En este mes de descanso, tuve el tiempo para comprobar y a la vez reflexionar, sobre las anormalidades que se están naturalizando en nuestro país, a la que por supuesto no es ajena nuestra provincia y nuestra ciudad.
--
Que en algunas cosas estamos mal no caben dudas, pero lo más peligroso no es es eso sino acostumbrarse a que estén mal. Sentirlo como algo natural. Resignarnos a ello.
--
Basta con pensar en lo cotidiano. El desempleo, el trabajo en negro, los contratos basura, el trabajo esclavo, los salarios miserables, las crecientes dificultades de acceso a la salud y a la educación, la desnutrición infantil que si no mata dá lugar a una generación de inhábiles (en el real sentido de la palabra) , la entrega de territorio y recursos naturales, la creciente contaminación ambiental, el incremento de la violencia (cada vez más violenta) y de la marginalidad y la corrupción,
--
Voy a dar algunos ejemplos solo algunos,de esta suerte "de dejar hacer, total no va a pasar nada". Lo estamos viviendo los santafesinos en estos días con los graves problemas en la provisión de la energía. Se están naturalizando las excusas oficiales de que los cortes son por excesivo consumo, por la caída de árboles, por las tormentas eléctricas, por las lluvias, por el viento y por la falta de inversión de gobiernos anteriores, mientras, miles de santafesinos sufrimos la anormal prestación de un servicio esencial, que es de los más caros del país. No estamos lejos de sentirnos culpables por prender un ventilador un acondicionador de aire o enfriar una bebida en una provincia y en una ciudad donde las temperaturas elevadas son de mucho antes a la fundación de estas tierras.
--
Aceptamos casi sin ruborizarnos cuando un ex -Presidente, esposo de una Presidenta, compra 2 millones de dólares, para adquirir un hotel que vale 5 veces más que esa cifra. Pero lo peor es que nos detenemos en que si tuvo información privilegiada o no para realizar la operación y no ahondamos en lo fundamental: ¿cómo hicieron los Kirchner para hacerse de tanto dinero?.
--
Tampoco ya nos sorprende la notable capacidad de ahorro que tienen otros políticos, sindicalistas y mienbros del poder judicial, legislativo y ejecutivo.
--
Nos parece normal que los que gobiernan pretendan tener poder absoluto y que la oposición se oponga a todo y si es posible debilite hasta la destitución a los primeros. Ninguno cumple con su deber, sin embargo ya a nadie espanta estas formas de hacer política.
--
Ni que hablar sobre el ámbito judicial, donde es rutina que los jueces duerman causas justas, muchas veces hasta la prescripción y sentencien con celeridad y casi siempre a favor de reconocidos corruptos con poder.
--
En el legislativo ya es costumbre el cambio el voto y hasta de colores partidarios. A estos trasvestis les resulta no corren riesgos, total, tienen fueros, el mal usado voto popular y la consabida impunidad.
--
Es cotidiano soportar cortes de ruta y calles a cualquier hora, por cualquier motivo, en cualquier lugar. Pero más común y aceptado es la falta de respuestas y las remanidas promesas, de aquellos que tienen que brindar soluciones a los que adoptan esta repudiable metodología
--
Tampoco nos alarma la muerte, sea esta por un accidente de tránsito de los miles que hay en el país, en nuestra provincia y en la ciudad o por un asalto o enfrentamiento. La vida no vale nada en algunos lugares y morir ya no es una noticia que conmueve.
--
Cuestiones menores a las descriptas que hacen reaccionar y movilizan a ciudadanos del primer mundo, son aceptadas aquí casi con resignación. Como por ejemplo, cuando empresas de servicios públicos y otras, sean éstas privadas o estatales, no nos atienden el teléfono o nos atienden mal o peor, no nos reparan cuando nos perjudican.
--
Lo antedicho que puede ser calificado como la "banalización del mal" , funciona como una defensa contra la conciencia dolorosa de la propia responsabilidad y complicidad en el desarrollo y agravamiento del malestar social.
--
Las posturas frente a estas maifestaciones se caracterizan ya sea por una atenuación en las reacciones de indignación y de movilización colectiva, o bien de reserva y de duda, hasta la perplejidad y la franca indiferencia.
Para esto será necesario recuperar algunos conceptos. El de solidaridad, justicia, equidad; el derecho a que una generación viva no sólo tan bien como sus padres sino aún mejor, el ideal de progreso, el derecho a tener acceso a la salud y la educación. Debemos recuperar la obligación moral de no dejar abandonadas a las generaciones anteriores ni desproteger a las que nos suceden, de considerar a cada vida humana como valiosa y a su muerte como una tragedia, en virtud de la cual deberemos también recuperar ciertos principios de convivencia. Recuperar la idea de que la justicia es un bien público y que su corrupción se va infiltrando a través del cuerpo social en su conjunto y que si hoy los niños cometen delitos es porque el modelo ha sido ese y que las instituciones no pueden estar llenas de gente de reconocida incapacidad o procesada por malversación o enriquecimiento ilícito. Recuperar la vergüenza frente a la inmoralidad (conciente o no) de algunos políticos, ante su ineficacia y ante su complicidad. Pero por sobre todo debemos recuperar la idea de que es necesario un drenaje profundo de los corruptos y mediocres que aún se mantienen en lugares de poder. De lo contrario, como expresa el dicho popular seguiremos mal... pero acostumbrados.