibió Storni en Santa Fe fueron los de la propia intendencia, de algunos concejales y grupos laicales, y de la CGT local. Curiosamente, en varias solicitadas aparecidas en el diario El Litoral, figuraron nombres que luego desmintieron haber firmado ese documento, ni haber sido consultados para ser incluidos en lista de apoyo alguno.

El miembro de la jerarquía eclesiástica que más apoyó en esos días, —de manera incomprensible para muchos— fue el actual obispo de Santiago del Estero, monseñor Juan Carlos Maccarone, por entonces obispo titular de Mauriana, auxiliar de Lomas de Zamora y presidente de la Comisión de Educación y Cultura del Episcopado. El 28 de diciembre de 1994, El Litoral publicó entre otras solicitadas de personalidades de la provincia y la ciudad, la de monseñor Maccarone:

“Estoy consternado por el daño inferido al arzobispo de Santa Fe. Me encuentro aquí exclusivamente para apoyar al arzobispo Storni en estos momentos que tiene que probar el trago amargo de la difamación”, expresó, señalando además que “desconocía” quiénes habían realizado la denuncia por la cual aquel estaba siendo investigado.

El diario El Litoral consignó:

“Como consecuencia de los últimos acontecimientos de estado público, monseñor Maccarone llegó ayer a la ciudad y tuvo una entrevista con monseñor Storni, en la que le dio muestras de aliento, no sólo personales, sino de altos mandatarios de la Iglesia.

”Maccarone señaló: ‹habiendo sido hospedado en los días de la Convención Constituyente como representante del Episcopado, percibí no sólo su sano celo pastoral, sino la vitalidad de una Iglesia servicial, comprometida en líneas pastorales que abarcan todo el ancho espacio de la caridad.

›No dejo de expresar mi consternación por el daño inferido al pastor y a la comunidad diocesana.

›Ruego para que el perdón alcance la debilidad de quienes han producido tanto daño, las grietas de una pretendida difamación se transformarán sin duda en la roca de la verdad.

Al viejo sacerdote que enfrentara al arzobispo, como a muchos de los que declararon en Paraná en contra de Storni, las cosas no le fueron demasiado bien. Pasado un tiempo, me recibió y contó:

“En mi parroquia hay mucha actividad juvenil y así como el muchacho que fue víctima de Storni era uno de mis pichones, y que por eso lo defendí, no sólo a nivel pastoral sino también personal, han ido otras vocaciones al seminario de nuestra comunidad. Después de todo el escándalo, un día vino a verme Diego, un muchacho que recién había ingresado al seminario, muy dolido porque lo habían echado. Le pregunté por qué y me dijo que no sabía. Entonces fui a la Curia para interiorizarme, hablé con el padre Santiago Copello y me dijo que él no estaba al tanto de lo que pasaba en el seminario. Entonces hablé con el padre Grassi, y me contestó que no estaba enterado de nada. Finalmente, fui a hablar con Mauti, el director del seminario, y me contestó de manera ambigua, sin señalarme un motivo puntual para la expulsión. Yo estaba muy preocupado y dolido. Pero después de la indiferencia con que me trataron y la iconsistencia de los argumentos, me di cuenta de que el problema de Diego había sido pertenecer a mi comunidad y ser uno de mis recomendados.”

Todos los testimonios que monseñor Arancibia recopiló prolijamente fueron enviados al Vaticano, vía la Nunciatura. Hasta el día de hoy no se sabe de ninguna resolución papal respecto de la investigación. Los involucrados en la misma, desde seminaristas hasta sacerdotes, se mostraron profundamente decepcionados por el silencio de las autoridades religiosas. “Cada uno de nosotros expuso ante Arancibia todos los horrores que habíamos vivido en el seminario. Había chicos que le contaron cosas humillantes, asquerosas y que removieron recuerdos dolorosos. Es cierto que Arancibia fue muy comprensivo y contenedor. Él nos decía: ‹No tengan miedo muchachos, yo he escuchado cosas peores› y nos alentaba a hablar. Lo cierto es que tanto nosotros, como los sacerdotes nos arriesgamos mucho, ya que vivimos en Santa Fe. Pero lo hicimos convencidos de que valía la pena, de que serviría para evitar futuros abusos de Storni. Un día, Arancibia se despidió y no volvimos a saber nada de él, ni de lo que le contamos. Seguramente la gravedad del caso trascendió a él y no pudo hacer nada. Pero humanamente merecíamos una respuesta”, confesó un seminarista.

Un alto funcionario de la Iglesia, aseguró que la investigación sobre Storni llegó a Roma y que allí quedó. A tal punto que el arzobispo Storni viajó al Vaticano, permaneció quince días, paseó, vio a sus amigos y regresó como si nada hubiera pasado. Qué explicaciones brindó y ante quiénes, sigue siendo un misterio.

El 25 de junio de 2000, durante la procesión de Corpus Christi, Storni tuvo el tupé de hacer un largo discurso moralista respecto de la sexualidad humana y la salud reproductiva. Los párrafos más salientes de su alocución, en lo que se refiere a este tema, fueron las siguientes:

“(...) Este siglo xx que fenece, se proyecta en el futuro inmediato como el siglo de las mayores matanzas entre los hombres. La historia atestigua de guerras, genocidios, exterminios, terrorismo, opresiones, explotaciones hasta de niños, crímenes de todo tipo, que han ido cubriendo toda la geografía del planeta, abarcando los más diversos pueblos, grupos y niveles de la humanidad.

”Pero, ha llegado al colmo en los abiertos, promovidos y planificados atentados contra la vida inocente e indefensa. A partir de una mentalidad materialista, no se duda en promover la antinatalidad y la eutanasia, hasta cegar compulsivamente las fuentes de la vida. ¡Más aún!: eliminar sin escrúpulo alguno, la vida concebida, así como también la vida en su ocaso; es decir, eliminar al hombre. Matarlo. Y esto ha ido llegando hasta nosotros, metiéndose en nosotros.

”La campaña organizada internacionalmente bajo los eufemismos (¡qué jerga!) de ‹género, salud reproductiva, derechos de la mujer, planificación familiar› —que entraña y empuja a la práctica del aborto— ya ha logrado irrumpir en el campo del ordenamiento jurídico argentino, violando lo establecido en la Constitución nacional.

”Se da paso así, al genocidio sin límites, el mayor de cuantos conocidos. Porque muchos que se rasgan las vestiduras ante los crímenes del Hitler o de Stalin, están enrolados en la misma monstruosa línea de pensamiento y acción. Con una arrogancia en sus afirmaciones seudocientíficas y falseadas estadísticas, y una inmoralidad en sus estrategias operacionales, que repugna a cualquier conciencia elementalmente formada.

”Se agravan estos crímenes porque sus primeras víctimas son las personas inocentes e indefensas. Y porque se hacen invocando derechos. Pretendidos derechos, que conculcan todos los auténticos derechos humanos, pues niegan el primero y fundamental: el derecho a la vida. Sin el cual no hay sujeto alguno de cualquier otro derecho.

”Duele también este extravío fatal, pues intentando la legalización de tales prácticas, desnaturalizan el poder y atacan al pueblo a cuyo servicio están las funciones públicas.

”Tal vez, sus autores apelen a la democracia, cuando van directamente en contra de ella, al ir en contra del pueblo, en cuanto lo enerva o lo elimina; al llevar a cero la natalidad; al provocar —de hecho y de intento— la promiscuidad sexual, el vicio degradante, sin reparar en límite alguno, ni siquiera de edad. ”Pero, la falacia es total, cuando se pretende hacer de toda legítima oposición a tal monstruosidad, un planteo religioso, remitiéndolo —como recurso indebido— al plano de la fe. ¡Cuando el planteo lo hace la misma razón, desde la verdad dada de la naturaleza humana anterior al hombre mismo, y como exigencia de la moral natural, que grita desde el fondo de la conciencia: ‹no matarás›!

”¿Qué mueve a tantos argentinos y principalmente a tantos representantes del pueblo, a hacerse cómplices de tales crímenes? No sólo las ideologías totalitarias o el pansexualismo reinante. También, más aún, las exigencias de un imperio económico que impone sus leyes, en salvaguarda del bienestar de las sociedades ricas y hedonistas, y el lucro de empresas y laboratorios, a costa de la eliminación de las clases y los países pobres. ¡Los pobres molestan, se pueden volver en contra! ¡Abajo los pobres! Para lo cual así condicionan los préstamos usurarios a las naciones empobrecidas haciendo de los respectivos estados sus agentes serviles. Pues, éstos en lugar de servir al hombre, se convierten en estados proxenetas del vicio degradante.

”Hay ciertamente una necesidad de plantear la paternidad responsable. Pero sin menoscabar el respeto de la vida, el derecho a la vida; cuya afirmación, promoción y defensa, corresponde a todo hombre que no renuncie a la verdad de su naturaleza y al uso de la razón; pero de un modo particular a las familias, pues es una cuestión de testimonio y educación. No de una mera instrucción a cargo del estado. Menos de reparto de elementos anticonceptivos, ni de métodos en su mayoría abortivos.

”Se requiere una educación para el amor verdadero entre varón y mujer y una transmisión honesta y generosa de la vida. Por tanto, una educación que parta de una antropología integral, de la verdad total del hombre, nunca reducido a la genitalidad, nunca coincidente con el egoísmo estéril.

”Y aquí quisiéramos ver al estado, favoreciendo la familia y sus derechos intangibles a educar y en esta concreta argentina, peligrosamente despoblada y sociológicamente envejecida, no destinando dineros (que engendra tal vez más esclavizante deuda) para favorecer la antinatalidad y las patologías encubiertas, llevando al suicidio de la nación.

”Para que la Argentina se levante, rejuvenecida en nuevas, limpias, heroicas generaciones. Para que se levante el hombre argentino ¡para que viva! Sí, ¡que viva el hombre argentino! Y puedan los argentinos del tercer milenio, los niños y jóvenes de hoy, sus próximos protagonistas, apostar al amor, fundar familia, tener el coraje y la alegría de transmitir la vida (...)

”A quienes amen la vida, y quieran vivirla y donarla en el amor. Esta eucaristía, al unirnos en comunión con Jesús, nos alcance el espíritu y nos de inteligencia, fe, fortaleza y misericordia. Para —mientras Él vuelve— vencer la derrotada cultura de la mentira, el egoísmo y la muerte, con la victoriosa cultura de la verdad, el amor y la vida. Jesús nos lo urge, nos lo impera, ante todo, como a concientes ciudadanos del mundo, responsables constructores de la Sociedad. ¡Alabado sea Jesús en el santísimo sacramento del altar, pan de vida, para la comunión de todos con Dios, uno y trino, y la vida nueva de la humanidad!”

Oídos sordos

La complicidad del Poder Judicial de Santa Fe con la autoridad de la Iglesia local ha sido tan tácita y aceptada, que en los primeros días de diciembre de 2000 el área legal del programa Derechos del Niño de UNICEF, recibió una carta denuncia al respecto. La misma llevaba las firmas de Stella Dalla Costa, Alejandra Ocaño y Oscar Oliva, la primera madre sustituta de Ramón Pucheta, de 15 años, y los segundos, padres de Gabriel Oliva, de 5 años. Ambos chicos eran alumnos del Colegio Concepcionista San Cayetano, y relataron haber sido abusados por el cura Carlos Vece, de la arquidiócesis de Storni, discípulo e “íntimo amigo” del arzobispo, según todas las fuentes consultadas. Esa carta decía así:

“Por la presente, nos dirigimos a usted ante la falta de respuesta de los organismos administrativos y judiciales, quienes deberían hacer cumplir la Convención de los Derechos del Niño, y alarmados por informaciones periodísticas vertidas sobre el cierre de la causa por falta de méritos, de hechos aberrantes que involucrarían a un sacerdote en contra de la integridad física y psíquica de menores.

”La comunidad santafesina se conmocionó por denuncias periodísticas, efectuadas por una radio local (LT 9), en el mes de julio/00, donde niños y padres de menores del Colegio Concepcionista San Cayetano, acusaban al sacerdote del establecimiento (padre Carlos Vece - representante legal) por abusos sexuales y castigos corporales y psicológicos, en contra de los niños internos que allí viven. Cabe aclarar que la Dirección del Menor, la Mujer y la Familia y el Juzgado de Menores de esta ciudad, pagan plazas para la manutención de estos niños y ninguno de los dos tomaron medidas de protección para los menores que allí residen.

”Todo se desencadenó cuando un adolescente de 15 años (Ramón Florencio Pucheta-interno), bajo la tutela del Juzgado de menores de la ciudad de Rafaela (Santa Fe), a cargo de la doctora Liliana Spaggiari, se fugó del colegio y recurrió a la radio antes mencionada realizando denuncias gravísimas en contra del religioso y del personal del colegio que estaba en contacto con los niños. Dichas denuncias periodísticas se ratificaron en el Juzgado de Menores de Santa Fe a cargo del doctor González y luego en el juzgado de Rafaela. El expediente cuenta con siete carillas y dada la magnitud de la problemática y el hecho de que involucrara a los demás niños internos, la causa fue derivada al Juzgado Penal de Instrucción de la Primera Nominación a cargo del doctor Dardo Rociani, caratulado: Pucheta s/denuncias.

”Esto motivó la reacción de padres de otros niños que habrían sufrido o que fueron testigos de hechos del mismo tenor, todas estas denuncias se radicaron directamente en el Juzgado de Instrucción (doctor Rociani) y hasta la fecha nada se ha concretado, ni se tomaron medidas preventivas, ante la duda, a efectos de salvaguardar la integridad de los menores de entre 5 y 17 años que viven actualmente en el establecimiento.

”De las denuncias, la que más horrorizó a la opinión pública, fue la de una mamá (Alejandra Ocaño) de un niño de 5 años (Gabriel Oliva), quien recurrió a los medios periodísticos, ya que a pesar de haber denunciado ella los abusos sufridos en contra de su hijo, fue maltratada cuando recurría al juzgado a preguntar sobre el estado de la causa y llegaron a decirle en una oportunidad que el niño fabulaba. Ante la falta de contención e inacción por parte del juzgado, la señora de Oliva solicitó que declarara el psicólogo que atendió al niño, y éste corroboró los dichos de la madre. Todo esto fue adjuntado al expediente de Pucheta y con la misma carátula, tomándolo como testimonio y no como denuncia (juzgado doctor Rociani). Cabe aclarar que el niño Gabriel Oliva, actualmente está siendo asistido por profesionales de atención a la víctima, a cargo de la psicóloga Laura García Puente y la abogada Virginia Balanda.

”Tenemos conocimiento de que existen otras denuncias en el Juzgado de Menores de Santa Fe, de otros familiares de menores que residen o residieron en el colegio, pero éstas no fueron derivadas al Juzgado de Instrucción de la Primera Nominación, donde están radicadas las otras denuncias.

”No queremos abrir juicios en contra de nadie, simplemente queremos una justicia imparcial, y como diría un periodista amigo (Alejandro Colussi), que se castigue de la misma forma a un ladrón de gallinas y a quien viste una sotana. Muchas gracias por su atención a esta carta producto de la impotencia que viene generando el accionar impune de muchos sectores de la sociedad.”

Vale acotar que a fines del año 2000, el sacerdote en cuestión, Carlos Vece, falleció sin que la justicia, que proclamaban padres de alumnos víctimas de sus abusos, lo rozara siquiera. Es probable que Dios, harto de esperar en vano la justicia terrenal, haya ejercido la suya matándolo y remitiéndolo a Satanás.

El camino del Príncipe